Manuel Fraga: vivir para mandar

20 / 01 / 2012 9:46 Álvaro Nieto
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Manuel Fraga Iribarne, fallecido el 15 de enero, vivió obsesionado por conseguir el poder con la intención de que no se repitiese la Guerra Civil. Consiguió ser ministro, pero no presidente del Gobierno. La que sigue es la historia de su vida contada por él mismo gracias a las memorias orales que dejó grabadas en un documental coproducido por Tiempo y en una entrevista póstuma con Canal+.

Manuel Fraga Iribarne fue un gran conocedor de la obra de William Shakespeare y le gustaba especialmente el monólogo con el que el dramaturgo inglés expuso las siete edades del hombre. “El mundo es un escenario, y los hombres no son más que actores que desempeñan muchos papeles a lo largo de sus vidas”, dice el principio de ese fragmento contenido en la comedia Como les guste.

Fraga solía recitarlo siempre que alguien le inquiría sobre su extensa y contradictoria trayectoria política. Trataba así de justificar que, en una misma vida, él hubiera sido fiel servidor de Franco, implacable ministro de la Gobernación, ponente de una Constitución democrática, líder de la oposición parlamentaria y, finalmente, presidente de una comunidad autónoma. ¿Franquista y luego demócrata? ¿Contrario al estado de las autonomías durante los debates constitucionales y más tarde presidente de Galicia? “Uno es como es y a lo largo de mi vida he representado más de un papel”, solía repetir.

En realidad, lo que hizo Fraga fue ir adaptándose a las circunstancias que le tocaron vivir en cada momento para mantenerse siempre cerca del poder y llevar a cabo la tarea que él creía tener encomendada. Así al menos lo confiesa en lo que pueden considerarse como sus memorias orales, un documental coproducido por la revista Tiempo y dirigido por José Luis López Linares en 2009 y una entrevista póstuma realizada por Begoña Aranguren para Canal +.

“Esto no puede volver a pasar”.

La conciencia política de Fraga despertó en plena Guerra Civil. Había nacido en 1922 en la localidad lucense de Villalba y aquella contienda le cogió en plena adolescencia. Mientras estudiaba con denuedo el catastrófico siglo XIX español, aquel joven asistía estupefacto a un nuevo hito dramático de la historia de España. “Cuando vi a los españoles divididos en dos bandos, me dije a mí mismo: ‘Esto no puede volver a pasar’. Y por eso toda mi vida he vivido pendiente de esa vocación que sentí entonces”.

No obstante, al principio Fraga tuvo dudas sobre cuál era la mejor forma de poner en práctica esa “vocación”. Le tentó la religión, pero, “como no veía claros los sacrificios que había que hacer”, al final optó por la política. “Estuve pensando si era mejor rezar o actuar, y al final me decidí por la acción”. De ahí que desde ese momento la vida de Fraga no tuviera otro objetivo que conseguir el poder. Con Franco en vida, su obsesión fue siempre ser ministro, algo que consiguió. Muerto el dictador, su mirada se centró en la presidencia del Gobierno, pero ahí fracasó. El Rey rechazó su candidatura en dos ocasiones (los elegidos fueron Carlos Arias Navarro y Adolfo Suárez) y posteriormente los españoles, en las urnas, prefirieron a Felipe González.

Engendrado en Cuba.

Convencido de su vocación de servicio público, Fraga inició los estudios de Derecho en Galicia, pero pronto se trasladó a Madrid para concluirlos, sacarse las oposiciones de letrado de las Cortes, ingresar en la carrera diplomática e iniciar su trayectoria política.

Esa educación fue posible gracias a los ahorros amasados por sus padres en Cuba, adonde emigraron como otros muchos gallegos de la época. De hecho, Fraga fue engendrado en la isla caribeña aunque su madre, de origen vascofrancés, prefirió dar a luz en el pueblo gallego de su marido. Después de pasar los primeros tres años de su vida bajo los cuidados de su abuela, Manolito se reunió de nuevo con sus padres en tierras americanas. Allí nacieron sus primeros hermanos, hasta completar una familia de doce hijos, pero sus padres decidieron pronto regresar a casa.

El motivo del final del sueño americano de la familia Fraga Iribarne fue que María, la madre, no veía claro el futuro. “Manuel, el trópico no es lugar para educar a los hijos, vámonos para Villalba”, le dijo un buen día a su marido. Y regresaron a España. No es de extrañar, por tanto, que dada su obsesión por el poder, Fraga reconozca en el documental de López Linares: “Yo pude haber sido Fidel Castro si mi madre no decide que el trópico no es sitio para educar a los hijos”. Teniendo en cuenta que Castro también es hijo de emigrantes gallegos, no parece muy descabellada la frase.

