Resistol, la droga de los miserables

04 / 09 / 2009 0:00 Gorka Moreno (Honduras)
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Más de 5.000 niños y adolescentes hondureños están enganchados al pegamento. Viven en la calle y son víctimas (y autores) de agresiones, violaciones y robos. Diversas ONG luchan desde hace 20 años para que se prohíba por ley la venta de esta sustancia a menores.

Son los parias de la sociedad hondureña. Ni siquiera han alcanzado la mayoría de edad, pero vagan por las ciudades desde los 8 ó 9 años. Inhalan pegamento compulsivamente de una botella que siempre esconden bajo la camiseta. Han visto morir a compañeros; han robado, mendigado, utilizado armas de fuego; han sido víctimas de abusos sexuales, del sida, de brutales agresiones por parte de agentes policiales; o coaccionados por sus “padres enemigos” –los jóvenes que controlan las calles- para cometer actos delictivos. Siempre llevan la misma ropa, llena de mugre, y duermen donde la noche les sorprende.

Algunos incluso deben afrontar la dura misión de criar a un hijo siendo tan sólo adolescentes. Y la inmensa mayoría procede de familias rotas por los malos tratos, el alcohol o las drogas. Se les conoce como los niños del resistol, el nombre con el que los hondureños denominan al pegamento de contacto. En Honduras son ya más de 5.000, de los cuales 1.500 viven en la capital, Tegucigalpa. Y las cifras van en aumento. Porque el Gobierno no invierte un solo euro en proteger a este colectivo, enganchado a un producto barato -90 céntimos de euro el bote- y fácil de adquirir en zapaterías o ferreterías.

Estragos físicos y psicológicos

Para la legislación hondureña, el resistol no es una droga, sino una sustancia tóxica. Su principio activo, el tolueno, un derivado de los hidrocarburos, genera una terrible adicción y graves perjuicios. Atrofia cerebral progresiva, distorsión de la realidad, alucinaciones auditivas, ralentización de reflejos y dificultades para caminar, problemas en la fase de crecimiento, temblores, daños en los órganos vitales, anemias, etcétera. Y a nivel psíquico provoca agresividad, depresión, pánico, angustia, pérdida de la autoestima, abandono o, incluso, el suicidio. “Además están los efectos del síndrome de abstinencia: dolores de cabeza y de estómago, insomnio, ansiedad... Muchos se convierten en discapacitados mentales y, al encontrarse bajo los efectos del pegamento, son incapaces de realizar trabajos normales”, afirma el director de Incidencias y Proyectos de Casa Alianza, el doctor Ugaldo Herrera.

Más información en la revista Tiempo

Ana Rubio, una cooperante española que dirige el proyecto Casa Domingo, añade que “lo más difícil es entrar en el mundo de estos chicos”, aunque una vez atravesada esa barrera “siempre tendrás su confianza”: “Nunca hay que perder la paciencia. Las recaídas son parte del pro- ceso de aprendizaje. Entonces hay que buscar nuevas estrategias y darles mil oportunidades. Es necesario desarrollar procesos integrales de cambio en la persona y llevar a cabo una gran inversión para obtener pequeños logros. Y como son chicos difíciles de tratar, a menudo se opta por actuar sólo en la prevención”.

Relatos de la calle

Por desgracia, no todos los afectados acuden a un centro en busca de ayuda. Las palabras de Kevin, de 13 años, suenan como disparos en la noche. Duras, secas, frías, contundentes: “Desde que un hombre mayor abusó de mí, siempre llevo un cuchillo. Aquel cerdo me ofreció comida y ropa. Yo sólo tenía 9 años. Me dijo que me llevaría a un centro infantil y al entrar en su coche me obligó a hacerle cosas horribles que prefiero no decir. Intenté denunciarlo, pero los policías me despacharon de la comisaría entre mofas y empujones. Ahora, inhalo todo lo que puedo y robo. Aquí, si no eres fuerte acabas violado o con un tiro en la frente. Pero aunque muera joven, me gusta sentirme libre”. Otros jóvenes como Joel, de 17 años, sueñan con tener una vida normal, pero son incapaces de abandonar su destructivo estilo de vida. “Suelo dormir en una chabola abandonada con varios adictos al resistol y al crack. Algún día me gustaría dejar todo esto y volver al sur, a casa de mi madre, para pedirle perdón por todo el daño que le he hecho con la droga”, relata con la mirada perdida. Al menos en ocasiones la lucidez hace acto de presencia.

Melvin (nombre ficticio) tiene 16 años y estudia Repostería y 1º de Secundaria, mientras trata de convertirse en jugador de primera división. Por ahora se ha hecho un hueco en la filial del Club Deportivo Motagua. Pero durante mucho tiempo fue un niño de la calle y no olvida el pasado: “Cuando consumes pegamento, te sientes un gran hombrecito”. Un frasco se puede inhalar durante siete u ocho horas. Un adicto crónico puede emplear hasta tres botes al día. Euforia, disminución del frío y del hambre, placer, evasión... “La vida parece más divertida, suave y llevadera. Cuando te encuentras high –bajo los efectos de la droga-, cometes acciones completamente locas. Te subes a las barandillas de los puentes, caminas por el medio de la carretera...”, explica. Así también se producen las tragedias. “Un día, mi amigo Motorcito había inhalado muchísimo y quería darse un baño en una piscina. Estábamos enfadados, así que me marché a por un refresco. Él sabía nadar, pero estaba muy drogado.

