¿Qué hacen los exministros de Zapatero?

03 / 02 / 2012 Silvia Gamo
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Los miembros del último Gobierno cuentan a Tiempo a qué se dedican ahora. Cinco de ellos han dejado la política: Gabilondo y Sebastián han vuelto a dar clases en la universidad, Sinde estudia primero de Antropología...

Apenas han pasado unos meses desde que el Gobierno de Zapatero cesó en sus cargos. La mayoría de sus ministros decidieron continuar en política. Pero muchos otros, sobre todo los que él introdujo en la política, decidieron poner un punto y aparte a esta etapa. La vicepresidenta Elena Salgado; la ministra de Cultura, Ángeles González-Sinde; la de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia; el de Educación, Ángel Gabilondo; o el de Industria, Miguel Sebastián, decidieron hacer las maletas y alejarse de la política. Siguieron, quizá, el ejemplo de la persona que les introdujo en este mundo, José Luis Rodríguez Zapatero. El propio expresidente ha decidido decir adiós a la política. Dijo que solo sería miembro del Consejo de Estado, y así ha sido. Hasta deja sus cargos orgánicos en el partido, aunque mantendrá la presidencia de la Fundación Ideas, tal y como hizo con la Fundación para el Análisis y Estudios Sociales (FAES) su antecesor José María Aznar.

Ángel Gabilondo, exrector de la Universidad Autónoma y exministro de Educación con Zapatero, ha vuelto al que siempre fue su hogar: la Universidad Autónoma de Madrid y su cátedra de Metafísica. Se incorporaba a principios de enero y, pocos días después, Tiempo le visitaba en su despacho de la universidad, mientras tropezaba con sus antiguos compañeros por los pasillos de Filosofía. Le causa mucho pudor que le reconozcan por la facultad o que mientras hacemos las fotos, los alumnos le miren. Ya en su despacho, con sus libros perfectamente colocados en su vitrina, explica que vive el cambio con bastante naturalidad. “Yo siempre me he sentido profesor. La universidad es un sitio bastante apacible, donde hay gente que está leyendo, pensando, buscando y a mí eso me gusta mucho, me siento muy universitario, de siempre, incluso diría que, a mí modo, he sido un ministro universitario”, asegura Gabilondo.

Las aulas no tienen nada que ver con lo que ha lidiado durante su etapa como ministro. Una de las espinas que tiene clavadas es la falta de consenso con el PP en materia de educación. Intentó el pacto hasta el final, pero no pudo ser. Su sustituto, el ministro José Ignacio Wert, acaba de anunciar en el Congreso de los Diputados que modificará la ESO y el bachillerato y cambiará Educación para la Ciudadanía por Educación Constitucional. Si algo llevó mal Ángel Gabilondo durante su etapa en el Ministerio fue la falta de consenso. “Yo no soy pendenciero, a mí no me inquietan las conversaciones, los conflictos, pero a veces me parece que hay algunos debates infecundos porque no priorizamos el acuerdo sobre las demás cosas. Yo creo en el acuerdo, soy un enfermo de los consensos y hay gente que no, que cree que lo correcto es enfrentarse, oponerse, resistir... Yo no digo que ese momento no exista, pero me parece que la política es el arte de los acuerdos”, afirma. De todo lo que vivió en su etapa política asegura que si hubiera podido evitar algo habrían sido “esa cantidad de impedidores que hay, porque los hay”. “Hay gente que es experta en conseguir cosas y otra en impedirlas. Eso es un error”, sostiene.

Camino de vuelta.

A pesar de los malos momentos, Gabilondo tiene claro que no quiere desvincularse del todo del mundo del compromiso social y político, como él lo llama. Afirma que no lo ha hecho nunca y que no quiere que se piense que se escapa, que es una huida o un desengaño de lo que ha supuesto este paréntesis de cuatro años para él. “Yo no me voy a casa a hacer jeroglíficos ni crucigramas, yo quiero compromisos. Es un tiempo difícil y todos tenemos que implicarnos en la transformación social. A mí el espacio público me gusta y siempre he dicho que prefiero las cosas que me quitan el sueño a las que me dan sueño. Me atraen los desafíos”, comenta.

Por eso, además de incorporarse a su cátedra, continúa con un blog en El País, El salto del ángel, por aquello de atreverse a pensar, puntualiza. Y también presenta nuevo libro: Darse a la lectura (RBA), así como Otras lecciones de Metafísica. Ser de palabra, junto con Gabriel Aranzueque, un compañero de la universidad. De la política, aprendió la dimensión pragmática y la experiencia de los límites del poder: “Yo he sido nada menos que un ministro y nada más que un ministro. Conviene saber que ahí hay una experiencia de lo que puedes, de lo que te tienes que mover en el ámbito de lo posible. He aprendido a tener que elegir, a ser pragmático, a comprender y a hacerme comprender”, sostiene Ángel Gabilondo.

