El arduo camino hacia el Dorado europeo

17 / 03 / 2017 Miguel Ángel Benedicto/ Catania/Pozzallo (Sicilia, Italia)
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Cientos de miles de subsaharianos cruzan el Mediterráneo huyendo de la miseria y la guerra. Son muchos los que mueren en el mar y más los repatriados a sus países de origen.

Una embarcación atestada de migrantes subsaharianos al norte de la costa libia durante el pasado verano

Mientras Europa envejece, los jóvenes subsaharianos llegan a sus costas en busca de una vida mejor. Por el Mediterráneo arribaron a Italia 181.436 en 2016. Muchos mueren en el intento, como le sucedió hace doce días a un joven de 16 años que salió de Gambia y murió enfermo en la cubierta del buque Siem Pilot. Fue rescatado junto a otros 502 inmigrantes por este barco de la operación Tritón que persigue traficantes de personas, dentro de la misión liderada por la Agencia Europea de Control de Fronteras (Frontex). “Que muera un muchacho es lo último que quería ver”, balbucea con la voz entrecortada el fornido comandante noruego de la misión policial. Jorgen Berg recuerda su peor experiencia a bordo, cuando nos enseña el contenedor blanco que hace de morgue. “Hemos llegado a tener 49 cadáveres”.

Más de 25.000 menores solos llegaron a Italia en 2016, la mayoría desde Libia. Tras la caída de Gadafi, el país se convirtió en un Estado fallido en el que las mafias se enriquecen con el tráfico de subsaharianos. “Van en barcos minúsculos, inestables y abarrotados. Cuando les rescatamos, les indicamos con altavoces que no se muevan: los barcos podrían desestabilizarse, y ellos caer al agua y ahogarse, muchos no saben nadar”, explica el comandante, que se enternece al recordar cómo hace unas semanas nació en la enfermería del Siem Pilot un bebé al que bautizaron Orso di Mare (oso de mar).

Control

Tras el rescate, los inmigrantes pasan a la cubierta del buque, donde reciben comida, agua y una manta y caen exhaustos. Diez policías de la tripulación interrogan a los sospechosos de pertenecer a mafias y los médicos curan a los heridos. Se tiene especial cuidado de los menores no acompañados. “En el puerto se les traslada a los servicios del ayuntamiento, que se hacen cargo de ellos”, indica la Policía italiana. El resto pasa un examen médico, se les pone una pulsera con un número y suben a autobuses que les llevan a uno de los cuatro centros de registro de inmigrantes que hay en Italia. En el de Pozzallo se les identifica con una foto y se toman sus huellas dactilares. Después, personal de la Agencia de Naciones Unidas para los Refugiados les informa sobre cómo pedir asilo. En el interior del centro hay decenas de literas y un espacio en el que la ONG Save the Children les enseña palabras básicas en italiano. Muchos pedirán asilo y serán transferidos a centros de acogida de otras regiones. Para los que entran por razones económicas se iniciará el procedimiento de repatriación a su país de origen. Mientras, permanecerán un máximo de 30 días en centros de internamiento de extranjeros.

La realidad de estos inmigrantes se palpa alrededor de la estación central de Catania, donde merodean por grupos. En los aledaños, Cáritas atiende en un comedor social a 150 inmigrantes al día que provienen de Eritrea, Nigeria o Somalia. Jackson, un muchacho nigeriano, acude a cenar. Cuenta que salió hace cuatro años de su país y estuvo en una cárcel en Libia donde le maltrataron y mataron a un amigo. Escapó en un barco con 80 personas. Ahora vive en el campo de Mineo con otros inmigrantes como Frey y David, dos ghaneses de 25 años que pagaron 1.000 dinares a las mafias libias para alcanzar el Dorado europeo. Otros como el gambiano Manchu duermen en la calle e intentan sobrevivir. Es el final de ruta para los inmigrantes económicos que buscan el sueño europeo. 

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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