21-D, la hora de la verdad

03 / 11 / 2017 Agustín Valladolid
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Es el momento de reconquistar el destino que una parte venía dictando al conjunto de la sociedad catalana.

Manifestación contra la independencia en Barcelona. Foto: P. Freire/Getty

Durante su intervención en la manifestación del domingo 29 de octubre contra la DUI independentista, el escritor Félix Ovejero dijo algo reconfortante: “Las leyes son el poder de los que no tienen poder”.

Creo que reproduzco la frase con bastante fidelidad. El concepto no es nuevo, pero sí la manera de formularlo. Como también es bastante novedoso que un intelectual de izquierdas defienda sin complejo alguno la aplicación de un artículo tan disruptivo como el 155 de la Constitución. Ovejero, como después hizo Francisco Frutos con más vehemencia, le recordaba a esa generación de millennials que nacieron con un pan bajo el brazo, que la ley, cuando es respaldada libérrimamente por el pueblo, es la trinchera de los pobres; que ni Miguel Urbán, ni Dante Fachin, ni Alberto Garzón, ni ninguno de los que desprecian la Transición tienen la cuarta parte de legitimidad que aquellos que, sin violencia, construyeron un régimen de libertades.

Lo de aquella generación de políticos fue doblemente meritorio. Trabajaron en condiciones complejas, esquivando con habilidad y determinación la vigilancia a la que intentó someterles la retaguardia del franquismo. Es curioso, pero, en lugar de ser un mérito, aquella voluntad irreversible de cambio, aquella férrea decisión de dejar atrás el pasado a pesar de las extraordinarias dificultades que tuvieron que sortear, han acabado convirtiéndose, para estos niñatos malcriados, en un desdoro, en una mancha inaceptable que ya no es posible desinfectar. Como si aquella España hubiera desaparecido y solo quedaran las cenizas; como si reescribir la historia, al modo y manera de lo hecho por el secesionismo, e insultar a la generación política del 78 y a la inteligencia de todos los que ayudaron a sacar adelante el país, fuera la mejor manera de asentar el movimiento popular que cristalizó el 15-M en una alternativa real de Gobierno.

Puede entenderse que a Pablo Iglesias no le guste el 155. Pero lo que se explica malamente es que sitúe su rechazo a este artículo de la Constitución al nivel del golpe secesionista. Menos aún cuando la equidistancia manifestada con insistencia por los principales dirigentes de Podemos y sus primos hermanos, como Ada Colau, puede provocar indeseadas sorpresas electorales. Sin ir más lejos, en la vital cita del 21-D. Ha llegado la hora de la verdad. Para todos. También para la nueva izquierda. El sorpresivo anuncio de Mariano Rajoy les ha pillado con el pie cambiado. Como a Junts pel Sí y la CUP. Podemos no solo se ha desmarcado de las dos grandes manifestaciones celebradas en Barcelona por el unionismo. Las ha combatido sin piedad en declaraciones públicas y en las redes sociales. Y torpemente ha estrechado su espacio electoral en Cataluña. Ahora tendrá que compartir expectativas con PDECat, ERC y los cuperos. Grave error.

Aún más grave, si no se rectifica, fuera de Cataluña.

El unionismo, movilizado

De todo esto era consciente Rajoy cuando disolvió el Parlament y convocó elecciones el primer día de los posibles. Temía la cronificación del 155, la organización pausada de un metódico plan de sabotaje institucional a medio y largo plazo; la imagen de “ocupación” proyectada día sí y día también por la maquinaria propagandística del independentismo; y el creciente nerviosismo de nuestros socios europeos ante el no descartable deterioro –aún más– del clima social.

Con lo que Mariano Rajoy no contaba es con la activa colaboración, en favor de la estrategia del Estado, del independentismo de opereta de Carles Puigdemont, aliado sobrevenido de un partido derechista y separatista flamenco de inspiración neonazi.

Puigdemont y sus mariachis, como Lluís Llach, han enterrado con sus excentricidades cualquier opción de recuperar en las urnas el tan traído y llevado catalanismo sensato. Oriol Junqueras es el hombre. En su área de influencia va a barrer. Eso sí, por primera vez el nacionalismo catalán va a tener enfrente, en unas autonómicas, a todo el unionismo movilizado como nunca antes lo estuvo. Es la hora de la verdad. Es el momento de reconquistar el destino que hasta ahora solo una mitad venía dictando a los demás. El 21-D puede ser el principio de algo o la constatación de que estamos ante un callejón sin retorno. La suerte es que, por primera vez, parece que hemos cobrado conciencia de lo que nos jugamos.

Fiscalía

Justicia y elecciones

Al Gobierno no le gustó nada que la jueza Carmen Lamela, de acuerdo con la petición del fiscal, ordenara el ingreso en prisión de los presidentes de la ANC y Òmnium Cultural, los Jordis. Una medida que sirvió par que el independentismo recobrara el pulso perdido. Ahora, tras querellarse contra el Govern y la Mesa del Parlamento, la Fiscalía quiere evitar que los tiempos de aplicación de la ley favorezcan la estrategia del secesionismo.

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Jordi Cuixart y Jordi Sánchez, los Jordis

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