Bilderberg, el club de los poderosos

11 / 06 / 2010 0:00 Antonio Rodríguez
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Este foro sinónimo de secretismo reunirá en junio en Sitges a lo más selecto de la política, la realeza y el entramado financiero de Occidente con la situación económica de España en el punto de mira.

El futuro económico y bursátil de España a corto y medio plazo, tras el draconiano apretón de cinturón que el FMI y la UE han impuesto a Grecia, pasa por una reunión rodeada de secretismo que se va a celebrar del 3 al 5 de junio en Sitges. Para esos días están convocados en un hotel de lujo de esa localidad del litoral catalán una pléyade de presidentes y primeros ministros, políticos retirados y futuros gobernantes, generales y banqueros, así como miembros de la realeza y lo más selecto del mundo financiero, industrial y de las comunicaciones de Europa, Estados Unidos y Canadá. Una lista de personalidades que en España no se veía desde hace mucho tiempo.

En total, más de 120 personas que encarnan el poder político y económico con mayúsculas y que con sus decisiones se han convertido en los mandamases que mueven los hilos de Occidente. Forman el Club Bilderberg y con ellos se reunirá el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, para intentar convencerles de la solvencia de la economía española en un momento en el que su futuro político está ligado a la salida de la crisis. “Para España, ésta es una gran oportunidad de exponer a personas que pesan en el mundo nuestra realidad económica. Y Zapatero no la va a desaprovechar”, subrayan fuentes gubernamentales.

¿Quién está detrás de este cónclave a puerta cerrada sin parangón en el mundo? “No me atrevo a decir que sea un grupo de control mundial, porque faltan espacios como Rusia, China, India o Brasil, que son fuerzas pujantes, pero sí que intentan imponer sus criterios y aconsejan a políticos a los que intentan tomar la medida”, resume Arcadi Oliveres, doctor en Ciencias Económicas de la Universidad Autónoma de Barcelona y estudioso de la influencia de los grupos de presión en los gobiernos, cuando se le pregunta por este selecto club.

Cada año asisten a la cita Bilderberg entre 120 y 130 personas, de los que unas 40 son estadounidenses y canadienses, y el resto, europeos. Todos ellos deben acudir solos (los escoltas o asistentes personales quedan alojados en un edificio adyacente) y asisten como ciudadanos privados, no en nombre del gobierno o la empresa a la que pertenecen. El club sufraga los gastos de alojamiento de los delegados e invitados, mientras que el país anfitrión -en esta ocasión España- corre con los gastos de la seguridad en torno al recinto y la escolta desde el aeropuerto más cercano.

En las invitaciones personalizadas que se cursan cada año, este club subraya que los asistentes son “personas importantes y respetadas que, gracias a sus conocimientos especiales, sus contactos personales y su influencia en círculos nacionales e internacionales, puedan ampliar los objetivos y recursos del Club Bilderberg”, un foro con similitudes al de Davos pero que se celebra sin la presencia de periodistas, informes previos ni conclusiones, y en el que sus deliberaciones son secretas, como si se tratara de un Consejo de Ministros. Todo ello facilita un debate franco y abierto a semejanza de otras reuniones anuales como las del Club de Roma, la Trilateral (Japón, Europa y América del Norte) o el Consejo de Relaciones Exteriores, pero la aparición de Bilderberg es anterior a todas ellas y su influencia en la gobernanza mundial, incuestionable.

Este club de pilares trasatlánticos nació en 1954, en plena Guerra Fría, como fórmula para acercar a europeos y estadounidenses y evitar el avance de los postulados de la Unión Soviética o cracks bursátiles como el de 1929. Sus fundadores fueron el príncipe Bernardo de los Países Bajos, esposo y padre de las últimas dos reinas holandesas, y el patriarca de los Rockefeller, la familia más influyente de Estados Unidos en la primera parte del siglo XX. El príncipe Bernardo, un oficial de las SS nazis antes de casarse con la princesa Juliana en 1937, organizó la primera reunión de este club privado en Oosterbeek (Holanda), en un coqueto hotel llamado Bilderberg que aún pervive con el mismo nombre.

