Patria, el fenómeno del año

03 / 08 / 2017 Luis Calvo [Fotos: David García-Amaya]
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Fernando Aramburu comenta para TIEMPO su novela, después de 20 ediciones y más de 400.000 ejemplares vendidos.

Foto: David García-Amaya

Cuando Juan Cerezo, el editor de la editorial Tusquets, leyó por primera vez el borrador de Patria no tuvo dudas de que tenía entre las manos algo excepcional. “Era una novela fuera de serie”, confiesa a Tiempo. Tras pensarlo unos días propuso a su autor, Fernando Aramburu, sacar una primera edición en septiembre de 20.000 ejemplares. Mucho más de lo habitual, cierto, pero confiaba en que llegaran hasta el tirón de Navidad. Una venta lenta, pero segura. Aramburu se asustó. Para un escritor acostumbrado a primeras ediciones de 3.000 o 5.000 ejemplares, la cifra resultaba astronómica. Su mayor éxito hasta el momento, Los peces de la amargura, apenas llegaba a los 20.000 tras diez años y varias reediciones. Ambos se equivocaron. Los 20.000 ejemplares resultaron ser pocos y se agotaron aún muy lejos de la campaña de diciembre. En octubre, solo un mes después del lanzamiento, salía una segunda edición.

Con un café enfriándose sobre la mesa mientras habla, en un céntrico hotel madrileño, Aramburu recuerda que su primera novela, Fuegos de limón, tardó 12 años en ser reeditada. De cara al verano, menos de un año después de su presentación, Tusquets acaba de empezar a imprimir la vigésima de Patria. Entre todas suman 480.000 libros impresos, más de 400.000 vendidos, unas cifras muy difíciles de ver en la literatura española. Se va a publicar en 11 países, acumula premios y Mediaset prepara ya el salto de la historia a la pequeña pantalla en formato serie. 

El País Vasco de la novela

Patria nace, como tantas otras cosas, de un recuerdo perdido, una nota de escritor casi olvidada en un cuaderno. Aramburu (San Sebastián, 1959) quería dejar un testimonio de su época y su tierra, terminar el “dibujo literario” del País Vasco que había empezado a esbozar ya en Los peces de la amargura. “Con esa voluntad, es inevitable tocar el terrorismo”, reconoce. A partir de ahí necesitaba personajes. Una imagen de un abrazo furtivo, casi forzado, entre dos antiguas amigas le sirvió para poner cara a dos de las protagonistas, Miren y Bittori. Luego solo tuvo que empezar a tirar del hilo cuidadosamente para explicar ese abrazo. Esa explicación es toda la novela.

P_ ¿Qué tienen de reales esos personajes?

R_ Son material de derribo. Están construidos partir de mi relación con vecinos, parientes y mucha gente que he conocido a lo largo de mi vida en el País vasco. Esto afecta a su manera de hablar, a su idiosincrasia, sus costumbres, sus convicciones religiosas y políticas, hábitos, gustos, preferencias... Yo me he criado entre esta gente. Lo que no hay son personas reales concretas a las que les haya cambiado el nombre. Eso no existe.

P_ Sin embargo, hay quien reconoce al Txato en alguna víctima, a Xose Mari en algún asesino...

R_ He conocido a cientos de Txatos. Mucha gente se me ha acercado para decirme: “Es que mi padre es así. Mi familia es así. Son reales”. Continuamente, en toda España, me encuentro con víctimas. Y me cuentan, agradecidas, cómo se ven representados en el libro. Pelean para que sus casos no pasen al olvido, que sigan presentes en la memoria colectiva. No se le puede reprochar a nadie que guardara silencio por el miedo, por las amenazas, pero yo he echado en falta durante décadas una literatura que pusiera el foco en el relato de las víctimas. 

La construcción del relato

Aramburu es plenamente consciente de que Patria es una pieza en la batalla encarnizada que se libra en el País Vasco por construir el relato sobre la violencia. Ni la única, ni la definitiva, solo una más.

