Vladimir IV

03 / 01 / 2018 Noah Sneider
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Putin se dirige a su mandato final.

La intervención de los hombres de negro

Vladimir Putin preferiría no convertir en un mártir a Alexei Navalny, líder de la oposición en Rusia. Aunque Navalny pasará la primera parte de 2018 movilizando a sus jóvenes seguidores en protestas por todo el país, con la esperanza de fortalecerse de cara a las presidenciales, las autoridades preferirán no detenerlo. En cambio, sus partidarios acabarán en furgones policiales por millares. Al final, Navalny no se presentará como candidato y tratará de boicotear las elecciones, que tachará de ilegítimas.

El presidente apenas si parpadeará, desestimando a Navalny como nefasto demagogo, sin pronunciar siquiera su nombre. En la mente de Putin, la reelección será una mera cuestión técnica. La rutina debe ser respetada, pero no tanto. No se trata tanto de una elección como de una coronación, una formalización de su histórico papel como Líder de la nación rusa. Putin ganará cómodamente en marzo, legitimándole para ocupar el poder otros seis años, al final de los cuales habrá gobernado el país durante casi 25.

Hacia una era problemática

Las verdaderas intrigas comenzarán después de la celebración de las elecciones. Este mandato presidencial de Putin será el último permitido por la Constitución rusa. A menos que decida cambiar las reglas, su victoria marcará el inicio de la era post Putin.

Quizás la cuestión más irritante a la que tenga que enfrentarse el aparentemente acorazado líder ruso sea esta de la sucesión. Ha construido un sistema que asegura su continuidad en el poder, pero también uno en que las instituciones están subordinadas al mismo líder (como cuando su jefe de Gabinete dijo aquello de infausta memoria: “Sin Putin, no hay Rusia”). Es difícil imaginarse a Putin en un retiro soleado. ¿Gobernará sin un título oficial, en la tradición de Deng Xiaoping, como presidente, por ejemplo, de la Asociación de Judo de Rusia? ¿O preparará a su heredero? ¿Tendrá pensada una transferencia de poderes? Estas son algunas de las preguntas que atormentarán a Putin durante su cuarto mandato.

Siguiendo una tendencia que empezó en 2016, Vladimir Putin remodelará su gabinete (ministros, gobernadores y funcionarios), cambiando a viejos y leales camaradas  por jóvenes tecnócratas, al servicio del presidente. El incombustible primer ministro, Dmitry Medvedev, puede ser uno de ellos. Para reemplazarle, Putin podría elegir entre dos de sus rutilantes estrellas: el joven ministro de Economía de 35 años, Maxim Oreshkin, o el alcalde de Moscú, Sergei Sobyanin. ¡Que empiecen los juegos de salón!

La primera tarea del nuevo Gobierno será la reforma económica. Si bien Rusia ha salido de la recesión entre 2014 y 2016, el viejo modelo basado en el petróleo que impulsó el primer mandato de Putin se ha agotado. Sin profundos cambios, Rusia se enfrenta a años de lento crecimiento. El Kremlin ha encargado varios planes de reforma. El exministro de Finanzas Alexei Kudrin pasó gran parte de 2017 ideando una estrategia para impulsar el crecimiento y la modernización tecnológica de Rusia. Otros, como el defensor del empresario ruso Boris Titov, o el mismo Oreshkin, también han esbozado modelos para el futuro.

Estos consejeros intentarán convencer a Putin de que tales reformas son vitales para la seguridad nacional. Invocando a China, defenderán que la economía puede ser abierta sin perder por ello el control político. La mayoría de sus alegaciones caerán en saco roto.

El Kremlin, en cambio, recogerá este revoltijo de ideas y las mezclará con otros planes en un cóctel más bien aguado. Putin hablará de mejorar los derechos patrimoniales y del clima de inversión. Como muestra de su magnanimidad antes de la Copa del Mundo de fútbol, liberará a algunos de los seguidores de Navalny para acallar las críticas de Occidente.

Ni la oposición liberal nacional ni los líderes occidentales tragarán con su cinismo. Angela Merkel y Emmanuel Macron no irán a los estadios (a menos que Alemania o Francia lleguen a la final). Los medios extranjeros incidirán en las deficientes infraestructuras de Rusia, lo que agravará la creencia de Putin en una conspiración contra él y la justificación moral de su cruzada. Su cuarto mandato empezará a desarrollarse igual que el tercero, con una economía de lento crecimiento, una ideología conservadora de tipo nacionalista y una actitud insolente ante el mundo. Todo ello le mantendrá en el cargo, pero hará que la era post Putin sea más tormentosa. n

Noah Sneider: corresponsal en Moscú de The Economist

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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