Y el chupinazo se hizo carne y vino
Si alguien redactara y lograra universalizar un decálogo de los sanfermines, uno de sus mandamientos más inolvidables posiblemente rezaría del siguiente modo: “no desearás beber nada de agua hasta el fin de la fiesta”. A decir verdad, se nos antojaría un mandato fácil y apetecible de cumplir, pero solo quienes guardasen en el corazón muchos chupinazos (o cohetes) de pasión hedónica y báquica podrían convertirse en auténticos seguidores del culto a san fermín. Un culto de elevada graduación que hace levitar de éxtasis etílico a la vieja y resistente pamplona durante nueve días. Un culto no recomendado para quienes no soporten apretujones ni manoseos. Tales son el exceso sibarítico y la potencia torera de estos festejos, que uno llega a plantearse si no será que las almas de quienes antaño dieron su vida por la parranda y por los encierros se dediquen hogaño a incitar a los pamplonicas a beberse el sudor del vecino como si fuera cerveza o zurracapote. Hay incluso quienes se preguntan si el fanfarrón fantasma de ernest hemingway, abonado a los sanfermines por los siglos de los siglos, no seguirá animando a los asistentes a saborear cada gota de fiesta y de tiempo como si fuera la última. Otro mandamiento de los sanfermines, quizá el más importante, podría decir así: “amarás el olor corporal de tu prójimo como el tuyo propio”.


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