 –No creo que un solo escritor sea capaz de abarcar de forma suficiente toda una época, de décadas. No postulo ni quiero una visión monocolor de la realidad. Esa pelea consiste en la creación de testimonios. Cada testimonio es una versión.

P_ Hay versiones que justifican el conflicto...

R_ [Aramburu interrumpe por primera y única vez en toda la entrevista para llamar la atención sobre el último término]. Yo creo que hay que hablar de violencia y de terrorismo, no de conflicto. No es lo mismo. La palabra “conflicto” iguala a las partes. ETA era una banda que asesinaba. Es una historia de verdugos que quisieron imponer un objetivo y una historia de víctimas, muchas fortuitas. Ha muerto gente de izquierdas, de derechas, gente que había estado en la cárcel por luchar contra Franco... Cuando ETA dejó de matar, sus adeptos empezaron a hablar inmediatamente de paz. Era una guerra unilateral.

Esa paz, aunque unilateral, ha traído a muchos pueblos del País Vasco como el que retrata la novela los primeros retazos de una libertad impensable durante los años de plomo. Poco a poco, la cultura del silencio y el miedo se diluye.

–Aunque seguimos presenciando escenas de odio. Ese clima se ha enfriado, pero no se ha suprimido. Hemos vistos las agresiones de Alsasua, pero hay más: quema de autobuses, homenajes a los presos excarcelados... Sigue siendo penoso para las víctimas. Y tengo la sensación de que se le ha encargado al tiempo que sea quien solucione estas cosas.

P_ Ya al menos hay hasta quien se ríe de los agresores, aunque a veces levante ampollas.

R_ Y me parece bien. No estoy de acuerdo con que no se pueda tratar con humor al agresor. El agresor es desactivado por completo ideológicamente cuando es parodiable. Los libros que caricaturizaban a Hitler en Alemania no levantaban ampollas. Nos reíamos del malo. Eso se olvida muchas veces: ser malo no impide ser ridículo.

P_ ¿ETA ha sido ridícula?

R_ Muchas veces. Lo que pasa es que no lo podíamos percibir como tal porque estábamos sufriendo su acción. Pero hay historias conocidas de chapuzas. Como los etarras fotografiados con la camiseta de España. Eso también es materia narrable. 

El mundo Aberzale

El éxito de Patria ha sido especialmente espectacular en el País Vasco, donde se han vendido entre el 20% y el 25% de los ejemplares, cerca de 100.000. Unos para criticarlo y otros para alabarlo, pero raro es quien no lo ha tenido en sus manos.

P_ ¿Qué respuesta ha tenido del bando aberzale?

R_ Primero, yo no creo en la teoría de los dos bandos. Hay muchas personas que han tenido una evolución personal. En Euskadi no hay una diferencia clara entre blancos y negros. Es muy complejo. Incluso mucha gente equidistante o indiferente. Pero antes de tirar la primera piedra hay que tener en cuenta las condiciones sociales en las que ha vivido la gente, especialmente en los pueblos, donde se corre un riesgo mucho mayor si uno discrepa.

P_ Pero había cómplices, personas que ayudaban a justificar los crímenes.

R_ Esto es público y notorio. Y ahí están Don Serapio y Patxi [el cura y el camarero de la herriko taberna en la novela]. Uno es dueño de las almas y el otro dueño de los dogmas. La gente no nace con una determinada convicción religiosa o ideológica, sino que uno nace con el cerebro en blanco y los adultos van escribiendo.

P_ Como en Xose Mari. Da la sensación de que en la novela los etarras también tienen algo de víctimas.

R_ Sí, es algo evidente. Una persona que no tiene una base cultural, que no tiene conocimientos, es fácilmente manipulable, engañable, si lo prefiere. De hecho, los jóvenes suelen ser los más vulnerables al fanatismo de todo tipo, religioso, etc. Estoy convencido de que si Xose Mari hubiese sido un chico nacido en otro ambiente social y hubiera tenido la opción de ir a la universidad o leer más libros, como su hermano, posiblemente habría adoptado otras posturas en la vida.

