El martirologio de los aberzales
Una fundación ligada a Batasuna ha confeccionado su propia lista de víctimas con 474 nombres. Una cifra que pretende equipararse a los 829 muertos de ETA.
En su afán por dulcificar el daño causado por ETA en sus más de 50 años de actividad criminal hasta que el 20 de octubre proclamó el cese definitivo de su actividad, así como resaltar la existencia de dos supuestos bandos enfrentados a muerte, la izquierda aberzale ha confeccionado su propio martirologio de víctimas basándose en un informe encabezado con un título bastante ilustrativo: No les bastó Gernika.
Esta iniciativa, dirigida por el escritor y exportavoz de la ilegalizada Askatasuna, Joxean Agirre, tiene dos objetivos muy concretos. En primer lugar, lograr en el futuro la mayor reparación económica y moral posible para sus muertos. Lo segundo que se busca es igualarse, o al menos acercarse, a la lista negra que ha dejado el terrorismo etarra con sus 829 muertos en medio siglo de actividad criminal. Para ello, la fundación Euskal Memoria, nacida en 2009 al abrigo de los sectores más soberanistas de la sociedad vasca, ha elaborado una lista de 474 “ciudadanos vascos” que han muerto desde 1960 “a manos de los aparatos del Estado, en acciones realizadas por personas o grupos a las órdenes del Estado, y en circunstancias derivadas del propio conflicto”.
Este abanico terminológico es tan grande que cabe casi todo lo que se necesite para justificar lo injustificable. Para empezar, la cifra de 474 muertos viene a ser la mitad de los ocasionados por ETA, aunque las comparaciones son odiosas en este caso.
Si bien los partidos políticos han empezado a admitir como víctimas del terrorismo a los asesinados por los grupos GAL, el Batallón Vasco Español (BVE) o la Triple A, tan activos a finales de los años setenta y principios de los ochenta del pasado siglo, ¿lo son también los once etarras que se han suicidado en prisión o los diez que fueron abatidos cuando intentaban fugarse de sus respectivas cárceles? Igual de discutible es si merecen el mismo trato los 31 familiares de presos que murieron en accidentes de tráfico cuando iban a visitarles lejos del País Vasco, como consecuencia de la política penitenciaria de dispersión.
Peixoto, entre los promotores.
Lo más llamativo, con todo, es que esta fundación aberzale (entre cuyos promotores está José Manuel Pagoaga, alias Peixoto, exjefe de ETA que continúa huido de la Justicia) incluya a los terroristas que perdieron su vida mientras manipulaban explosivos (43 en total), a los que murieron en el extranjero fruto del exilio o la deportación, o que culpe a España de la muerte de ciudadanos que fallecieron hace décadas a manos del Ejército del Salvador, de las policías de Uruguay, Chile e Italia, de la Contra nicaragüense o de los paramilitares de Colombia, por poner varios ejemplos.
La mayor parte de estas muertes recopiladas por Euskal Memoria son atribuidas a la Guardia Civil y a la Policía Nacional (228 casos, el 48,5% del total) en “tiroteos y emboscadas”, pero se omite que lo primero ha sido una práctica habitual de los etarras cada vez que han intentado huir de las Fuerzas de Seguridad (el caso más flagrante es el del gendarme galo Jean-Serge Nérin, última víctima de ETA) y que lo segundo vienen a ser controles policiales.
También se cargan las tintas contra los “grupos armados de derechas”, a los que se culpa de 74 muertes, el 15,6% del total), junto a otras formas de “represión política de los Estados”, en alusión a España y Francia, que han causado 146 muertes (el 30,8%) fruto “del exilio, la dispersión y las condenas de la Audiencia Nacional española”.
En cuanto a otras formas de muerte hay seis casos por atropello y cinco por desaparición. De estas, la última atribuida es la del etarra Jon Anza a mediados de 2008 y cuyo cuerpo fue encontrado en una morgue de Toulouse (Francia) un año y medio después. Las conclusiones preliminares de la autopsia practicada al cuerpo de este enlace de ETA descartaron la existencia de “lesiones traumáticas” externas o hemorragias internas, según la Fiscalía francesa, que apuntó como causa última del deceso un colapso multiorgánico.
