Don Quijote vuelve a casa

30 / 07 / 2015 Fernando Savater
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La versión del libro de Cervantes que ha hecho Trapiello no desmerece en la estantería de los clásicos, pero también tiene su lugar en la mesa de novedades de cualquier librería.

¿Qué libro nos llevaremos este verano a la playa o a la montaña, a la casita rural de la aldea esa que tanto nos gusta o como parte del equipaje que preparamos para conocer por fin Nueva York? Háganme caso, llévense El Quijote. ¿El Quijote? ¡Hombre, por favor, que estamos de vacaciones...! Seguro que bastantes de ustedes, con patriótico esfuerzo, habrán intentado leer la famosa novela y se habrán sentido derrotados (¡como el propio don Quijote, especialista en derrotas!) antes de llegar a las primeras cien páginas. Pero si se fijan bien verán que lo que les ha echado para atrás no son las peripecias argumentales, que incluso siendo en parte conocidas –aunque la mayoría de ellas no tanto como se cree– son divertidas y retratan a una pareja genial, imborrable; no, lo que se convierte en un obstáculo insuperable es el lenguaje, lleno de palabros que ya no se usan y cuyo significado hay que buscar fastidiosamente en notas a pie de página, construcciones sintácticas enmarañadas, frases hechas de sentido ignoto, etc... Es como leer un libro parcialmente escrito en un idioma extranjero, pero con la humillación añadida de que deberíamos conocerlo porque es el nuestro.

Bueno, pues ahora ese problema está resuelto. Con mucha paciencia y no menos ciencia, un estupendo escritor español enamorado de los personajes cervantinos ha reescrito por completo, sin omitir nada ni desvirtuar nada, la gesta de don Quijote en español actual. La tarea llevada a cabo por Andrés Trapiello (ed. Destino) es tan útil e inteligente que puede servir para que los lectores más renuentes a intentar escalar el gran libro se encuentren casi sin notarlo disfrutando de él. Esta versión de Don Quijote no desmerece en la estantería de los clásicos, pero también tiene su lugar en la mesa de novedades de cualquier librería. Miguel de Cervantes no escribió una obra de intrincado estudio ni un tratado de metafísica, sino una magistral novela para entretener y de vez en cuando, según estemos dispuestos a ello, hacer pensar. Es un libro para pasarlo bien, no un castigo para llegar a parecer culto...

Me decía un amigo inglés que los extranjeros disfrutan y valoran más las piezas de Shakespeare que los nativos, porque no tienen que desentrañarlas en el anglosajón del siglo XVII sino en traducciones actualizadas, la mayoría de ellas llevadas a cabo por autores distinguidos. Y es que en una gran obra de arte hay que admirar su fuerza y colorido, no las manchas de polvo o humedad que el paso del tiempo ha ido depositando sobre ella. Ahora los lectores de España y de Hispanoamérica tienen la posibilidad de gozar con la imaginación cervantina no empañada por las borrosas huellas de los siglos transcurridos desde que se escribió. La versión de Andrés Trapiello no es por supuesto mejor que la de Cervantes, ni tampoco peor por más simplificada: es la misma, solo que más accesible. Porque don Quijote y Sancho Panza no son espinosas reliquias del pasado, sino compañeros de nuestra vida: pueden venirse a casa con nosotros y –¿por qué no?– incluso acompañarnos a la playa.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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