Fútbol político

19 / 01 / 2018 Gideon Rachman
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Para bien o para mal, la Copa del Mundo colocará a Rusia ante los focos.

Adivinen de quién soy fan. Foto: Alexander Demianchuk/Getty Images

El derecho a organizar la Copa del Mundo de la FIFA es un honor muy disputado. Cuando Rusia lo logró para 2018, derrotó a rivales como Inglaterra, y a las propuestas conjuntas de Bélgica y Holanda y de España y Portugal. Sin embargo, ser el anfitrión del torneo deportivo más popular del mundo acarrea ciertos riesgos para el Gobierno ruso. En competiciones anteriores, el fútbol fue el telón de fondo de protestas sociales y políticas. En Brasil 2014, la presidenta Dilma Rousseff fue abucheada repetidamente cuando aparecía en público, señal de la impopularidad que la llevó a un juicio político y posterior destitución en 2016. El fútbol fue escaso solaz para la presidenta brasileña. El famoso equipo de su país, del que se esperaba que ganara la copa, sufrió un humillante 7 a 1 frente a Alemania en las semifinales. El ambiente de buen rollo del torneo en el que Brasil había depositado sus esperanzas dio paso a algo mucho más avinagrado.

Rusia está mucho más controlada y es un país menos democrático que Brasil, por lo que habrá pocas oportunidades para usar el torneo como foro de protestas públicas. Sin embargo, la Copa del Mundo tendrá lugar en un momento delicado. El primer encuentro, el 14 de julio en Moscú, se disputará apenas tres meses después de las elecciones presidenciales rusas.

Dada la naturaleza del sistema ruso, no hay duda de que Vladimir Putin será reelegido. No obstante, las últimas elecciones de 2012 estuvieron precedidas por una gran manifestación contra el Gobierno en Moscú y otros lugares, que alarmó a Putin. En esta ocasión, las fuerzas anti-Putin, lideradas por el carismático Alexei Navalny, atacarán la corrupción oficial.

En Brasil y Sudáfrica (que celebró el mundial en 2010), la inquietud por la corrupción administrativa se centró en los elevados costes de los nuevos estadios de fútbol. Algo similar podría ocurrir en Rusia, donde ya se han dado estos escándalos. El estadio Krestovsky de San Petersburgo, uno de los mayores del torneo, fue terminado con ocho años de retraso y sobrepasó en un 540% su presupuesto. Un exvicegobernador de la región fue acusado de aceptar un soborno por un contrato de iluminación para el estadio. Habrá una desconfianza generalizada en Rusia sobre la corrupción vinculada al torneo y a otros asuntos de mayor alcance.

El equipo ruso, que iniciará la competición en el encuentro de apertura en Moscú, es también fuente de inquietud. El papel del equipo fue lamentable en su última cita, la Eurocopa de Francia 2016, donde perdió dos encuentros con Gales y Eslovaquia. Esto puede parecer una trivialidad, pero Putin se ha presentado a sí mismo como un agente de renovación y reafirmación nacionales. Se le vio visiblemente abatido cuando el equipo ruso de hockey sobre hielo fue derrotado por el de Estados Unidos en los Juegos de Invierno de Sochi 2014. La Copa del Mundo de fútbol es un escenario mucho más grande y Putin se verá obligado a asistir al encuentro de apertura, como mínimo. Si el equipo nacional vuelve a sufrir una derrota, algo que es posible, el mensaje simbólico será justo el contrario que el que el presidente Putin pretende lanzar.

El Gobierno de Putin tiene razones para preocuparse fuera de los campos de fútbol. Los hooligans rusos estuvieron involucrados en altercados de violencia durante la Euro 2016. Y algunos aficionados rusos se han ganado su mala reputación por insultos racistas a jugadores negros, lo que sería un bochornoso espectáculo, dada la naturaleza multirracial del torneo. Sin embargo, el Gobierno ruso ha tenido mucho tiempo para prepararse ante estos problemas y habrá hecho todo lo posible para que estos hooligans estén bajo control y que los aficionados sepan controlarse a sí mismos.

Un juego de dos mitades

Hooligans y fans serán el plato fuerte de la Copa del Mundo, pero también será la oportunidad de Rusia de ofrecer otra imagen. La anexión de Crimea en 2014 y la posterior intervención de Rusia en Ucrania del Este han provocado duras sanciones económicas y la mala reputación internacional del país. El Gobierno de Putin verá la Copa del Mundo como una oportunidad para presentar de nuevo Rusia al mundo y, particularmente, a las audiencias televisivas y a los fans desplazados desde la Unión Europea, el mayor socio comercial de Rusia, y que le impuso esas duras sanciones.

Estos esfuerzos pueden ser recompensados con el éxito de la Copa del Mundo. El torneo celebrado en Alemania en 2006 demostró no solo la eficacia del país anfitrión sino también la amabilidad y buena acogida de sus ciudadanos, cualidades mucho menos conocidas. El Gobierno ruso esperará que los extranjeros puedan ver más allá de las controversias políticas, y futbolísticas, y disfrutar de la rica cultura de su país y de pequeñas ciudades menos visitadas, como Kazán y Samara.

Cuando comienzan los mundiales, estos cobran vida propia, y la inquietud previa al torneo se disipa. Vladimir Putin tiene razones para creer que lo mismo le ocurrirá a Rusia en 2018.

Gideon Rachman: columnista jefe de Asuntos Exteriores de Financial Times 

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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