El cadáver de Anza no presentaba indicios de haber recibido golpes ni en la cabeza ni en ninguna otra parte del cuerpo, pero la izquierda aberzale mantiene la teoría del secuestro y posterior asesinato, ya que llevaba dinero en metálico, alrededor de 300.000 euros, para la dirección de la banda. El fallecimiento de Anza provocó varias movilizaciones aberzales cargadas de tensión, aunque los momentos más difíciles de los últimos años se dieron entre los meses de febrero y marzo de 2006.
Con ETA a punto de declarar el alto el fuego de ese año, el joven Igor Angulo se suicidó en la cárcel de Cuenca y cuatro días después otro presunto miembro de la banda, Roberto Sainz, murió de infarto en el penal de Aranjuez (Madrid). Ambos sucesos encresparon los ánimos aberzales y se produjeron actos de kale borroka que complicaron sobremanera el incipiente proceso de paz, tal y como admite el presidente de los socialistas vascos, Jesús Eguiguren, en su reciente libro sobre la negociación con ETA.
Una justificación sui generis.
Hay otros fallecidos en la lista de Euskal Memoria por violación, apuñalamiento y ahogamiento, así como casos extraños por electrocución, inmolación y envenenamiento difíciles de demostrar. En un intento de ser convincentes en sus cifras esta fundación anota una justificación un tanto sui generis: “Cuando decimos que una persona ha fallecido por una enfermedad o ha muerto ahogada, la causa no ha sido exclusivamente esa, sino que la enfermedad, el ahogamiento o cualquier otra manera ha sido fruto de la represión”. Es decir, la culpa es del Estado español.
Un buen ejemplo de este sinsentido es el caso de Endika Iztueta, antiguo miembro del comando Vizcaya de ETA, acusado de siete asesinatos a principios de los ochenta y que falleció a comienzos de 2008 en Cabo Verde, donde vivía deportado desde 1985. Su muerte fue fruto de un “atraco” y con ella son tres los etarras deportados que han fallecido en este archipiélago africano: en agosto de 1989 Juan Ramón Aramburu murió ahogado mientras se bañaba en al mar y en diciembre de 2002 fue Ángel Lete Etxaniz el que falleció por una flebitis.
Un “vigilante”, un “sereno”.
Los tres aparecen en el martirologio aberzale, aunque el primero que encabeza esta lista de 474 nombres es José Rey, oriundo de La Coruña y muerto el 13 de febrero de 1960 en Basauri por disparos de un “vigilante”. Otro caso similar es el de José Álvarez Loche, un marinero asturiano que murió tiroteado en Zumaia en abril de 1961 a manos de un “sereno”. Dos caídos, aparentemente sin ADN vasco, cuyas muertes son difíciles de atribuir al Estado español, pero con las que la izquierda aberzale sugiere que ETA no fue la primera en empezar a dejar su reguero de sangre.
La citada fundación también ha recopilado el número de heridos en el bando aberzale en estos últimos 50 años (1.158), el de detenidos (un total de 21.230, aunque algunos nombres están repetidos, se entiende que porque lo fueron varias veces), así como los actos de guerra sucia cometidos supuestamente contra ciudadanos o intereses vascos y que ascienden a 841. Esta terminología de guerra sucia se utilizó en la década de los ochenta y los noventa del siglo XX para describir la actividad ilegal de los GAL contra ETA desde los resortes del poder, pero Euskal Memoria la generaliza a todo tipo de agresiones. Para ello aporta varios ejemplos muy cuestionables, que en algunos casos se dieron ya entrados en el siglo XXI.
