Un piso a cambio de trabajo social
Rivas Vaciamadrid (Madrid) inicia un proyecto de integración que concede casa gratis a tres jóvenes a cambio de dedicar 15 horas semanales a la comunidad.
Llamar a la puerta del vecino de enfrente y pedir una taza de azúcar. Esta imagen, que ilustra uno de los ejemplos más típicos -y agradables- de la relación entre vecinos, ha sido fulminada por la iniciativa que acaba de arrancar en la localidad de Rivas Vaciamadrid, al este de Madrid, donde ya no se sabe bien quién pide a quién y quién se queda con la tacita de azúcar. En este esquema, hay vecinos de un barrio con necesidades sociales, como inmigrantes y niños en riesgo de exclusión social, y tres jóvenes de 21, 24 y 25 años que se han comprometido a dedicar 15 horas semanales a realizar trabajos sociales en el barrio a cambio de un piso por el que no pagan alquiler.
Trabajo en el barrio a cambio de casa gratis. Isaac Zúñiga, de 25 años; Ana Martínez, de 21; y Carla Díez, de 24, son los tres primeros inquilinos de un proyecto que da sus primeros pasos. Fueron seleccionados de entre más de una veintena de chicos y chicas que, como ellos, eran vecinos de Rivas, menores de 26 años, no estaban emancipados y tenían experiencia en intervención social. Como los demás, hicieron un curso sobre trabajos comunitarios y presentaron un proyecto final. En noviembre se mudaron a su nuevo hogar: un amplio piso de 83 metros cuadrados propiedad de la Empresa Municipal de la Vivienda (EMV) de Rivas, compuesto de salón, cocina, tres habitaciones y dos cuartos de baño. Su contrato de alquiler tiene una duración de un año, prorrogable a un máximo de cinco. La renta que de otra manera tendrían que pagar sería de 450 euros, en alquiler libre se elevaría a hasta los 600. Además, el Ayuntamiento les amuebló el piso “con lo básico” para vivir. “Se trata de que a ellos no les cueste amueblarlo, por si deciden retirarse del proyecto o son expulsados del mismo por quebrantar alguna de las normas”, explica Montse López, del área de Servicios Sociales del Ayuntamiento. A cambio, Isaac, Ana y Carla deben dedicar 15 horas semanales a trabajar en diversos proyectos de asistencia a los vecinos más desprotegidos del barrio. Están obligados a pagar las facturas de agua, luz o cualquier otro suministro, no hacerlo sería causa de expulsión. También lo serían “conflictos graves de convivencia”, según figura en el acuerdo que firmaron antes de mudarse.
Riesgo de exclusión social.
Los vecinos con los que trabajan son en su mayoría inquilinos de los 258 pisos del Instituto de la Vivienda de la Comunidad de Madrid (Ivima) del barrio de Las Canteras, donde en 2004 el Gobierno regional decidió realojar a otras tantas familias procedentes de poblados chabolistas y zonas de infraviviendas en otras partes de la región. En este barrio conviven vecinos “en riesgo de exclusión social” en los pisos del Ivima o en edificios de la EMV como en el que habitan Ana, Carla e Isaac, con residentes en más de 1.400 domicilios con precio de libre mercado, incluidos 488 chalets.
El barrio de Las Canteras, en las afueras de Rivas, es muy diferente, pues, al gueto en el que se convirtió casi desde el principio el edificio de viviendas de protección oficial que se inauguró en 1989 en una orilla de la M-30 de Madrid, conocido como el Huevo, que paradójicamente se convirtió en un ejemplo de lo que se quería evitar. Carla, que trabajó allí, afirma que “no es comparable” aquello con el barrio del que ahora son a la vez vecinos y voluntarios sociales y en el que desde el primer momento se ha cuidado que sea “una zona de integración” más que de distanciamiento entre vecinos realojados y otros que pueden pagar un “chaletazo”. De momento, los mayores conflictos que conocen en su nuevo vecindario son las dificultades para pagar las facturas. Sin embargo, esto no quiere decir que sus vecinos no tengan problemas: muchos de ellos son inmigrantes y gitanos con grandes dificultades para acceder al mercado laboral y en riesgo de exclusión social. Y con ellos trabajan. Carla participa en un proyecto de alfabetización de mujeres, “para que puedan acceder no solo a la lengua, sino a la cultura en general”. Aprovecha que las calles de esta colonia tienen nombres de pintores para hablar sobre uno cada día. Ana está empezando a organizar un taller de teatro e Isaac ha continuado con el voluntariado que hizo el verano pasado en el poblado chabolista de la Cañada Real y se ocupa de cuidar niños de entre 6 y 12 años. En los días normales, cuando salen del colegio, se encarga de que “tengan un horario con unos hábitos saludables, con dinámicas de grupo”. Los días excepcionales van de excursión o a la piscina.
