El show continúa

22 / 01 / 2018 James Astill (Washington)
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La Administración Trump tendrá otro año convulso, pero logrará aprobar una reforma fiscal.

Segundo año, allá voy

Elegido entre promesas de poder alcanzar acuerdos y gestionar con una eficacia empresarial, el Ejecutivo de Donald Trump ha sido particularmente torpe, ineficaz y diana de escándalos. El presidente no ha conseguido aprobar ninguna ley significativa y ha tenido conflictos diarios con miembros de su partido y con los aliados del país. En 2018 Estados Unidos vivirá otro año convulso.

Los primeros meses estarán capitalizados por la oferta republicana para aprobar una reforma fiscal que debería suponer una de las pocas victorias de Trump. Los líderes republicanos en el Congreso solo necesitan una mayoría simple, sin necesidad de votos demócratas. Y a pesar de estar profundamente divididos en buena parte de asuntos, esto permitirá a los republicanos aprobar una reforma que incluirá uno o dos factores que serán bienvenidos. Las actuales siete categorías impositivas podrían ser reducidas a cuatro. Sin embargo, este paquete legislativo se parecerá mucho más a los recortes presupuestarios sin financiación alternativa aprobados por George W. Bush que a la reforma generalizada al estilo Ronald Reagan con la que la han comparado los republicanos. En esencia, la medida contempla recortes para las empresas y las rentas altas que se sufragarán con deuda. Será difícil venderlo como algo realmente conservador, o como el alivio fiscal para las clases medias que el presidente había prometido.

Otros grandes asuntos de la agenda económica de Trump son la desregulación y la renegociación de tratados comerciales. En el primer asunto ha hecho avances, pero en 2018 se harán más lentos, porque no será fácil deshacerse de las medidas aprobadas por Barack Obama. La forma más fácil de hacerlo (a través de la conocida como Ley de Revisión Congresional) ya ha expirado. Y los esfuerzos de Trump por revocar o diluir las medidas de protección medioambiental tropezarán con crecientes dificultades judiciales.

Estos reveses hacen más probable que Trump se valga de los grandes gestos: por ejemplo, retirar a Estados Unidos del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta, por sus siglas en inglés). Su larga oposición a los tratados comerciales siempre ha sido más política que basada en razones, y entre sus seguidores más incondicionales, a los que Trump vuelve en los malos momentos, las diatribas proteccionistas son muy populares.

El presidente podría provocar más agitación y escándalos en su Administración, algo que se da por seguro. Muchos miembros de su Gabinete están descontentos. Sería sorprendente que Rex Tillerson aguantara 2018 como secretario de Estado, algo que alegraría a muchos diplomáticos. Pero su probable recambio, Nikki Haley, embajadora de Trump ante la ONU, estaría igual de dispuesta a reducir la influencia del departamento, tal como quiere el presidente. Cualquier cambio en el respetado equipo de seguridad nacional de Trump incrementará la preocupación sobre su capacidad para manejar de forma segura una crisis internacional. El programa nuclear de Corea del Norte, al que Trump ha prometido plantar cara incluso con la fuerza, se antoja el punto más preocupante. 

Otra preocupación para Trump es la investigación dirigida por el fiscal especial Robert Mueller sobre el supuesto apoyo secreto de Rusia en su elección. Mueller ya ha imputado a Paul Manafort, antiguo jefe de campaña de Trump, y se cree además que está investigando antiguos acuerdos del presiente con Rusia.

Sea cual sea la conclusión del fiscal Mueller, si los demócratas recuperan la mayoría en la Cámara de Representantes en las elecciones legislativas de noviembre, Trump será sometido a un impeachment. Hay ciertas posibilidades de que esto ocurra, aunque los mercados apuestan ligeramente en contra de la victoria demócrata (ver el recuadro de esta misma página). Pero en la medida en que las encuestas sugieren una disminución de los apoyos del presidente entre sus seguidores más acérrimos, sus rivales políticos podrían ganar.

Pero incluso si los demócratas recuperaran la Cámara de Representantes, los republicanos mantendrán el Senado. Los conservadores están enfrentados, además de por Trump, por una pugna interna entre los populistas acérrimos, liderados por Stephen Bannon, y el aparato del partido. Aun así, el mapa electoral sigue siéndoles favorable.

Todo ello dibuja malas perspectivas. Pese a la bajada de impuestos, y más allá de un Gobierno malo y dividido y de un mayor nivel de bloqueo y enfrentamiento en el Congreso, lo mejor que se puede esperar es que se eviten nuevas guerras. Eso podría ocurrir con un poco de suerte y con una buena gestión del equipo de seguridad nacional. Al fin y al cabo, Trump podría hacerlo mucho peor.

James Astillcolumnista del blog Lexington de The Economist

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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