Días de vértigo

18 / 10 / 2017 Gabriel Elorriaga
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La carencia de iniciativas y la pasividad deberán ser sustituidas ahora por la determinación que la situación exige.

Quienes creyeron que el separatismo catalán no llegaría tan lejos se han equivocado. Dejando pasar el tiempo, los nacionalistas pragmáticos se han transformado en independentistas radicales ante la mirada pasmada de algunos. La táctica del apaciguamiento funciona mal frente a los fanáticos. “En política, por no hacer nada nunca pasa nada”, decía un viejo zorro del parlamentarismo español y posiblemente tenía razón si lo perseguido es preservar los intereses del profesional de la política. El inmovilismo y la aversión a tomar cualquier tipo de riesgo pueden ser actitudes provechosas para algunos, pero nunca para el interés general.

En Cataluña se han dejado pudrir las aguas. Durante mucho tiempo y a la vista de todos. Solo los que no lo querían ver han permanecido ciegos ante la realidad que se avecinaba. De esa manera se ha tolerado que el representante del Estado en Cataluña, el presidente de la Generalitat, sea la cabeza visible del mayor desafío a nuestro modelo de convivencia. Tras la celebración de un referéndum ilegal y la ilegítima paralización de una región entera, tuvo que ser el Rey quien hablase con claridad. Dos días antes, el presidente del Gobierno había afirmado que comenzaba “el restablecimiento de la normalidad institucional” mientras llamaba a la reflexión conjunta “de todas las fuerzas parlamentarias”. Para el Jefe del Estado, sin embargo, las autoridades de Cataluña venían incumpliendo de manera “reiterada, consciente y deliberada” el orden constitucional, habían vulnerado “de manera sistemática las normas aprobadas legal y legítimamente” y habían “quebrantado los principios democráticos”. “Esperemos que abandonen su empeño ilegal y que no se empecinen en el error”, rogaba el presidente en la noche del domingo 1 de octubre; mientras, el Jefe del Estado llamaba el martes a la responsabilidad de los legítimos poderes del Estado para “asegurar el orden constitucional y el normal funcionamiento de las instituciones”. La disonancia no pudo ser mayor. La intervención del Rey resultó determinante y, al fin, en ausencia de una respuesta política clara, los ciudadanos tuvieron que salir a las calles de toda España a manifestar su compromiso con España y su Constitución. Lo más relevante es que lo hicieron al margen, o incluso en contra, del criterio expresado por sus representantes políticos. Las tardías adhesiones a las manifestaciones convocadas no pueden hacernos ignorar que sus promotores no fueron los partidos mayoritarios, que permanecieron confiados en la buena voluntad de los más recalcitrantes irresponsables, sino grupos de ciudadanos incapaces de soportar más el quebranto que se estaba consintiendo en la convivencia democrática.

Ahora, un Gobierno en minoría, sin soporte presupuestario alguno, debe adoptar graves decisiones en un ambiente de crisis del sistema de representación política. La carencia de iniciativas y la pasividad deberán ser sustituidas por la determinación que la situación exige. Nada va a ser fácil ni cómodo. El negativo impacto económico de todo lo acontecido no se limitará a Cataluña. Y la quiebra de la convivencia en esa región española puede ir a más. Mensajes nítidos, medidas precisas y contundentes y mucha visión de Estado es lo que ahora reclama la situación.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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