España, a la cabeza de la globalización

08 / 04 / 2011 0:00 CLARA PINAR cpinar.tiempo@grupozeta.es
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Un informe sitúa nuestro país como el noveno con más presencia en el mundo, aunque este puesto no se corresponde con su poder real en la esfera internacional.

España es el noveno país más importante de la globalización y con mayor presencia en el mundo, aunque esta posición no le haya servido para convertirse en la novena potencia mundial. Su situación geográfica y su baja competitividad lastran su poder real. La primera parte de la afirmación anterior es la conclusión del Índice de Presencia Global (IEPG) que acaba de presentar el Real Instituto Elcano. Mide la proyección mundial de 52 países, entre los que están las 42 naciones más ricas (con el PIB más elevado), basándose en 14 indicadores de las áreas de la economía, la cultura y ciencia, la defensa, las migraciones y la ayuda al desarrollo. Los países estudiados coinciden en diversos foros internacionales: la UE, la OCDE o el G-20. Según los datos, España es un país atractivo para recibir inmigración y así figura en los países de origen a través de las remesas; también es uno de los principales destinos turísticos y donantes de ayuda al desarrollo. Está en la primera franja de la tabla de países en cuanto a comercio de bienes y, sobre todo, de servicios e inversiones.

Poder blando.

A pesar de lo que seguramente pensará la mayoría de sus ciudadanos, tiene también una notable capacidad para desplegar a sus tropas militares. Y aunque su desarrollo económico y la difusión educativa bajan su nota, también registra una notable presencia internacional en el ámbito de la cultura y la ciencia, sobre todo gracias a la difusión cultural, a los deportes y a la investigación científica.

Estos elementos componen lo que se ha dado en llamar el poder blando de los países (el soft power acuñado por el politólogo Joseph Nye), una influencia que no se basa en la amenaza o el empleo de la fuerza y la riqueza, sino en elementos menos evidentes como la cultura o las relaciones económicas. Con este índice como referencia la presencia global española es notable, un poder blando que no se corresponde con su poder real en el contexto internacional. Su puesto en el índice “debe dar a entender que es un país importante en la globalización, lo que además se corresponde con su tamaño económico”, dice uno de sus autores, Ignacio Molina, en relación al PIB español, que suele oscilar en torno al noveno del mundo. Para Molina, la importancia de España en el mundo globalizado puede tener “dos lecturas”. La positiva es que “está en la situación del lugar que le corresponde por sus multinacionales, sus productos o su capacidad de atracción”. La negativa “puede ser que España no está aprovechando su posición” para ser un país poderoso de verdad.

Mientras que España ni se plantearía pedir un asiento en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y el Gobierno ha tenido que pelear en los últimos años por ganarse un sitio en el G-20, el IEPG sitúa muy por debajo de España a Brasil, en la posición 25, un país sin el que desde hace varios años no se entienden los equilibrios mundiales. El caso brasileño sería el reverso del español, un país que con una presencia objetiva mucho menor en el mundo tiene mucho más poder real.

Según Molina, España, como también le ocurre a Canadá en Norteamérica, tiene limitada su expansión como potencia mundial por su situación geográfica. Mientras países como Brasil o Sudáfrica tienen más fácil proclamarse potencias regionales (en Sudamérica y África, respectivamente), España tiene difícil sacar la cabeza en una Europa donde es la quinta potencia, por detrás de Alemania, Reino Unido, Francia e Italia. “Por donde está situado está condenado a golpear por debajo de su peso”, dice Molina, que pone el ejemplo de la “paradoja del español” para ilustrar las limitaciones europeas a España: el español es la segunda lengua en el mundo por número de hablantes, pero sólo la quinta en Europa, lo que en el continente le resta importancia. “España lo tiene complicado como presencia regional, a pesar de que lo ha hecho bien para estar presente en América Latina y en África, que, a pesar de todo, no son su región. El caso de Brasil o Sudáfrica es lo contrario, su poder es mucho más importante que su presencia real”.

Baja competitividad.

El otro elemento que podría explicar por qué la presencia mundial de España no se traduce en ser un país con poder tiene que ver con sus bajos niveles de competitividad. El índice sobre esta materia que elabora el Foro Económico y Social de Davos con todos los países situó a España en el puesto 42, muy por detrás de su presencia mundial y de su riqueza, por ejemplo. Molina apunta que la crisis ha evidenciado las “debilidades” españolas, que tienen que ver con su capacidad de competir en un mundo globalizado. Según el IEPG, España tiene que mejorar la innovación en las empresas, incrementar sus patentes internacionales (ahora son “muy, muy pocas”) y mejorar la formación de su capital humano. Hacer que además de ser un país atractivo para los trabajadores no cualificados y para los turistas, lo sea también para los profesionales cualificados y los estudiantes universitarios, algo que no ocurre ahora. Solo si cumple estos objetivos podrá capear la realidad que se cierne no solo sobre España, sino sobre otros países industrializados para el futuro.

En esta primera edición del IEPG y con excepción de China y Rusia, los primeros puestos de presencia mundial están copados por el mundo desarrollado tradicional (EEUU, Alemania, Francia, Reino Unido, Japón, Italia y España), algo que Molina no augura en adelante: “El noveno puesto que ocupa ahora España es el mejor que va a ocupar nunca”, debido al desarrollo de las potencias emergentes “con un enorme potencial de crecimiento y que ya están superando su PIB”. Esto no tiene por qué ser malo, ya que el crecimiento de países en desarrollo es lo “normal”, si España hace las reformas que la hagan más competitiva. A pesar de la distancia que existe entre la presencia de España en el mundo y su presencia en los foros donde se toman las decisiones importantes, estos datos suponen una útil herramienta para valorar como se merece la marca España, tradicionalmente asociada a “elementos no muy vinculados a ser un país muy potente”, por lo que ha habido “vacilación en usar la marca”. “España tiene un problema de notoriedad”, dice Molina, que añade que esta clasificación permitirá “demostrar empíricamente que es un país bastante volcado al exterior, que solo hay ocho en el mundo que proyectan más”. Preguntado por qué es mejor, si ser una potencia blanda o dura, Molina parafrasea a Nye al afirmar que lo mejor es la combinación de ambas. En el caso de España, la recomendación es que “gaste dinero en ejército y también en cooperación al desarrollo, en ser un país atractivo en turismo y atraer también a empresas multinacionales”.

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