Explica que puede volver a la universidad con la cabeza bien alta porque durante su etapa en política se ha dedicado a buscar acuerdos, a no hablar mal de nadie, a tender puentes. Él dice que sigue siendo el mismo, un profesor de corbata clásico, que no antiguo, que ha procurado no seguir las modas sino su pensamiento. Por esta razón cree que ahora no paran de llamarle para participar en cursos, charlas, seminarios, como asesor, para ser pregonero... Gabilondo se está adaptando a la vuelta, pero cree que su bagaje político ha sido suficientemente bueno como para volver a dar el salto al lado oscuro. “Sí que volvería a la política, no de cualquier modo, ni bajo cualquier circunstancia, ni a cualquier precio, pero sí volvería. Me parece que es muy noble y muy digno hacerlo. No soy un profesional de eso, pero hacer irrupciones serias me parece muy bien”, concluye.

Otro académico.

De una a otra universidad. Miguel Sebastián, economista, exministro de Industria y excandidato a la Alcaldía de Madrid, también ha vuelto a casa. La Universidad Complutense ha recogido en sus aulas a uno de los titulares más polémicos, sobre todo dentro de su propio partido. Fue criticado por obtener un mal resultado frente a Alberto Ruiz-Gallardón en el Ayuntamiento de Madrid (18 concejales, tres menos que los conseguidos por Trinidad Jiménez en 2003). Mantuvo agrias polémicas con José Bono por no llevar corbata al Congreso de los Diputados (cuando hacemos este reportaje tampoco la lleva). Fiel a su estilo y a sí mismo, Sebastián entró en política en el año 2003, de la mano también de José Luis Rodríguez Zapatero. Una escapada de ocho años, tras la que vuelve a la universidad y a su Facultad, la de Ciencias Económicas, donde lleva desde 1986. Una vida que compaginó con incursiones en el sector privado, en la empresa Intermoney y, posteriormente, como economista del BBVA. Por eso explica: “Para mí el coste de la vuelta a la vida profesional es pequeño, porque prácticamente es lo que he hecho durante toda mi vida. Además, tengo la experiencia de 2007, cuando después de dejar la alcaldía de Madrid volví a la universidad, antes de ser ministro. Me ha costado poco tener de nuevo este despacho operativo, con todos los correos y el papeleo de la universidad”. Sebastián nos explica, haciendo un guiño, que ha colocado su vitrina en plan zen. En la parte de arriba se observan fotos con Zapatero, con un importante economista y con otras personalidades del Estado. En la del medio, premios y condecoraciones. En el despacho, también muchos libros de Friedman y Stiglitz, entre otros ilustres economistas. Entre tanto manual sobresale un cuaderno que dan ganas de robar, Traspaso de poderes, se titula.

En la puerta le esperan los escoltas. Un rastro que asegura que Sebastián fue ministro. De momento, Interior los mantiene para todos ellos. A Sebastián parecen no molestarle. “Ahora tengo dos años de incompatibilidad y por eso tenemos una indemnización (ver recuadro). La verdad es que yo preferiría no tener indemnización ni incompatibilidad, pero la ley nos obliga. Así que estos dos años voy a estar en la universidad a tiempo completo y luego ya veremos. Intentaré compatibilizar otra cosa con esto, porque la universidad, la docencia, es lo que siempre me ha gustado, tanto la actividad docente como la investigadora”, explica un Sebastián más relajado que cuando era ministro. Dice que piensa hacer unos apuntes para sus alumnos para acompañar los manuales, porque esta crisis ha sido demoledora para el pensamiento económico. “Tan demoledora como la Gran Depresión, porque todo se había montado alrededor del sistema financiero autorregulado, lo que equivale a decir desregulado y con mucha innovación. Que haya entrado en crisis ha sido muy impactante para la teoría económica. Luego, por supuesto, la incapacidad de gobiernos e instituciones de hacer frente a esta crisis y por último, nos ha pillado con un euro muy joven”, prosigue Sebastián, quien sostiene que hay que cambiar las instituciones europeas porque estas no sirven: “Mientras los países de la triple A [se refiere a Alemania] no se den cuenta de que tienen que cambiar las instituciones, vamos a un crisis más severa y larga de lo necesario”. Con esta sombra económica, pasamos a hablar de su experiencia en el último Gobierno de Zapatero.

Cuenta el exministro de Industria que lo que más se lleva en política es el y qué hay de lo mío, mientras existe poca visión nacional, como país y como Europa. Frente al aluvión de críticas recibidas por los suyos, se defiende. “Por no ser un pata negra del partido quizá he sido más criticado, pero no sé qué tengo que demostrar, yo tengo carné desde hace muchos años. He renunciado a una buena parte, si no toda, de mi vida profesional, que me iba bastante bien, por apoyar el proyecto del PSOE. Incluso me presenté a unas elecciones en Madrid que no eran nada fáciles y que para mí supusieron un coste personal importante. Lo he hecho porque soy militante y porque simpatizo con las ideas del partido”, asevera.

