Manhattan reprogramada
Hace diez años que nueva york pasó a ser una ciudad mártir. Fue apuñalada dos veces a la vista de todo el mundo, como si no fuera más que la capital de una nación tercermundista agredida por una gran potencia. Antes de la caída de las Torres Gemelas, solo los visionarios más excéntricos habrían podido imaginar la mortal humillación infligida a Manhattan. Tras una década de luto y de guerras preventivas, parece que Estados Unidos se ha propuesto espantar definitivamente la inmensa y tenaz noche de angustia y odio que los atentados del 11-S esparcieron por su país. Los ojos de Nueva York y de América, situados para siempre en el corazón de la catástrofe, miran con ahínco al cielo, porque el cielo, aunque nunca tiene nada que decir (así es de tímido), da la impresión de aportar más consuelo y ánimo que un ejército de psicólogos o de predicadores. El tío Sam no se cansa de pedir la bendición de Dios. Los yanquis son maestros en fabricar fe y esperanza. Fabrican ambas como si fueran coches o rascacielos o linternas. Es difícil destruir al pueblo estadounidense, pues es un pueblo compuesto principalmente por niños activos y entusiastas, y esos niños, a despecho de caídas y golpes, siempre se levantan para seguir jugando a vaqueros o a justicieros del espacio.


Imprimir





























COMENTARIOS
No hay comentarios