Esa decisión materna alejó definitivamente a Fraga de las tentaciones revolucionarias y le instaló en una dictadura franquista en la que trató rápidamente de hacerse un hueco. En 1951, con apenas 29 años, fue nombrado secretario general del Instituto de Cultura Hispánica, y los cuatro años siguientes los pasó en diversos cargos del Ministerio de Educación.

En 1962, después de siete años como procurador en Cortes, llegó uno de los momentos culminantes de su biografía. Franco había decidido hacer ministro a aquel joven brillante que hablaba varios idiomas. Su cartera iba a ser Educación, pero la avanzada enfermedad del por entonces titular de Información y Turismo, Gabriel Arias-Salgado, obligó al dictador a cambiar sus planes y nombrar al de Villalba.

En ese momento Fraga alcanzó su primer objetivo, ser ministro. Años después, cuando le preguntaron en una conferencia cómo había podido aceptar formar parte del Gobierno de una dictadura, él contestó: “¿Usted cree que yo hubiera podido estar 40 años sin ser ministro? Yo hubiera sido ministro incluso con Chindasvinto [rey visigodo]”.

Reformistas y continuistas.

Formar parte del régimen franquista nunca le planteó excesivos problemas de conciencia porque, como buen pragmático, consideraba que la mejor forma de cambiar las cosas era desde dentro. “En el Gobierno siempre hubo dos bandos, los que querían mantener el sistema y los que consideraban necesario reformarlo. Y entre estos últimos había otros dos grupos: los tecnócratas, que eran partidarios de una reforma económica de corte liberal, y otros como yo que pensábamos que la reforma debía ser también política”, resume Fraga en el documental coproducido por Tiempo.

“Yo no he sido cómplice de ninguna dictadura porque cómplice es una palabra que se emplea para los que intervienen en un delito, y yo en mi propia conciencia no tengo más que motivos de satisfacción de lo que hice entonces”, confiesa. “No contribuí a hacer la dictadura, contribuí a ir abriéndola para que su sucesión fuese posible en otra dirección, que fue lo que pasó”.

En Información y Turismo estuvo siete años, durante los cuales aplicó una política aperturista y, a la vez, efectista, lo que le granjeó gran fama. Aprobó una ley de prensa que abolía la censura previa, extendió la televisión por todo el país, promocionó el turismo con el eslogan “Spain is different” y desarrolló la red de paradores nacionales.

Su gestión no dejó lugar a dudas acerca de sus intenciones reformistas porque el Turismo, aparte de provocar un impulso económico, también trajo consigo una apertura de mentes: “El turismo permitió que los españoles fueran conocidos fuera y que nosotros viéramos que un protestante sueco no tenía necesariamente rabo y cuernos”.

Pero, sin duda, el español que por entonces se hizo más famoso fue él mismo, cuando en pleno invierno de 1966 su rotunda figura apareció en bañador en la portada del New York Times. Fue el famoso chapuzón de Palomares (Almería), en donde estuvo acompañado por el embajador de Estados Unidos para demostrarle al mundo que las aguas españolas eran seguras tras haber caído varias bombas nucleares en la zona como consecuencia de un accidente aéreo.

Sin embargo, la idea del baño no fue de Fraga, sino de la esposa del embajador estadounidense, Angier Biddle Duke. Y la escena pudo haber sido todavía más impactante: “En esos momentos se estaba rodando en Almería la película Las siete magníficas, interpretada por siete actrices de buen ver que se ofrecieron a participar en el baño, pero los militares dijeron que eso era demasiado y finalmente no se hizo”, recuerda.

Fraga estaba entonces en la cresta de la ola y, tan fuerte se sentía que, en un gesto osado, pidió audiencia con Francisco Franco para presentarle un “proyecto de reforma constitucional”. El dictador, al ver sus propuestas, le dijo: “Esto es la revolución”. Y Fraga, rápido de reflejos, le corrigió: “No, excelencia, esto es precisamente lo que impedirá la revolución”.

De aquellos planes poco más se supo, y lo cierto es que Fraga cayó pronto en desgracia porque, por primera vez durante la dictadura, un escándalo saltó a la prensa. Se descubrió que Matesa, una empresa exportadora, estaba estafando fiscalmente al Estado con el consentimiento de un sector del Gobierno. El bloque opusdeísta del Gabinete acusó a Fraga de alentar las informaciones periodísticas, y éste fue cesado en diciembre de 1969. “Tenía dos alternativas: dejar que se discutiera el caso en la prensa o intentar combatirlo, y no tuve duda de qué hacer. Sabía el peligro que corría y pagué el precio que tenía que pagar”. 