Tras la Segunda Guerra Mundial, esta figura controvertida de la monarquía holandesa se convirtió en uno de los máximos directivos de la petrolera anglo-

holandesa Shell, mientras que los Rockefeller controlaban la norteamericana Exxon, así que el oro negro estuvo también en el origen de esta sociedad tildada de secreta, a la que se acusa de estar detrás de varias supuestas conspiraciones que luego se convirtieron en realidad, como el diseño de la Transición política en España, las subidas en el precio del barril de Brent o los últimos ataques especulativos contra la moneda china, por poner un ejemplo.

De ello han dado buena cuenta escritores como el canadiense Daniel Estulin, la española Cristina Martín o el norteamericano James Tucker, y lo cierto es que el Club Bilderberg no tiene página web y sólo cuenta con una pequeña oficina en la localidad holandesa de Da Leiden con un número de teléfono y otro de fax como únicos contactos.

En la actualidad, los alma máter de esta organización son los norteamericanos David Rockefeller (Chase Manhattan Bank), James Wolfensohn (ex director del Banco Mundial), el belga Étienne Davignon (Suez Tractebel) y el irlandés Peter Sutherland (Goldman Sachs), quienes se aseguran de que todo el mundo se lleve bien durante el cónclave.

Para ello, cuentan también con la ayuda de representantes de la realeza europea que suelen asistir, como la reina Beatriz de Holanda, el príncipe Felipe de Bélgica o nuestra reina Sofía, quien ha acudido una docena de veces en calidad de miembro permanente y que en un reciente libro de Pilar Urbano ha subrayado lo “apasionantes” que son para ella este tipo de reuniones.

“A lo largo de los años vas conociendo a gente muy diversa, bien informada, bien relacionada, cada una con un bagaje formidable en su terreno, en su área o en su país. (...) ¡Se aprende tanto!”, señala doña Sofía, para quien el verdadero secreto de Bilderberg es que “cada uno puede decir con libertad lo que piensa, lo que en un debate le venga a la cabeza, y que eso no se difunda”, sin que ello signifique que estén conspirando durante el cónclave. “¡Nada de conjuras! Allí nadie es reina, ni canciller, ni presidente de un gobierno o chairman de una multinacional”, hace hincapié.

Sin distinciones protocolarias.

En este sentido, la distribución de los asistentes sigue un orden alfabético rotatorio que elimina cualquier distinción protocolaria. Un año se empieza por la A (tal honor le correspondió en 2009 a Josef Ackermann, presidente del comité ejecutivo del Deutsche Bank) y al otro por la Z (en Sitges se comenzará previsiblemente por Robert Zoellick, presidente del Banco Mundial).

En cada cónclave hay cuatro sesiones al día, dos por la mañana y dos por la tarde, a excepción del sábado, en el que hay un plenario previo a la clausura. Como un debate entre 120 personas sería muy tedioso y difícil de manejar, el club divide el jueves y el viernes a los asistentes en seis grupos de 20 con un moderador cada uno. Tres de esos grupos cogen un tema y los otros tres otro distinto, y lo analizan desde diferentes puntos de vista durante dos horas. Por las tardes, los grupos se reducen a dos de sesenta. En cuanto al orden de palabra, los participantes eligen antes del discurso inicial del moderador cuántos minutos quieren hablar levantando uno, tres o cinco dedos de su mano.

Los que quieren hablar durante un minuto tienen preferencia y, al final, hay un turno de preguntas en el que un participante puede interpelar a otro directamente. Esos son los mejores momentos, como en 2002, cuando los bilderbergers europeos asaetearon a preguntas a Donald Rumsfeld a cuenta de la contienda que se estaba ya preparando contra Iraq.

Y aunque la organización informa previamente de los temas a discutir y pide a los asistentes que se los preparen, no les entrega documentos ni levanta actas de cada sesión. Con todo, las distendidas comidas y cenas que preparan los mejores chefs de la zona -un motivo más para haber elegido Sitges- son unas ocasiones excelentes para que los asistentes intercambien información sensible.

¿De qué se hablará en Sitges? En primer lugar, de la crisis económica que azota el Viejo Continente y posiblemente de los problemas del narcotráfico, la guerra en Afganistán, la retirada norteamericana de Iraq y el desafío nuclear de Irán, según varios bilderbergers consultados por Tiempo. En 2009, en la reunión que se celebró cerca de Atenas, no hubo consenso sobre cómo afrontar la recesión que ya se sentía en Europa, según Estulin. Una parte se posicionó a favor de una “brutal” recesión mundial para salir antes de la crisis, mientras que otros abogaron por una caída “más suave” durante cinco o seis años para no socavar los cimientos de las economías occidentales.