Autocrítica.

Reconoce que el Gobierno de Zapatero cometió errores, pero que también hizo cosas buenas, grandes reformas, y que el PSOE es el responsable de las grandes reformas en España en los últimos 30 años. De su etapa, dice que de lo que más orgulloso se siente es “del apoyo que le hemos dado a la industria”: “Tenemos una industria que se estaba desmantelando en España y la hemos conseguido sostener, sobre todo la industria del automóvil, donde no ha cerrado ni una sola planta a pesar de la magnitud de la crisis”. Es partidario de la autocrítica, pero no de la autoflagelación, dice, y cree que el tiempo pondrá en valor las cosas que ha hecho el Gobierno al que perteneció.

Cuando pase este periodo, Sebastián no sabe muy hacia dónde tirar. “He tocado tantos sectores que me parecen apasionantes... Creo que podría aportar mucho en la dimensión internacional de las empresas españolas e incluso no descarto la posibilidad de montar mi propia empresa, que es una cosa que nunca he hecho”, afirma. Lo que prácticamente tiene claro es que no se ve volviendo a la política. “Yo entré por casualidad, cuando conocí a Zapatero en el año 2001. Creo en la entrada y en la salida de la política y es bueno que la política no sea algo para profesionales. Creo que es bueno que haya entradas y salidas, como ocurre en otros países, por ejemplo, Estados Unidos. He estado ocho años y es un buen momento para retirarse, eso sí, seguiré apoyando a mi partido”, recalca.

Por su parte, la vicepresidenta del Gobierno, Elena Salgado, tiene claro que de momento va a hacer un largo paréntesis de dos años sabáticos. No tiene definido hacia dónde tirará. Por un lado, están las incompatibilidades y por otro, son demasiadas las horas que le ha quitado a su vida familiar. Se la puede ver paseando por el parque del Retiro de Madrid, en un día soleado. El senderismo y viajar son otras de las aficiones a las que la exvicepresidenta dedica estos días, además de a la familia, mientras medita qué hacer con su futuro. Lo suyo son los puestos institucionales. Lo intentó como candidata a dirigir la Organización Mundial de la Salud. Un puesto que finalmente no pudo ocupar, pero que estaba hecho a la medida de su perfil. De momento, Salgado colaborará con Onusida, la agencia de Naciones Unidas para dar una respuesta global a la extendida enfermedad.

Otra exministra, la de Ciencia e Innovación, Cristina Garmendia, ha emprendido un viaje de vuelta a la empresa privada. Garmendia entró en política de la mano de Zapatero en 2008. De su presentación ante la prensa se encargó el hoy portavoz del PSOE en el Congreso, José Antonio Alonso, quien tuvo que preguntarle su nombre de pila para poder presentarla a los medios. No se conocían. Ni ellos, ni la mayoría del Gabinete. Esta empresaria e investigadora vasca, sin embargo, supo ganarse el título de buena gestora entre sus compañeros de Gobierno. Pero su etapa política se acabó. Garmendia, que procedía del mundo de la empresa, es una emprendedora nata. Como Salgado, ha dedicado estos meses posgobierno a viajar y a recuperar el tiempo perdido con la familia. Sin embargo, ya está pensando en montar un nuevo negocio, una consultoría-asesoría en el área en la que se siente más cómoda: la i+d+i. De momento, está en fase de estudio y tendrá que medir bien las incompatibilidades que puedan surgir de su excargo.

Escribir.

La cineasta, guionista y extitular de Cultura Ángeles González-Sinde, trata de recuperar la calma tras un final de legislatura muy movido. La conocida como Ley Sinde se convirtió en un caballo de batalla entre la exministra y los internautas que continúa aún después de haber dejado su cargo. Anonymous tomaba su revancha y publicaba datos personales de la exministra y del actual titular del Ministerio, José Ignacio Wert, por apoyar la ley antidescargas. Sinde no quiere más publicidad. Su vida en la actualidad se reduce a dedicarse a sus hijas y a “escribir literatura de ficción”. “Estoy tomándome un tiempo de pausa y de reflexión mientras estudio el primer curso de la carrera de Antropología en la UNED”, comenta a este semanario.

En busca de privacidad parece que anda también el expresidente del Congreso de los Diputados, José Bono. Sus colaboradores más cercanos cuentan que tiene que poner negro sobre blanco sus 18.000 folios de memorias. El objetivo es dejarlos en 800. Mientras las ordena, viaja y aprovecha para apuntarse a todos los saraos a los que es invitado. El último, el del estreno de la película de su paisano, el castellano-manchego José Mota. Dicen quienes le conocen que su caso, a diferencia de los anteriores, no puede durar mucho. Se mantendrá al margen, pero, tarde o temprano, volverá.

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