Jueces sin fronteras

28 / 04 / 2014 Fernando Savater
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Cortarles las alas a los jueces españoles que se han tomado en serio el asunto de la justicia universal es una advertencia para quienes en otros países quisieran imitarles.

Aunque la justicia universal es una aspiración reciente pero ya tan extendida como su propio apellido indica, han sido algunos jueces españoles –como Baltasar Garzón en su procedimiento contra Augusto Pinochet o Santiago Pedraz en la demanda contra el ejército de EEUU por la muerte del cámara José Couso– quienes han difundido su impacto mediático por el mundo. Tarea imprescindible, porque la justicia universal cuenta con la animadversión inmediata de los países afectados negativamente por ella que además, qué mala suerte, suelen contarse entre los más poderosos del mundo. De modo que su más indispensable apoyo es la creación de una opinión pública internacional que la reclame y que respalde la aplicación eficaz de la legislación ya existente más allá de los límites de cada país.

Ahora el Gobierno español ha decidido limitar severamente las preocupaciones universalistas de nuestros jueces: el detonante de esta restricción fue la acusación por el genocidio tibetano contra el primer ministro chino y supongo que demás miembros de su Gobierno, sustentada por un juez español. Que desde este lateral país europeo alguien pretenda encausar a las autoridades de China parece demasiado ambicioso, incluso a pesar de la noble tradición quijotesca de nuestra cultura. Sobre todo porque China es hoy el mercado inmensamente populoso que todos, incluida la misma España, codician y miman: su evidentemente escaso respeto a los derechos humanos es algo que los países democráticos deploran pero que resulta económicamente imprudente vocear... Como los jueces españoles destacan entre los que más en serio se han tomado el asunto de la justicia universal, cortarles las alas es una advertencia para quienes en otros países quisieran imitarles y una forma de desanimar a los seguidores de su atrevimiento.

Puede que algunos magistrados se hayan dejado llevar por un entusiasmo justiciero desmesurado o por cierto afán de notoriedad sin miramientos para los intereses exteriores de su propio país. Pero aplicarles un drástico recorte de competencias amenaza traer más perjuicios que beneficios. En primer lugar, porque en el mundo actual muchos de los peores delitos son transnacionales y es imposible castigar a los culpables si uno se atiene estrictamente a las fronteras de cada país. Los primeros beneficiarios de las restricciones de la justicia universal han sido narcotraficantes extranjeros puestos en libertad en nuestro país tras haber sido capturados en un barco que navegaba por aguas internacionales y no se dirigía a España. Pero ¿no abundan cada vez más estos casos? Si la delincuencia no conoce ni respeta fronteras, ¿deben aceptar las los jueces?

En segundo lugar y más importante: porque la justicia universal es un ideal fuerte y necesario en un orden mundial en que no abundan. En contra de lo que afirman los entusiastas de las diferencias, la auténtica riqueza de los seres humanos es nuestra semejanza. Compartimos necesidades y anhelos comunes que nos permiten considerar agresiones contra la humanidad la explotación de los más débiles, la tiranía, la tortura, el uso de armas prohibidas por las convenciones internacionales, la manipulación de los niños con fines bélicos, laborales o eróticos, el usufructo privado de recursos naturales a todos necesarios, etcétera. Los derechos universalmente humanos deben verse respaldados por leyes también universales y por jueces capaces de aplicarlas: así de claro, así de rotundo, así de difícil.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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