Juan Mayorga

17 / 10 / 2016 Hernando F. Calleja
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Dramaturgo

"Tengo preocupaciones morales, pero no soy un moralista”

 

Entrevistar a alguien que ha escrito El arte de la entrevista es salir en desventaja.

La entrevista es un arte en el que se crea una situación de suyo conflictiva y, por tanto, teatral. En esa obra intenté explorar las posibilidades dramáticas de un dispositivo por el cual uno pregunta y otro responde y todo queda escrito, tanto más cuando la entrevista se realiza ante una cámara, que anota el texto y el gesto. La obra habla también de un tiempo en que todos llevamos en el bolsillo cámaras que nos convierten en actores.

En Reikiavik parte, como en otras obras suyas, de un hecho conocido, en este caso la partida de ajedrez entre el soviético Boris Spaski y el estadounidense Bobby Fischer, que aporta una nueva visión de la Guerra Fría.

Yo quería explorar ese enfrentamiento desde que era pequeño. Los periódicos nos traían noticias de estos tipos, que pasaron de representar a los dos grandes bloques a quedar en el ostracismo. Observé en un parque dos jugadores unidos y separados por un tablero de ajedrez y soñé que jugaban a vivir las vidas de Fischer y Spaski y que ese juego les permitía indagar sobre sus propias vidas. Ahí nacieron mis personajes Bailén y Waterloo, que, como sus nombres indican, viven en la borrosa frontera entre la derrota y la victoria.

 

En Famélica se plantea una especie de resistencia pasiva contra el sistema capitalista, un poco cínica, ya que se propone la existencia de una logia o sindicato de improductividad dentro de una empresa, con la certeza de que no va a conseguir nunca su objetivo.

En Famélica como en Reikiavik aparece una cuestión recurrente en mi obra: hacer teatro para sobrevivir. En este caso, los personajes se enmascaran para hacer como que trabajan, sin trabajar, consagrándose a sus pasiones secretas en lugar de a una vida laboral anodina y alienante. Y lo hacen utilizando un discurso marxista que es de suyo conflictivo, dramático.

No deja de ser chocante que un autor tan prolífico y dedicado, tan productivo, al cabo, preconice la improductividad.

Yo solo intento crear ocasiones para que el espectador reaccione. La reacciones del público hacia Famélica son diversas. Hay quien se levanta y canta La Internacional con los actores y hay quien rechaza esa canción como antigualla o como himno peligroso. A mí me interesan todas las reacciones porque son parte del espectáculo. Los discursos políticos en Famélica serán interesantes tanto si despiertan adhesiones o nostalgias como si parecen intempestivos; tanto si aluden a sueños que hoy juzgamos inalcanzables como si causan temor.

 

Para un autor tan socialmente comprometido es casi inevitable la sanción moral, aunque no es tan evidente en su obra.

Tengo preocupaciones morales, pero no soy un moralista. En todo caso, siento que las ideas más importantes en mi teatro no son las mías, sino aquellas que el espectador mismo pueda producir. Si en Famélica el discurso marxista fuera proferido por un catedrático, sería, además de aburrido, políticamente inútil. Sin embargo, ese discurso pronunciado por un directivo de una empresa, activa la atención del espectador y le impele a tomar posición.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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