P_ ¿Usted recuerda esa presión?

R_ Sí, estuve igual de expuesto. Yo fui un chaval y también acudía a las manifestaciones.

Pero Aramburu lo dejó todo atrás.

–Soy de esa primera generación que con 18 años pudo votar. Teníamos un enorme deseo de modernizarnos, conocer mundo, ser como los demás europeos: sacarnos de encima el complejo de inferioridad. Conocí a mi mujer alemana y se juntaron el hambre y las ganas de comer. 

Más allá de Patria

Sumergido en la promoción constante del libro, Aramburu no ha tenido tiempo de pensar seriamente en su próximo proyecto. Se dedica a artículos de prensa, proyectos cortos antes de volver a embarcarse en una gran novela “de dos o tres años”. Mientras, los lectores tendrán que conformarse con la reedición de los libros anteriores del autor (todos en Tusquets) y la serie de televisión de Patria. Si Aramburu tiene algo en la cabeza, aún no lo desvela: “Solo sé que vendrá algo completamente distinto. No habrá Patria 2. Eso lo garantizo”.

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Un paseo por la Patria real

TIEMPO recorre Hernani, la localidad que pudo inspirar a Aramburu, para ver qué queda de la violencia que describe la novela

Miriam V. de la Hera 

Fotos: Txetxu Berruezo

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Un mural en una calle de Hernani con las caras de los presos etarras de la zona reivindicando su acercamiento al País Vasco

Hasta Hernani se llega a través de una carretera flanqueada por bosques de robles y encinas. Aunque ha amanecido algo nublado, el día nos recibe con un tímido sol que poco a poco se hace un hueco. Nada que ver con la lluviosa y sombría foto que ilustra la portada del libro Patria. En su relato, Fernando Aramburu nunca pone nombre a ese lugar donde el miedo y la violencia han dividido a dos familias, pero Hernani es, probablemente, el pueblo guipuzcoano que mejor encaja.

“Era el museo de la pancarta”, recuerda Javier Urbistondo, concejal del Partido Popular en la localidad guipuzcoana entre 1995 y 1999. Asegura que, a pesar de que se encuentra escasos siete kilómetros de San Sebastián, al bajar del autobús sentía “entrar en otro mundo”. Una sensación muy parecida a la que siente Bittori, la protagonista de la novela y viuda de un empresario asesinado por ETA, cada vez que vuelve a su pueblo.

A finales de los años 90 del pasado siglo, el triángulo Hernani-Rentería-San Sebastián se convirtió en la cuna de la kale borroka. Allí se producían aproximadamente el 40% de los actos de una violencia callejera que quemaba autobuses y atacaba cajeros automáticos y sucursales bancarias. Hasta allí se habían trasladado las sedes del diario Egin, de la ilegalizada Jarrai o de las Gestoras Proamnistía. “Era un pueblo con una ideología muy marcada que la izquierda aberzale consideraba territorio liberado”, explica Urbistondo.

La simpatía con el entorno aberzale sigue siendo hoy evidente en sus calles. Durante nuestro recorrido por el casco histórico nos encontramos multitud de pintadas y pancartas a favor del acercamiento de presos, la salida de la Guardia Civil del País Vasco o solidarizándose con el proceso independentista de Cataluña. Una de las más impresionantes está frente a la herriko taberna, donde han pintado la cara de una veintena de presos de ETA de la zona. Y, sin embargo, los vecinos hacen su vida aparentemente ajenos a las consignas que les rodean.

Son las 12 de la mañana del sábado, y a estas horas en la calle se juntan los que vuelven a casa con el carro de la compra con los que salen dispuestos a tomar el primer blanco del fin de semana. Uno de los lugares más concurridos es el bar Joxe Mari, junto al frontón, donde unos niños juegan un partido de pelota vasca. “Se nota que la gente vive más tranquila, sin broncas”, explica Agustín, el dueño, desde el otro lado de la barra. Su bar bien podría ser el Pagoeta de Patria, donde el Txato y Joxian, los maridos de las dos familias enfrentadas de Aramburu, juegan la partida por las tardes. Es evidente la simpatía de los dueños del establecimiento (el real) con la izquierda aberzale, pero aquí no hay, al menos a la vista, las huchas para recolectar dinero para la causa que describe Aramburu en su libro.

