Coro de esclavos
Estas personas son partidarias de un hombre que ordena el asesinato de quienes le exigen que abandone el poder. Ese hombre se llama Bachar al Assad y es el presidente de Siria. Su última infamia: apadrinar desde la sombra de su despacho la masacre de más de 200 almas en la ciudad de Homs, santuario de las fuerzas opositoras. No hace falta ser un sólido canalla para apoyar a un genocida. Basta tener miedo a ser apaleado hasta la muerte por unos sicarios para aplaudir y secundar a un profeta del exterminio. Hubo un tiempo en que Bachar al Assad tenía muchos amigos en Occidente. No es que el dictador sirio fuera antaño un caballero liberal y dialogante: lo que sucedía es que su aparato represor no causaba tanto estruendo como ahora. En la actualidad, nadie se atreve a aparecer en una foto con él, excepto algunos mandatarios rusos, quienes serían capaces de devorar a sus esposas y amantes si esa proeza antropofágica les garantizase seguir gozando de autoridad en el teatro de las relaciones internacionales. De hecho, Serguéi Lavrov, ministro ruso de Exteriores, visitó Siria hace unos días para infundir ánimos a Bachar al Assad y exigir a la comunidad internacional que no se entrometa en los asuntos internos de ese país asiático. Los partidarios de al Assad idolatraron a Lavrov como si el mismo Mahoma hubiese regresado de la muerte para refutar una herejía. Unos son esclavos por miedo, pero otros lo son porque la libertad exige más obligaciones y sacrificios que la obediencia.


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