El domador de llamas
¿Por dónde empezar a soplar? La pregunta no es baladí. Hasta para apagar las velas de una generosa tarta de cumpleaños se precisa de un mínimo de método. Sofocar un gran incendio podría compararse, de algún modo, a ser abandonado en un desierto y tener que optar por uno de los muchos caminos posibles para alcanzar el salvador oasis. Quien diese los pasos equivocados acabaría reducido a héroe a la parrilla. Por eso un bombero debe atesorar algo más que valor: tiene que saber manejar su manguera con orden, disciplina y tino, al modo de una batuta o de un sable o de un mondadientes. Sin un buen pulso, no hay arte ni oficio ni servicio de extinción de incendios que valgan la pena. Precisamente los bomberos gallegos se encuentran estos días probando su pulso, amén de su paciencia. No nos olvidemos de la paciencia. ¿No dijo acaso un francés, un tal conde de Buffon, que la paciencia es el genio? Aunque ya nos hallamos en otoño, algunas zonas de Orense y de Lugo arden como si el estío aún estuviera haciendo senderismo por los montes galaicos. El fuego es un espejo ondulante donde el bombero quizá vea reflejado el demonio de su soledad o, simplemente, una expresión de su poder. Cuando se pasan tantas horas en compañía de las llamas, ¿no es una tentación creerse más poderoso y eterno que un infierno?


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