Agustín, sonriente, explica que el pueblo cada vez tiene más visitantes: “Vienen de Madrid o de Cataluña, y sin ningún tipo de problema”. Su carácter poco tiene que ver con Patxi, el camarero que en el universo de Patria hace las veces de correo con algunos comandos de ETA. “Aquí la gente viene a comer y a beber bien”, zanja. Y eso que su bar tiene probablemente la leyenda más negra entre los establecimientos del pueblo. En 1983 ETA asesinó en la puerta, y en presencia de sus hijos, a Arturo Quintanilla, antiguo propietario del establecimiento. No había querido pagar el impuesto revolucionario. 

Misivas del terror

Según Izaskun Sáez de la Fuente, investigadora del Centro de Ética Aplicada de la Universidad de Deusto y autora del libro Misivas del terror, desde 1993, año en que ETA desarrolla un perverso sistema informático que identifica cada carta con un código alfanumérico, habrían sido 11.000 las misivas enviadas solicitando cantidades económicas. Sáez de la Fuente confiesa que reconoce varias cosas de el Txato en las entrevistas que ha realizado con empresarios extorsionados para su investigación.

“Constantemente se preguntan por qué les están chantajeando y quién les ha delatado”, explica. Son las mismas preguntas que se hace el Txato en el libro, porque los informantes podían estar, incluso, en su propia empresa. Como él, la mayoría de extorsionados tenían además que afrontar el dilema moral de las consecuencias que podría tener aceptar el chantaje y pagar, que en último término implicaba financiar las actividades terroristas. “Es imposible saber cuántas personas cedieron a la extorsión”, asegura Sáez de la Fuente, aunque recalca que la mayor parte de los empresarios “ni pagaron, ni se marcharon”.

Si bien es cierto que el ayuntamiento cumple la ley colocando la enseña española en el balcón, no pasa desapercibida la gigantesca ikurriña que preside la plaza del pueblo, cuyo mástil está coronado por un cartel pidiendo el acercamiento de presos. “Aquí hay un movimiento a favor de los presos y eso hay que defenderlo”, reconoce Asier, un joven de 32 años, cuyos años de juventud no han sido muy diferentes a los que vive en la novela Gorka, el hermano del etarra creado por Aramburu. “Recuerdo la lucha y los ertzainas a pelotazos”, explica, aunque puntualiza que ya no queda nada de ese escenario bélico. “La gente vive a gusto”, resume. También lo cree Íñigo García, un carnicero de 28 años, que afortunadamente no acabó como el hijo de Juani y Josetxo, carniceros en la novela y padres de un etarra que aparece muerto en extrañas circunstancias. “Antes había mucho jaleo, pero ahora es un pueblo tranquilo”, cuenta. Le da un poco de rabia que siempre se les relacione con la violencia, “y no es así para nada”, asegura.

Están de acuerdo Izaskun y Antxon, un matrimonio ya jubilado que nos encontramos en la plaza del pueblo y que por edad podrían ser los personajes del matrimonio que forman Miren y Joxian en la novela de Aramburu. “Aquí ha habido muchos problemas”, reconoce Izaskun, “enfrentamientos muy fuertes”, añade Antxon. Años de lucha callejera, que esta pareja de sexagenarios asegura que, al menos en su entorno, nunca se extrapoló a las relaciones personales. “Nosotros teníamos un comercio, al que venía todo el mundo a comprar, si alguno no quería venir, nosotros nunca nos enteramos”, explica Antxon.