Una docena de españoles.

Ahora en Sitges, los ojos de los más poderosos se volverán a posar sobre las economías mediterráneas, aunque la elección de esta localidad catalana no tiene nada que ver con la actual situación financiera de España. Cada año, al terminar el cónclave, la dirección del Bilderberg sabe dónde se va a celebrar la siguiente cita, pero no la desvela a los asistentes hasta unos meses antes por motivos de seguridad.

Nuestro país no acogía una reunión de este tipo desde la cita en La Toja (Pontevedra) allá por 1989, que contó con la asistencia de los Reyes y del entonces presidente del Gobierno, Felipe González, y el porqué de ahora en España hay que buscarlo simplemente en que coincide con la Presidencia de la UE.

Por eso, el año pasado en Grecia la delegación española fue más numerosa de lo habitual y para Sitges se espera que el número ascienda a una docena de miembros con la reina Sofía al frente, la participación de Zapatero en el pleno inaugural y una nutrida presencia de miembros del Gobierno como Miguel Ángel Moratinos, quizás Elena Salgado y Bernardino León; de representantes de la banca y el mundo empresarial como Rodrigo Rato (Caja Madrid), Patricia Botín o Matías Rodríguez Inciarte en representación del Santander, José Manuel Entrecanales (Acciona) y Juan María Nin (La Caixa); así como del comisario europeo Joaquín Almunia y algún miembro del PP (ver recuadro en la página anterior), CiU o la Generalitat catalana como deferencia hacia los anfitriones.

La lista completa la tiene Juan Luis Cebrián, consejero delegado del grupo Prisa, bilderberger desde 1983 y que en la actualidad es el representante de España en el Comité Ejecutivo, el núcleo duro del club, del que forman parte 24 europeos y 17 norteamericanos, y que se encarga, entre cita y cita, de buscar unos 70-80 invitados para la siguiente edición.

En busca de líderes.

Uno de los aspectos más destacados de este club es la capacidad que ha tenido para catapultar al poder a jóvenes promesas políticas. El caso más mencionado en la historiografía de los bilderbergers es el de Bill Clinton, quien en 1991 asistió a la reunión de Baden-Baden (Alemania) siendo un desconocido gobernador de Arkansas. Unos meses después se hizo con la candidatura del Partido Demócrata y a finales de 1992 ganó las elecciones. Algo parecido le pasó a Tony Blair, quien fue invitado en 1993, un año antes de ser elegido a la cabeza de los laboristas británicos y cuatro antes de su entrada triunfal en Downing Street.

Igualmente, todos los secretarios generales de la OTAN fueron antes que ello miembros de esta sociedad y el caso más sorprendente es el de Javier Solana, cuya primera aparición en este foro fue en 1985, cuando era ministro de Cultura y pocos sabían de él fuera de España.

El propio Barack Obama sucumbió al encanto de este tipo de reuniones en mayo de 2008, cuando su candidatura a la Casa Blanca empezó el irresistible ascenso entre los demócratas. Su cicerone fue Timothy Geithner, por entonces un joven presidente de la Reserva Federal de Nueva York al que los bilderbergers bendijeron meses después cuando fue nombrado secretario del Tesoro. ¿El motivo? Le conocían de varios años de compartir cónclaves y sabían cómo actuaría en la lucha contra la recesión.

Otro hecho remarcable es lo malicioso del sistema de invitaciones, que hace que aquellos que no causan una buena impresión a la primera sean borrados de sucesivas ediciones. Fue el caso de Jordi Pujol, quien tras su paso por el Bilderberg de 1991 no volvió a contar en sus planes; el de Esperanza Aguirre, que participó en 1999 y 2000, cuando Aznar aún no había elegido a su sucesor; o más recientemente el de Miguel Sebastián, que estuvo en 2005 tras ponerse al frente de la Oficina Económica en Moncloa y cuyos comentarios no fueron bien acogidos por los mandamases del mundo.

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