Cuando volví, había muerto ahogado. Fue terrible”, comenta con la voz entrecortada. Melvin se perdió en las calles tras ver morir a su madre por una larga enfermedad. De su padre prefiere no hablar. “Aún recuerdo cómo nos trataban algunos policías a mis amigos y a mí. Nos robaban el dinero que recibíamos mendigando. A veces eran 100 lempiras –unos cuatro euros-, otras 200... Luego nos golpeaban con dureza. Una vez casi me matan a porrazos porque me negué a entregarles el pisto [dinero]”, relata resignado. Otros como Dennis, de 17 años, se veían obligados a realizar distintos trabajos para el jefe de su grupo: “Aquel man pertenecía a una pandilla. Nos daba misiones y al que no las cumplía lo mataba. Nos obligaba a cobrar el impuesto de guerra a los chóferes de los autobuses –unos dos euros cada vez-. Un día, un conductor no quiso pagarme y, por miedo a que me asesinaran, le disparé. Lo hice en un brazo para que no muriera. Poco después, el jefe de mi grupo fue detenido y decidí dejar la calle”.

Pero hay episodios que han marcado su vida para siempre. “En una ocasión un amigo y yo asaltamos a un joven para quitarle su celular, pero el tipo sacó una pistola y le pegó tres tiros a mi compadre. Yo me quedé con él mientras se desangraba... Ahora está en una silla de ruedas y vive en un reformatorio. Por mucho que intento olvidar todo aquello, a veces el pasado me agarra”, recuerda compungido y tembloroso. Dennis también estudia Repostería y 1º de Secundaria. Apenas dos de cada diez afectados logran abandonar el pegamento. Pero aunque las cifras no son excesivamente halagüeñas, en centros como Casa Alianza, Casa Domingo, Casa Belén o Casa Asti, decenas de cooperantes y voluntarios trabajan por la reinserción de estos muchachos. “Cada caso es un mundo, pero los procesos de rehabilitación pueden durar de tres meses a tres años”, afirma Herrera. La mayoría de estas ONG opta por una terapia basada en la abstinencia y un intenso trabajo personal centrado en la recuperación de la autoestima y los valores personales. “Lo más importante es volver a ilusionarlos”, subraya Rubio.

Luego se tratan enfermedades adyacentes y la recuperación física con vitaminas, sesiones de sauna y deporte. También se intenta que vuelvan a la escuela y recuperen la relación con sus familias cuando resulta posible. Y en ocasiones, hasta se aplican métodos de placebo, como pastillas de glucosa u otras sustancias inocuas contra el insomnio y la ansiedad.

La batalla legal

Hace ya más de veinte años que Casa Alianza inició su particular guerra para lograr la protección de los niños del resistol ante la ley. La batalla está siendo más dura y larga de lo esperado. En 1994 se planteó ante el Congreso de Honduras la sustitución del tolueno por aceite de mostaza, como ya se había hecho en Estados Unidos. Una sustancia que, al provocar escozor y vómitos, disuade a quienes quieren inhalar el pegamento. Y cinco años después se propuso cambiar el principio activo del pegamento por agua. En ambos casos las iniciativas se fueron al traste debido a las fuertes presiones de los distribuidores y profesionales del calzado, reacios al inevitable encarecimiento del producto por parte de los fabricantes. Ni siquiera cuando Costa Rica aprobó el uso de agua el Gobierno actuó. Tampoco lo hizo cuando los dos principales productores, Dunlop y HB Fuller, retiraron el pegamento del mercado debido al deterioro de su imagen. Y entonces surgió un nuevo problema: la fabricación clandestina o a pequeña escala, mucho más difícil de controlar.

Como último recurso, en 2005, se presentó un anteproyecto de ley para prohibir la venta y distribución del pegamento entre los menores. Para lograr una consulta final en el Congreso era necesario un dictamen favorable de la Corte Suprema de Justicia. Esa resolución al fin ha llegado, y marca sanciones de cinco a diez años de prisión y multas de entre 400 y 20.000 euros. Ya sólo falta el sí del Congreso, aunque se desconoce cuándo podría llegar, como reconoce el propio Herrera: “Si los dirigentes lo desean, se puede sacar adelante en una noche, en un año, en la siguiente legislatura o nunca”. No obstante, la creación de un marco jurídico se antoja insuficiente si no va acompañado de políticas de prevención y reinserción social por parte de las autoridades. Pero lo más preocupante es que, más allá de la normativa, existe un obstáculo mucho más difícil de superar: su aplicación en las calles. Los índices de corrupción policial en Honduras son los más altos de Centroamérica, de manera que los sobornos son más que previsibles. Ahí no llegan ni la ley ni la clase política.

COMENTARIOS

  • Por: jessica 06/10/2013 3:58

    No encontre lo que queria :/

  • Por: kerux quintal chan 08/02/2013 21:14

    es mejor dejar la droga por que muchos muchachos y mujeres se empiezan a endrogarse y como evitar dejar las drogas para que todos los mexicanos vivan

  • Por: kerux quintal chan 08/02/2013 21:10

    dejar la droga para siempre

  • Por: dref 12/01/2013 2:36

    por que drogo

  • Por: Maria Martinez 16/10/2012 1:41

    ahora mismo conozco 8 muchachos estudiantes de ciclo común que inhalan resistol y tinner y quiero ayudarlos, me da mucha pena por un muchacho que ya anda recogiendo basura, lo conocí cuando era un chico normal, bien portado, estudiaba ciclo común. Es una gran labor la que realizan. Esta información me va a servir mucho.

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