Así, por ejemplo, menciona las pintadas en las tumbas de los etarras asesinados Lasa y Zabala en el cementerio de Tolosa en agosto de 2009, acción que luego fue reivindicada por Falange y Tradición; o la paliza que recibió un joven aberzale anónimo en septiembre de 2010 en la ciudad de Pamplona y que le provocó “heridas” sin especificar.
Enfoques diferentes.
Ante estos intentos de la izquierda aberzale por reivindicar a sus víctimas junto a las que ha dejado ETA, los partidos políticos democráticos han respondido a este ardid con enfoques diferentes. En el último día de la memoria de las víctimas del terrorismo celebrado en el País Vasco, el Parlamento de Vitoria recordó, por ejemplo, a los 25 concejales vascos asesinados por ETA, los GAL y el Batallón Vasco Español. Con este gesto de equiparar a los muertos de ETA con los del GAL o el BVE se buscó acotar el número de atentados que la ciudadanía vasca debe recordar cada año en una fecha muy concreta, el 10 de noviembre, por ser el único día del calendario donde la organización terrorista vasca nunca había atentado.
Fue un acto donde los ediles apostaron por hacer un “ejercicio público de confianza en el futuro y de esperanza en una paz verdadera, sin la falsa tutela de las armas”, tras la decisión de los etarras de decretar el 20-O un cese definitivo de su actividad criminal.
Entre los concejales recordados estaban Tomás Alba, edil de Astigarraga que fue asesinado por el Batallón Vasco Español en 1979, así como el teniente de alcalde de Bilbao, el batasuno Santiago Brouard, asesinado por los GAL unos años más tarde. El resto de ellos fueron víctimas de ETA: desde la muerte del alcalde franquista de Oiartzun Antonio Echeverria, en 1975, hasta el asesinato del concejal socialista de Mondragón Isaías Carrasco, en 2008.
Por su parte, el lendakari vasco, Patxi López, reivindicó ese día en los jardines de Ajuria Enea la memoria de todos los damnificados “como garantía de un futuro más libre” y reconoció en primer lugar a los afectados por el terrorismo de ETA, por ser “el grupo totalitario que de forma más duradera y generalizada ha atacado a la ciudadanía vasca, intentando construir su propia dictadura excluyente”. También hizo una mención especial a los afectados por otros grupos terroristas como los GAL y el Batallón Vasco Español, “ya que si bien son un recuerdo del pasado, sus víctimas y su memoria los hacen presentes entre nosotros”. Pero la sorpresa, y posterior polémica, llegó al final.
Un guiño a la izquierda aberzale.
A diferencia de lo pronunciado un año antes, en 2010, López extendió en esta ocasión su reconocimiento “sin equiparaciones de ningún tipo, sin diluir responsabilidades ni admitir justificaciones inaceptables”, a todas las personas que sufrieron “la violación de los derechos humanos por parte de algunos funcionarios del Estado”. Un guiño a la izquierda aberzale justo después del anuncio de ETA el pasado 20 de octubre.
No obstante, advirtió que el Ejecutivo de Vitoria no va a permitir que desde la izquierda aberzale “se intente ocultar la tragedia” y que los que hasta ahora habían apoyado o mirado a un lado cada vez que ETA actuaba se dediquen a “acumular falsas víctimas para desnudar a la memoria de su esencia de resistencia moral”.
Ante las críticas del Partido Popular vasco, el lendakari insistió en no caer en el error de asumir el relato de ETA y de su brazo político, que piden equiparar a sus víctimas. “Porque el que muere queriendo matar no es una víctima, es un asesino frustrado”, dijo López, seguramente aleccionado por los suyos, como ha insistido Eguiguren estos últimos meses, de que la historia siempre la escriben los vencedores.
En este sentido, los aberzales quieren apropiarse la victoria contra el terrorismo de ETA con gestos como los del diputado general por Guipúzcoa, Martín Garitano, de Bildu, quien al término del homenaje de aquel día recordó a los “miles y miles de ciudadanos vascos que han sufrido la violencia de los Estados” y no son consideradas aún como víctimas. El tiempo dirá quién venció.


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