Fraga pasó a dirigir entonces la fábrica de cervezas El Águila y, posteriormente, le repescaron como embajador en Londres. En la capital británica se empapó de las tradiciones democráticas y comenzó a redactar junto a sus más estrechos colaboradores un documento titulado “Los 100 primeros días de Gobierno”, con la vista puesta en dirigir un posible Gabinete una vez que Franco muriera.

Precisamente, el final de la etapa londinense de Fraga coincidió con la muerte de Franco y ese mismo día, el 20 de noviembre de 1975, le entregó al Rey su documento con la esperanza de que el monarca, nuevo jefe del Estado, le encargara pronto dirigir el Gobierno. “Había llegado el momento de pasar a la acción”, admite el gallego en la entrevista póstuma con Begoña Aranguren. Sin embargo, don Juan Carlos prefirió continuar con Carlos Arias Navarro.

El día que Fraga se enteró de que el Rey mantenía en el puesto a Arias, su enojo fue mayúsculo. Él pensaba que era su momento e incluso tenía preparada una lista con sus ministros. Fraga decidió entonces junto a sus colaboradores rechazar cualquier cargo que le ofreciesen en el nuevo Gobierno para mantenerse como opción de recambio en caso de que Arias fracasara.

Pero finalmente no pudo resistirse a la tentación y cambió de opinión a las pocas horas. El poder le gustaba demasiado. El Rey le había ofrecido ser el número dos de Arias: vicepresidente del Gobierno y ministro de la Gobernación. Aceptar aquello fue, seguramente, el mayor error de su vida. Era a todas luces un ofrecimiento envenenado porque con ETA fuerte y la calle convulsa, la silla de ministro del Interior se parecía bastante a una hoguera. “Sabía que aquello era ir al matadero [...] Pero en aquel momento las consecuencias me daban igual, me correspondía ese papel [...] Siempre he estado dispuesto a asumir papeles de gran desgaste como servicio a mi país”, se justificaba Fraga ante las cámaras.

Y así fue. Su reputación se fue yendo al traste conforme avanzaban los acontecimientos más trágicos de la Transición: Montejurra, Vitoria, huelgas, “la calle es mía”... Los españoles vieron la otra cara de Fraga: “Tal vez fui un hombre autoritario porque pasar de un régimen de autoridad a un régimen de libertad exige una transición en la que se sigue ejerciendo algo de autoridad”.

Pese a ello, cuando llegó la dimisión de Arias tras el bloqueo de la reforma política, Fraga volvió a ver una oportunidad para alcanzar la Presidencia, pero de nuevo se quedó a las puertas. De entre la terna que el presidente de las Cortes, Torcuato Fernández Miranda, le llevó al Rey, éste se decantó por el joven Adolfo Suárez. “Era evidente que yo hubiera preferido otra cosa”. A Fraga le ofrecieron seguir de número dos, pero esta vez, escarmentado, no aceptó.

Primeras elecciones: 16 escaños.

Tras su salida del Gobierno empezó a pergeñar un partido político con varios exministros de Franco para intentar conseguir su objetivo soñado por la vía de las urnas. Pero la primera experiencia fue desastrosa: apenas 16 escaños, si bien le permitieron a él ser uno de los ponentes de la Constitución.

Con el paso de los años, y el naufragio de la UCD de Suárez, Fraga fue consolidando su Alianza Popular, pero nunca pudo derrotar a Felipe González, su bestia negra, algo que sí logró en 1996 su sucesor en el partido, José María Aznar. Quizás por ello Fraga siempre se consoló con una frase del romancero español: “Si no vencí reyes moros, al menos engendré quien los venciera”.

Y para desquitarse de no haber podido ser presidente de España, Fraga se refugió en su tierra, Galicia, donde sí pudo dirigir el gobierno regional durante 15 años a pesar de no haber confiado nunca en el Estado autonómico. “Quise demostrar que las comunidades autónomas podían funcionar sin caer en el nacionalismo”, se justificaba cuando le reprochaban su cambio de postura.

En 2005 perdió la Xunta por un solo escaño y encontró refugio en el Senado, donde pasó su última etapa. Maltrecho de salud, en 2011 decidió retirarse. Fue senador hasta el pasado 20-N y, quizás no por casualidad, el fin de su vida ha coincidido con el fin de su trayectoria política. El hombre que nació para mandar ha muerto cuando ha perdido el último cargo público que le quedaba. El pasado 15 de enero un fallo cardiaco le provocó la muerte en su casa de Madrid. Había consumido con creces las siete edades de las que hablaba Shakespeare en su famoso monólogo.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: hector 23/01/2012 4:03

    Lo del programa "Epílogo" no son "entrevistas póstumas", para ello se requiere un medium.

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