Activismo por África

19 / 01 / 2018 Stella Nyanzi
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Destacada intelectual de Uganda

"La corrupción debe ser abordada de frente si se quiere reformar la política en África"

Lauren Crow

Mi tierra, África, es un complejo collage de contradicciones. Aunque nuestros países dicen ser democráticos, también tenemos regímenes militares ocultos tras democracias civiles. La urbanización expansiva lleva a la creciente clase media a vivir junta, aumentando el número de ciudadanos desempleados en los enormes barrios marginales. La malversación y el clientelismo enriquecen a los ya muy ricos políticos mientras desvían fondos públicos destinados a servicios esenciales. Las elecciones a menudo están amañadas para perpetuar a los titulares a cargo. A pesar de que el Tribunal Supremo de Kenia ha declarado nulas las elecciones presidenciales de septiembre de 2017, las acciones del poder judicial contra las irregularidades electorales generalmente resultan inútiles. El silencio internacional convierte al resto de países en cómplices en el desgobierno de África.

En 2018, las reformas políticas en África serán un asunto de vital importancia. Se celebrarán varias elecciones muy significativas. En medio de una constante inseguridad, conflictos civiles y una violencia creciente que provocan una migración forzosa, el país más joven de África, Sudán del Sur, celebrará sus primeras presidenciales. Sería mucho pedir que se celebraran de forma justa y libre. Dos países cuyos líderes han estado en el poder durante 30 años, Zimbabue y Camerún, también elegirán presidente; Robert Mugabe ya ha dimitido, pero Paul Biya espera repetir mandato. La República Democrática del Congo, Egipto, Sierra Leona y Mali irán también a las urnas.

Los africanos necesitan ir más allá del mero cumplimiento electoral. La práctica actual es muy a menudo una convocatoria desigual. Un arraigado partido gobernante que controla todos los engranajes de la maquinaria estatal compite por el poder frente a una oposición incompetente con partidos divididos entre sí, desorganizados y débiles. Las presidenciales de Gambia de 2016 mostraron que las alianzas estratégicas entre los partidos de la oposición son cruciales para desbancar a acomodados demagogos como Yahya Jammeh. Elecciones recientes en Ruanda y Angola subrayaron la necesidad de repensar los procesos electorales y las instituciones para hacerlos inmunes a la influencia e intimidación del partido en el poder.

Una transición pacífica de poderes sigue siendo un espejismo para muchos países africanos. Así, la elección del presidente Nana Akufo-Addo en Ghana en 2016 fue un cambio positivo respecto a la habitual violencia que acompaña al cambio de régimen. De forma similar, la relativamente pacífica transferencia de poderes en Somalia en 2012 a Hassan Sheikh Mohamud (y de él a Mohamed Abdullahi Mohamed en 2017) también fue bienvenida, aunque se produjera en medio de fuertes medidas de seguridad, de la prohibición de volar a Mogadiscio y de la amenaza de ataques yihadistas de Al-Shabab.

En cambio, la reelección de controvertidos presidentes como Yoweri Museveni, de Uganda; Ali Bongo Ondimba, de Gabón; y Edgar Lungu, de Zambia, tuvo lugar en un clima de fuertes medidas de coerción. Los líderes de la oposición fueron arrestados, los votantes, intimidados y la prensa, controlada. En Kenia, la falta de resultados fiables, a pesar del voto electrónico, mostró que la informatización no es suficiente.

Movilización ciudadana

Pese a los evidentes riesgos de represalias, es necesario encontrar un espacio para la acción ciudadana, la rebelión de las masas y las protestas sociales contra los esfuerzos de perpetuar la autocracia, que incluyen las astutas enmiendas constitucionales para cimentar las dictaduras en el poder. En agosto de 2017, el presidente de Ruanda, Paul Kagame, fue capaz de presentarse a un tercer mandato de siete años gracias a una enmienda constitucional de 2015 que ampliaba el número de mandatos de un presidente. En Uganda, donde la Constitución fue modificada en 2005 para eliminar los límites del mandato presidencial, se tomaron iniciativas para eliminar el límite de edad a 75 años de un presidente. Aunque estas enmiendas constitucionales sean legítimas, los legisladores deberían dar prioridad a las reformas por el bien común en lugar de beneficiar a líderes hambrientos de poder.

La corrupción debe ser abordada de frente si se quiere reformar la política en África. Kenia nos mostró el camino. En el periodo previo a las presidenciales, profesionales sanitarios, profesores, estudiantes y agricultores, indignados por los escándalos de corrupción, organizaron varias protestas multitudinarias. Tales acciones obligan a los políticos a prestar más atención.

La transparencia institucional y el castigo a la corrupción son formas de reducir la pobreza y de aumentar los ingresos estatales. El dinero puede, incluso, canalizarse hacia la inversión en salud, educación, transporte público, electrificación de las zonas rurales y otras infraestructuras esenciales para el desarrollo. Ampliar los servicios públicos abriría, a su vez, nuevas áreas de oportunidades económicas para la gente de a pie, contribuiría a frenar el desempleo y reduciría la brecha entre ricos y pobres.

Finalmente, eliminar la corrupción en la política de África reduciría la necesidad de huelgas y protestas ciudadanas. Asimismo reforzaría la confianza de los socios para el desarrollo, quienes ofrecerían ayuda internacional y cooperación. Necesitamos un gran impulso en 2018.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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