ESCRITOR Y POETA

José Manuel Caballero Bonald

02 / 08 / 2013 11:30 Luis Calvo / foto: Miguel Gómez
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Hacía años que su nombre sonaba para ocupar el palmarés del premio Cervantes, un lugar ganado con décadas de dedicación a la escritura. La llamada llegó a finales del pasado año y en abril recogió el galardón de manos del Príncipe. Ahora, sin la presión de volver a publicar, dedica las horas a releer los autores que le hicieron escritor.

“Algunos académicos no merecen ningún crédito cultural”

¿Qué importancia tienen los premios para un escritor?

Eso depende del premio y depende del escritor... Hay premios que no sirven más que para fomentar ridículos halagos y otros que suponen un reconocimiento serio a una obra literaria determinada, aparte de los que no pasan de ser apaños editoriales, que no son pocos. Además, tampoco hay que desdeñar lo que ciertos premios tienen de incentivo económico.

 

¿Qué supone obtener el mayor reconocimiento de las letras españolas?

Pues eso, el mayor reconocimiento de las letras españolas... Aparte de que sea un lógico motivo de orgullo y de satisfacción, tiene mucho de premio a la constancia. Yo llevo más de dos tercios de siglo dedicado al oficio de escritor y eso, si se hace con cierta preocupación por el lenguaje, con cierto rigor estético, ya merece ser reconocido.

 

No oculta que le desagrada el boato de esos actos. ¿Cómo lo sobrellevó?

Pues a duras penas... A mí me resulta agobiante  una reunión de más de cuatro o cinco personas. Y no estoy en condiciones de soportar ningún tipo de actos multitudinarios, cada vez me siento más incapaz de sobrellevar esas presiones ambientales. Los objetivos de mi profesión de escritor no tienen nada que ver con los ringorrangos de la celebridad, sino con la solitaria voluntad de escribir lo mejor posible.

 

 Hablando de reconocimientos, ¿le pesa no haber entrado en la Real Academia Española (RAE)?

Confieso que hubo un tiempo en que me ilusionó entrar en la Academia, pero no me aceptaron y punto. Perdí toda ilusión y di el asunto por zanjado. Ya no me interesa la Academia para nada. Además, a estas alturas, tampoco me apetece tratar con ciertos académicos que no me merecen ningún crédito, ni humano ni cultural.

 

¿Hay cantera en España para sustituir a su generación?

Sí, yo creo que sí. Después del grupo generacional del 50, que es al que por edad pertenezco, se han sucedido tres o cuatro promociones de escritores. Entre ellos existen algunos poetas y narradores especialmente significativos. Aunque se puedan contar con los dedos de  una mano, ya justifican por sí solos todo un ciclo de la historia lineal de la literatura.

 

¿Qué opina de la literatura española actual?

Así, a vista de pájaro, hay de todo... Ya le digo, hay tres o cuatro poetas y novelistas de veras relevantes, pero también hay muchos, demasiados, que escriben de manera descuidada y a toda prisa. Y eso es una pésima forma de cultivar este oficio. Se nota por todas partes el apresuramiento, la renuncia a explorar nuevas posibilidades expresivas, la inercia de una tradición malgastada... Claro que también hay que tener en cuenta esas citadas excepciones.

 

La cultura no vive ajena a la realidad. ¿Debe el escritor ser crítico?

El escritor, el intelectual, es por definición un testigo de la sociedad, un crítico del poder, sea del signo que sea. Pero no necesariamente a través de su obra, sino por medio de sus actitudes personales, de su comportamiento civil. El escritor que permanece al margen, que milita en esa escuela para necios de los apolíticos, está condenado a convertirse en un marmolillo.

 

¿Qué opina de la coyuntura política y económica que atraviesa España?

No sé, tengo la impresión de que estamos al final de un ciclo histórico. La bancarrota moral, las corrupciones generalizadas, las injusticias sociales, los desmanes financieros, todo eso que yo he llamado “los desahucios de la razón”, parecen haber tocado fondo, ya no se puede ir más allá, hay delincuentes y cómplices por todas partes. O sea, que quiero creer que estamos a punto de finalizar un ciclo de decadencia que viene de lejos, y comenzar otro dentro del natural proceso evolutivo de la historia.

 

Su ciudad natal, Jerez, está sufriendo especialmente la crisis. ¿Le preocupa?

Me preocupa, claro, y mucho. Hay dirigentes bien preparados, bien intencionados, a los que les resulta imposible salir a flote entre tantos tropiezos morales y materiales. Ya se sabe que la recesión, la deuda pública y demás infortunios económicos están actuando de modo catastrófico sobre los esfuerzos para que la crisis no acabe arrastrándonos a todos.

