¡Viva la evolución!

03 / 01 / 2018 Brooke Unger
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Un cambio generacional en el liderazgo de Cuba.

Desde entonces, ¿cuesta abajo?

Por primera vez desde la revolución de 1959, Cuba será dirigida por un apellido diferente al de Castro (Osvaldo Dorticós tuvo el título de presidente hasta 1976, pero con poca influencia). Fidel Castro, líder de la revolución, lo hizo hasta 2006. Su hermano Raúl, que asumió el cargo de presidente, planea retirarse el 24 de febrero de 2018.

La transición será de una gran importancia simbólica. El Fidel barbudo y fumador de habanos (en su juventud), muerto en 2016, fue amado y ultrajado a nivel mundial como un comunista cuya revolución sobrevivió, incluso, al colapsado comunismo de Europa, donde nació. Y lo hizo a tan solo 145 kilómetros de EEUU, todo un logro para él, al menos para sus seguidores.

Raúl, que ahora tiene 86 años, es gris en comparación con su hermano, pero cuando era un joven revolucionario se unió a Fidel en Sierra Maestra, el centro de la guerra de guerrillas contra Fulgencio Batista. Con el recuerdo de aquella lucha, el nuevo presidente “verá el mundo de forma diferente”, dice William LeoGrande, un estudiante de la Universidad de Washington.

Aquella generación histórica está llegando a su fin. Raúl será jefe del Partido Comunista, la “fuerza superior que guía” a Cuba, hasta 2021, según la Constitución. Por primera vez desde la revolución, el líder del partido será privado de sus poderes ejecutivos, incluido, probablemente, el de comandante del Ejército.

Cuba ha tenido un solo órgano decisorio en los últimos 59 años. En 2018, tendrá dos, al menos por un tiempo. Los grandes asuntos que abordarán serán si aceleran la liberalización económica de Cuba, o si la ralentizan o la revierten; si dan más libertad a los críticos del régimen y si procuran cooperar con los EEUU de Donald Trump.

Que entre el número dos

La mayoría de observadores creen que el segundo órgano decisorio de Cuba recaerá en la figura del primer vicepresidente, Miguel Díaz-Canel, de 57 años. Llegó a la mayoría de edad en los 80, los años de mayor prosperidad de la revolución, y, por tanto, “cree en el socialismo”, dice un analista político de La Habana. Aun así, Díaz-Canel es un liberal, según los estándares cubanos. En 2013 salió en defensa de los blogueros cuyo combativo blog universitario fue clausurado, y se alzó a favor de El mejunje, un club gay.

La imagen relativamente tolerante de Díaz-Canel quedó manchada por un vídeo que se hizo público en agosto de 2017, en el que atacaba verbalmente a los medios críticos, a los empresarios y a Estados Unidos ante un auditorio de activistas del Partido Comunista. Su reputación liberal fue siempre inmerecida, dice Jorge Domínguez, un politólogo de la Universidad de Harvard, quien afirma que, en cualquier caso, Díaz-Canel no es el favorito para convertirse en el próximo presidente de Cuba. El cargo podría recaer en uno de los otros 17 “jóvenes veteranos” que son miembros del Politburó del partido.

Quienquiera que sea, se hará cargo de un país en problemas. Los envíos de petróleo subvencionado desde Venezuela, que han ayudado a sostener la economía cubana (en mayor medida incluso lo había hecho Rusia antes del colapso de la URSS), se han desplomado. Crecientes industrias como el turismo, el sector farmacéutico y el de la tecnología de la información no han generado tantos beneficios como para compensar la pérdida. El Gobierno ha tenido que reducir las importaciones.

En septiembre pasado, el huracán Irma obligó a desalojar algunos de los centros turísticos de la isla y a cortar el suministro eléctrico, lo que provocó la contracción en la economía en 2017 por segundo año consecutivo. La mitad de los cubanos están sufriendo “serias dificultades”, dice Domínguez. La oposición es débil y está dividida, y sujeta a la represión, pero los próximos líderes de Cuba “tendrán que traer el cambio o llegará un tiempo en que la gente no quiera soportarlo más”, predice Miriam Leiva, opositora del régimen en La Habana.

Se suceden continuos y acalorados debates en el Gobierno (aunque entre bastidores) sobre cómo responder a las presiones. Los reformadores quieren dar más libertad al mercado y las empresas privadas, que dan empleo al 25% de la mano de obra. Los conservadores temen que tales cambios les lleven a desentrañar el socialismo y las tensiones entre los cubanos comunes y los nuevos ricos. En última instancia, auguran algunos extremistas, convertiría a Cuba en un mero satélite de Estados Unidos.

La principal cuestión a la que se enfrentan los próximos líderes de la isla es cuánto valoran el control, según Domínguez, y les será difícil renunciar a él. 

Brooke Unger: jefe de América de The Economist

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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