Pero esta no es ni mucho menos su única actividad. Isaac es mecánico aviónico en el centro de mantenimiento de los aviones del aeropuerto de Barajas; Ana, trabajadora social, es coordinadora de actividades extraescolares en un colegio; y Carla es educadora social y trabaja en un centro de día con niños inmigrantes. Además, los tres continúan sus estudios, en la universidad o por su cuenta. De las horas libres que consiguen arañar a estas actividades deben descontar las 15 semanales que han comprometido con este proyecto. Pero también es cierto que sus circunstancias son especiales. Existen muchos voluntarios que no se ven recompensados con una casa.
Emancipación.
Al menos durante un año, ellos tienen acceso a una vivienda gratuita, en momentos en los que a los jóvenes les resulta cada vez más difícil salir de la de sus padres. Carla y Ana reconocen que de otra manera no hubieran podido emanciparse. “Nos ha dado la oportunidad de independizarnos, por lo menos a mí”, admite Ana, que añade, eso sí, que no hubiera llegado a hacer el curso de formación si no hubiera estado ya implicada en proyectos de trabajo social. Para Carla, con un trabajo “superinestable”, tener un piso gratis “es una tranquilidad”. “No tener que pagar un alquiler es maravilloso para mí, porque si no, no podría irme de casa. A mí esto me ayuda, pero también somos gente que venimos de movimientos sociales y que ya hacíamos cosas por el barrio sin necesidad de un piso”, puntualiza.
Para los responsables del proyecto, la mera emancipación de estos tres jóvenes -y de otros que esperan que puedan seguirles- es en sí misma un buen objetivo. Para los tres protagonistas es tan positivo como el trabajo de voluntariado que hacen en su barrio. Isaac, que admite que él podría haber salido de casa de sus padres por sus propios medios, recuerda que entre sus compañeros del curso había claramente más interesados en un piso gratis que en ayudar a sus vecinos: “Desde el curso que hicimos al principio, para mí [la motivación] no era tener una casa, sino aprender la orientación profesional sobre intervención social”.
La cercanía en la vida cotidiana, privada, con las personas con las que trabajan tiene luces y sombras. Por una parte, Montse López admite que existe el riesgo de una mala acogida en un vecindario donde hay dificultades económicas, con padres que ven cómo sus hijos no encuentran trabajo y no logran emanciparse. Son conscientes de que también puede haber quien no entienda por qué el Ayuntamiento les da una casa a ellos tres y no a sus hijos. “Queríamos que el piso estuviera en la misma zona de trabajo para potenciar la participación de la gente con la que viven, pero uno de los riesgos era ver cómo se lo tomaban los otros vecinos, que pasan por muchas dificultades y en gran medida son víctimas del no acceso a una vivienda”, admite López. Para ello, se preparó el terreno a través del comité de barrio, al que se informó del proyecto y de las condiciones en las que vivirían Ana, Carla e Isaac. De momento no han tenido ningún problema, aunque a la propia Ana le parecería normal. “Lo entendería”, dice. Otra forma de evitar posibles reproches es no difundiendo a los cuatro vientos dónde viven, como les han aconsejado en Servicios Sociales. Aunque a veces es inevitable, como en el caso de Isaac, puesto que algunos de los niños a los que entretiene viven en el mismo portal que ellos.
Por el contrario, lo que han encontrado hasta ahora es agradecimiento, también porque ellos hacen el papel de polibueno de los trabajadores sociales. “Nosotros somos voluntarios, yo no soy la trabajadora [social] que les da, les quita o les exige; yo les ofrezco mi ayuda, mi tiempo”, dice Carla, que preferiría no vivir cerca de su trabajo. “Pero es que esto no es mi trabajo, es otra cosa”. Esa cosa es encontrarse a una vecina de origen magrebí con un cargamento de recetas del médico que no entiende y poder traducírselas de camino a casa. O a los niños jugando en el patio de casa, como le pasa a Isaac: “Me da mucha alegría verles cuando salgo al portal”.


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