 

Usted llego a pasar por la cárcel por sus ideas. ¿Qué recuerda de aquella etapa?

Bueno, esa etapa fue para mí muy fecunda, muy instructiva... Todas lo son de algún modo, unas más y otras menos, pero esa a que usted se refiere la recuerdo como lo que realmente fue: una fuente de aprendizajes humanos y literarios que me ayudaron a ser el que luego he sido. La lucha antifranquista disponía de unos ingredientes ideológicos, de un apasionamiento, de un fondo ético, que ya no forman parte de nuestro repertorio de valores. En la actualidad no hay más ideología que la que dictan las leyes económicas.

 

¿Está la cultura maltratada por los políticos?

Sería absurdo generalizar. Hay políticos para todos los gustos, aunque abundan los que tienen mal gusto.

 

¿De qué libro se siente más orgulloso?

Bueno, no sé, esa es una elección muy compleja. Puestos a elegir, quizá me quedaría, por ejemplo, con la novela Ágata ojo de gato, con el libro de poemas Entreguerras, con las memorias Tiempo de guerras perdidas. Me siento muy bien expresado en esos libros.

 

Si pudiera, ¿corregiría alguno de ellos?

Siempre se escribirían de otra manera los libros que ya se han escrito. La literatura, como todo arte, es interminablemente perfectible. En teoría, nunca se puede acabar de corregir un libro.

 

Algunos han calificado su generación literaria de autodestructiva, pegada a la barra de un bar. ¿Está de acuerdo?

Sí, en parte, sí, pero eso de que estábamos pegados a la barra de un bar tampoco hay que tomárselo al pie de la letra. Lo que sí puede ser cierto es lo de la autodestrucción. La experiencia personal de los poetas del grupo del 50, y de algunos novelistas afines, fue muy difícil, muy complicada. Éramos los niños de la guerra y crecimos en el clima social del franquismo y el nacionalcatolicismo con el que poco a poco fuimos enemistándonos. Y eso ocasionó muchas tensiones, muchos desgarros. A la larga, la autodestrucción fue una consecuencia de esas experiencias que tenían mucho de traumáticas.

 

¿Mantiene el gusto por la lectura?

Por supuesto. La lectura es, hoy por hoy, mi principal ocupación. Me refiero sobre todo a la relectura, que puede llegar a ser una actividad de inesperadas sorpresas. Hay libros que un día te abrieron unas puertas que ya hoy aparecen cerradas y, al revés, libros que apenas te dejaron huella y en los que de pronto descubres algunas ocultas sugestiones. Ese es otro de los mejores alicientes de la relectura.

 

¿Qué es lo último que ha releído?

Estoy releyendo todo Onetti. Y la Obra completa, de Blas de Otero.

 

¿Recuerda cuándo tuvo por primera vez la conciencia de que quería escribir?

Tengo una vaga idea... Seguramente fue a raíz del descubrimiento de la poesía de Juan Ramón Jiménez y de los poetas del 27, sobre todo de Cernuda, Lorca, Guillén... Estoy seguro de que yo empecé a escribir poesía porque primero leí a esos poetas.

 

Parte de su obra es autobiográfica. ¿Se puede escribir sin memoria?

Se puede, pero no se debe... La memoria viene a ser como el factor desencadenante de la literatura. No es que haya que transcribir tal cual el contenido de la memoria, que eso se modifica de acuerdo con las necesidades de la propia estructura literaria, sino que esa memoria viene a ser como la materia prima de la escritura. Sobre todo si se trata de un poema, cuya función primordial consiste en sustituir una experiencia vivida por una experiencia de lenguaje.

 

¿Qué piensa de quienes tachan la poesía de minoritaria?

La poesía en sí misma o, mejor, la poesía que representa de veras una versión nueva del mundo, siempre ha sido minoritaria. Todo arte que ahonda de veras en lo que se entiende por experiencia estética tiende a ser minoritario.

 

Usted adora el flamenco. ¿Es por esa parte de poesía que tiene?

Verá... El flamenco, en sus más auténticas formas interpretativas, tiende a una situación límite. Ocurre como con toda gran literatura, con esa que se aventura más allá del significado habitual de las palabras y participa del secreto de una situación límite. Por ahí puede el lector descubrir una nueva realidad, un mundo desconocido.

 

¿Dónde se ha sentido más cómodo, en el mar o en la tierra?

Más cómodo quizá en la tierra; más a gusto, en el mar. Lo que pasa es que ya tengo vetada por razones de edad la navegación a vela. Y esa sí es una de las pérdidas que más me cuesta sobrellevar. La vejez, ya se sabe, es una cabronada.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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