Niebla en el Canal

09 / 01 / 2018 Callum Williams
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Calma ante una posible tormenta económica.

En años recientes, la economía británica ha sido una estrella indiscutible entre los grandes países ricos. En los últimos cinco años, el PIB ha crecido un quinto; de las economías del G-7, solo EEUU ha ido igual de bien. Aunque el crecimiento de los salarios ha sido pobre, el mercado laboral ha funcionado muy bien. Desde principios de 2016, el desempleo ha estado por debajo del 5%, más bajo que la media a largo plazo, y la tasa de desempleo está cerca de un récord histórico. La votación del brexit en junio de 2016 hizo mucho menos daño del que se esperaba. El gasto de los consumidores y la inversión empresarial se han sostenido. El crecimiento del PIB fue más lento después del brexit, pero la recesión se podía evitar fácilmente.

Estas condiciones favorables deberían perdurar en 2018. El debilitamiento de la libra podría ayudar a algunas empresas a crecer más por el aumento de las exportaciones. La libra esterlina, desde el brexit, ha caído casi un 10% frente a otras monedas, haciendo más competitivos sus bienes y servicios en el extranjero (ver gráfico). Las encuestas de las manufactureras sugieren un buen año para ellas. La inversión empresarial debería también crecer de forma estable. Con el bajo desempleo y la mano de obra cada vez más escasa, las compañías se verán, no obstante, obligadas a invertir en capital. Si la inversión prospera, podría ayudar a resolver el viejo problema del bajo incremento de la productividad.

Los hogares, por su parte, irán mejor que en 2017. La inflación alcanzó un pico de alrededor del 3% el pasado año, cuando la caída de la libra hizo aumentar los precios de las importaciones. Sin embargo, la inflación retrocederá pronto, cuando los efectos de los tipos de cambio se diluyan en términos interanuales. Son buenas noticias para los sueldos británicos. Últimamente, el aumento nominal de los salarios ha sido del 2% anual. Una vez que la inflación baje a ese nivel, los salarios reales aumentarán de nuevo. La caída de la inflación también es una buena noticia para los hogares que se amparan, de alguna forma, en el apoyo del Estado. 2016 fue el primero de cuatro años de congelación de créditos fiscales y de casi todas las prestaciones a personas en edad laboral. La reducción de la inflación, sin embargo, ralentizará la erosión de su poder adquisitivo.

Todos estos datos sugieren que la proyección general para el crecimiento económico en 2018 (alrededor del 1,5%) es bastante acertada. Lejos de ser arrollador, debería ser suficiente para que el Banco de Inglaterra ajuste su política monetaria. En su reunión a principios de noviembre de 2017, el banco aumentó la tasa básica de interés del 0,25% al 0,5%, la primera subida en décadas. Otro incremento o, quizá, dos, serán posibles en 2018. Los elevados tipos de interés, según espera el banco, contendrán el crédito al consumo, que ha crecido alrededor del 10% anual.

Una amenaza para el crecimiento económico del Reino Unido será la política fiscal. Los conservadores están en medio de un programa de recortes del gasto y de subida de impuestos. El Gobierno intentará reducir el déficit presupuestario al 1% del PIB en 2018, un duro ajuste incluso para los estándares de hoy. Si los ingresos fiscales decepcionan, como con frecuencia lo hacen en periodos poscrisis, es posible que haya que apretar todavía más.

El mayor riesgo para 2018 será el brexit. La economía británica ha seguido avanzando, en gran parte gracias a un posible acuerdo transitorio después de que el Reino Unido abandone oficialmente la UE en marzo de 2019. Un acuerdo así preservaría el statu quo unos pocos años, mientras un nuevo acuerdo comercial se discute a fondo. Pero las negociaciones están yendo muy lentas. Y la línea dura de los conservadores sigue empujando a la primera ministra Theresa May a dejar Europa sin un acuerdo.

La separación del continente

Un resultado así sería un vendaval para la economía. En el caso de un “no hay acuerdo”, las empresas británicas que comercian con o en la UE inmediatamente se enfrentarían a diversos obstáculos arancelarios y no arancelarios. Los aduaneros británicos se abrumarían ante la carga de nuevas responsabilidades, llevando el caos a los puertos. Los dueños de las aerolíneas han dicho que los vuelos entre el Reino Unido y Europa podrían estar amenazados.

Si no hay trato, el brexit empieza a parecer una posibilidad real, y las cosas podrían ir a peor. La libra, seguramente, se desplomaría de nuevo, provocando otro repunte en la inflación. La inversión empresarial se contraería cuando las compañías empiecen a preocuparse por el futuro. El Reino Unido podría ver cómo se va la inversión extranjera, cuando los bancos desplacen a más trabajadores a Fráncfort y las compañías automovilísticas inviertan en otra parte. May tendrá que andarse con cuidado.

Callum Williams: corresponsal de Economía británica de The Economist

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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