El solitario fantasma del placer
El carnaval veneciano desprende la melancolía y la soledad de los viejos violines cuya belleza y cuya voz ya solo admiran quienes conciben el placer como un arte o como un laberinto de insinuaciones. Atardeceres de otra época donde el corazón se prepara para beber el vino de la subversión y del caos corporal. Noches de seda y claroscuro que parecen infinitas porque lo son los deseos de disolverse y los sueños de la ambiciosa carne. Amaneceres fríos donde la mente de los enmascarados respira como un salón con las velas humeantes y medio consumidas, un salón desordenado, mudo, lleno de sentimientos resacosos y tristes que, al igual que copas ruinosas y sucias, copian los fragmentos de un alba punitiva. A diferencia de otros carnavales inequívocamente más soleados, el carnaval de Venecia es también una danza de locuaces espectros o una hermosa pesadilla frecuentada por una muerte disfrazada de cortesana que se pasea y se carcajea entre los vivos para seducirlos con más facilidad. ¿Tras qué máscara se oculta la calavera definitiva e insobornable? Tal vez detrás de todas. Por esa razón no merece la pena buscarla. Está mirándonos en todo momento, la calavera. Lo más extraño es que también nos gusta mirarla a ella. Posee el magnetismo de una momia remota. Y de sus ojos invisibles brota el aullido negro de los penitentes y la vasta noche de la Cuaresma.


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