Escuela de sirenas
Una modelo es un soldado. Lucha por una patria: la perfección (o la irrealidad) de su cuerpo. Pero una modelo es también una feroz penitente. Pelea contra sí misma para glorificar su propia persona y para idolatrar un conjunto de prendas y costuras. En esa lucha apenas hay espacio para la magia de la espontaneidad y para los arrebatos sentimentales, pues un desfile de moda debe resultar un alarde de disciplina, de orden, de rigor, de ritmo, de estilización, de cadencia marcial. El etéreo magnetismo de las pasarelas es el costoso vástago de un entrenamiento arduo, maniático, virtualmente castrense. La Paris Fashion Week no es una excepción. La mera resonancia de su nombre, imponente y nobilísimo, ya induce a las modelos a ponerse firmes y erguidas. La casa Chanel, ungida por la inspiración y por la caricia de Karl Lagerfeld, presentó en la última edición de la cita parisina su colección para el próximo verano. Tejidos que añoran el mar y que suspiran por sus profundidades de corales y algas. Diseños plateados y azules para una mujer que debe mostrar la solidez de un ancla y la gracilidad de una sirena. Un ideal estético que idealiza y sacraliza la anatomía humana porque antes la castiga y la somete de un modo casi inhumano. Pero, ¿acaso la belleza no es más fruto del dolor que del placer?


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