“En el pueblo hemos vivido todos con muchas ideas y nos hemos respetado”, añade su mujer. Y ponen como ejemplo la cuadrilla de amigos de uno de sus hijos, donde “todos sabían muy bien de qué palo era cada uno” y nunca se ha producido ningún problema. “En política, si quieres te metes, y si no, no; y si hay lío, pues te vas para otro lado”, resume Izaskun. Una descripción de la convivencia social que dista mucho de la realidad que le tocó vivir a Javier Urbistondo en sus años como único concejal del Partido Popular en la cuna del aberzalismo. “Yo solo podía tomar café en dos sitios, y la gente ni siquiera me saludaba por la calle, muchos por miedo”, relata.

Feudo aberzale

Hernani, con 20.000 habitantes, fue durante los años de plomo el feudo más grande de los radicales. Desde la instauración de la democracia, la izquierda aberzale ha ganado todas las elecciones municipales con amplia mayoría, exceptuando los comicios de 2003, año en que no pudieron presentar ninguna candidatura. “Las víctimas que han vivido en un pueblo con un ambiente tan cerrado seguramente se sientan identificadas con la historia”, reflexiona Marta Buesa, hija de Fernando Buesa, asesinado por ETA en el año 2000.

Asegura, sin embargo, que al menos en su caso, sí obtuvo un fuerte apoyo institucional, que echa de menos en el relato de Aramburu. “Ni nos sentimos aislados, ni sufrimos todo lo que sufre esa familia en el libro”, insiste. Ella podría ser Nerea, la hija del empresario asesinado que el novelista describe en Patria. 

Rechazo social

Lo cierto es que en nuestra visita a Hernani, todos los vecinos entrevistados reconocen que se ha hecho “mucho daño”, siempre matizando que “a ambas partes”, pero nadie hace referencia a las víctimas. “Todos hemos tenido que soportar mucho”, reconoce cabizbaja Izaskun. Dice que nunca olvidará los tiempos en los que la Guardia Civil llegaba al pueblo “provocando” y disparando al aire “sin ningún motivo”, lo que terminaba en enfrentamientos con los radicales. Unas escenas que a su juicio no reflejaban la realidad del pueblo y que provocaban un rechazo social que los vecinos tenían que sufrir en primera persona. “Una vez fuimos a una cena a Madrid y las personas que estaban en nuestra mesa dejaron de hablarnos en cuanto se enteraron de que éramos de aquí”, ponen como ejemplo.

“Pero ya no tenemos esa etiqueta”, se ríe Agustín, que desde la barra de su bar ve cómo cada vez son más los visitantes que se acercan atraídos por la cultura de sidrerías de la zona. También personas que llegan para trabajar, como es el caso de Marta Lorena, una nicaragüense de 53 años que lleva casi uno trabajando como cuidadora de un anciano del pueblo. Llegó por casualidad y asegura haberse encontrado “a gente muy agradable”. Su actitud recuerda a la de Celeste, la servicial cuidadora latinoamericana que en Patria se encarga de la hija de la familia más aberzale, en una silla de ruedas tras haber sufrido un ictus. “Yo de política no entiendo”, zanja antes de girarse y volver a empujar la silla de ruedas.

Porque preguntar por el conflicto vasco sigue siendo incómodo en Hernani, donde la mayoría de vecinos ni siquiera conocen el libro de Aramburu. “Las víctimas somos incómodas y les removemos”, advierte Marta Buesa. “Cada uno tiene que hacer su propio recorrido individual”, añade. En su caso, dice no necesitar el perdón de los asesinos de su padre, pero sí un reconocimiento público del “daño gratuito”. Un proceso que todavía da sus primeros pasos, en unas calles en las que hace años que desapareció la violencia, pero donde los carteles anunciando el próximo ongietorri a un etarra recuerdan que todavía queda mucho por hacer.

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Izaskun Iturrioz, 64 años. Jubilada. Regentó una tienda de deportes en el pueblo con su marido

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 Antxon Rodríguez, 68. Jubilado. Marido de Izaskun. Regentó una tienda de deportes en el pueblo

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 Agustín Urretabizkaia, 52 años. Propietario del bar Joxe Mari

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Asier Bilbao, 32 años. Jardinero

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Marta Lorena, Nicaragüense, 53 años. Ciudadora

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Íñigo García. 28 años. Carnicero

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

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