Directora de cine

Icíar Bollaín

26 / 01 / 2012 Gloria Scola
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Estrena el próximo 3 de febrero Katmandú, un viaje a Nepal a través de una maestra española. Es su sexta película y la primera que rueda en inglés.

Foto: Paco Llata
“Que me sienten en una butaca y me lleven a Katmandú me apetece mucho”

Con su voz suave y muy agradable al oído, Icíar Bollaín (Madrid, 1967) engaña. Entendámonos. Engaña porque manda muchísimo. En un rodaje sabe perfectamente lo que quiere y hasta que no lo consigue, no para. Dice Verónica Echegui, la protagonista de Katmandú, un espejo en el cielo, que es dura. Tan dura como buena y eficaz sacando lo mejor de un actor. Recuérdese que la propia cineasta también es actriz -Víctor Erice la descubrió siendo una niña para El Sur (1983)- y aunque se niega a dirigirse a sí misma, sí utiliza sus conocimientos guiando a otros. En la Cineteca del Paseo de la Chopera (cinetecamadrid.com) la directora de Hola, ¿estás sola?, Flores de otro mundo, Te doy mis ojos, Mataharis y También la lluvia habla con Tiempo de su última creación, que opta el 19 de febrero a dos premios Goya: mejor actriz (Verónica Echegui) y mejor guión adaptado (Icíar Bollaín con la colaboración de Paul Laverty).

Katmandú, un espejo en el cielo está inspirada en las vivencias de Victoria Subirana, Vicky Sherpa, una maestra que montó una escuela en las chabolas de Katmandú en los años 90. Usted mezcla ficción y realidad pero, ¿cómo le llegó la historia?

Por uno de los productores, Larry Levene, amigo personal de la maestra. Quería llevar adelante el proyecto y me lo planteó. Me dio el libro escrito por ella, Una maestra en Katmandú, encontré elementos muy atractivos para contar en una película y creo que para el espectador español es muy atractivo. A mí, que me sienten en una butaca y me lleven a Katmandú me apetece mucho.

Es usted muy valiente. Un rodaje en inglés, en Katmandú, donde imagino que no se ha rodado ninguna otra
 película...

Española, no. Ahí rodó Bertolucci cosas de El pequeño Buda, pero no como si fuera Katmandú.

¿Y no es difícil rodar allí? ¿Los permisos, por ejemplo?

Bueno, pensábamos que allí había una industria más desarrollada, y es bastante básica. Había que llevar muchas cosas de fuera: técnicos, material eléctrico, cámaras... Todo. Y aunque sí ruedan, no hacen rodajes de la envergadura de los nuestros. Y eso que esta es una película muy sencilla. Cuando les decíamos que teníamos que cortar las calles, lo flipaban, porque ellos no cortan nada. Ruedan [risas], y el que pase por delante, pasó. O cuando cambiábamos cartelería -porque la historia ocurre hace 20 años- se quedaban fascinados. “¡Nos vais a quitar cosas!”. A veces te daban un permiso para rodar algo, pero no sabían que te lo habían dado. Y cuando ya lo descubrían, lo flipaban y se enfadaban. “¡Pero si les hemos dicho que vamos a cortar la plaza doce horas!”. “Ah, no, no” [ríe]. Había muchos malentendidos y lost in translations.

¿Qué es lo que más le llamó la atención de Nepal? ¿La pobreza extrema, quizá?

No, y no es tan pobre. Quiero decir, es un país pobre con infraestructuras muy básicas, pero me llamó la atención que las chabolas son muy pequeñitas, no tienen el tamaño de las de la India, y vas tranquilísimo por ahí. Hay cero inseguridad ciudadana. Es un país súperseguro, coges taxis por la noche y lo que sí suele pasar es que se pierda el taxista, pero no lo hace para abrirte la cabeza. Yo volví varias noches sola y pensaba: “Este me saca aquí y me hace lo que quiera”. Porque además es una ciudad en penumbra, no tiene la iluminación que hay aquí, y nadie sabía que estaba en un taxi. La gente es muy pacífica, tranquila, a pesar de que muchos viven bastante regular. Pero tampoco hay una pobreza como la que tenemos en mente con la India. No. Yo creo que la red familiar y la red comunal funcionan mucho. Sí que hay pobreza en el sentido de que cuando te metes en las casas de la gente ves que hay un solo váter para varias familias, o que no hay agua corriente o que se la suben. Pero no te vacunas de nada. Es una pobreza como estructural. Es un país sin industria. No puedes beber el agua, porque se mezcla el agua de los pozos con el agua de ellos. Ellos sí la beben, pero a ti te afecta. La pobreza la ves más en la educación. Es una educación muy antigua, siguen con el palo, siguen repitiendo las cosas... Y si quieres una buena educación tienes que pagarla muy cara. En eso es donde ves que es pobre.

 

¿La moraleja de la película es: “p’alante”? Porque a la protagonista no dejan de fastidiarla y le pasa de todo, pero ella sigue en su empeño.

P’alante como los de Alicante [ríe]. Sí, paga un precio por el esfuerzo que hace.

¿Y usted es optimista?

Sí.

Ha rodado con actores no profesionales nepaleses, niños, 3.000 extras... La única actriz profesional de la película es Verónica Echegui y me ha confesado que es usted dura, aunque luego se entendieron muy bien. Por cierto, que me recuerda un poco a Penélope Cruz. Y en el tono de voz, a usted.

Sí, puede ser lo de la voz. Y sí, Verónica tiene un físico que a veces recuerda a diferente gente. Hay un plano que a mí me recuerda a Aitana [Sánchez Gijón] porque está manzanita, sonrojadita, y a Penélope... puede ser.

¿Por qué le gustó Verónica? Creo que le hizo pruebas para el papel.

Sí. Porque tiene una especie de entusiasmo vital, y eso no estaba en el guion. El personaje es muy cabezota, con mucho tesón... No la había visto en Yo soy La Juani y me vino bien, porque así la vi fresca. La había visto en El patio de mi cárcel, un trabajo muy bonito, y poco más. Transmite mucha verdad, mucho entusiasmo, tiene una naturalidad espléndida, una capacidad emocional impresionante...

¿Y por qué dice ella que es usted dura?

¡Pobre! Porque, o ella está bien, o no hay película. Tenía un personaje muy difícil, con muchas escenas muy arriba de emoción, un reparto en el que es la única profesional, ella rodaba todos los días, solo descansaba uno, está en todas las secuencias, rodando en inglés y en Nepal, sin actores españoles... Todo eso es un esfuerzo... Todos esos elementos le hicieron el trabajo difícil. Y en cuanto a mí, mi ración de paciencia la gastaba con los no profesionales, porque lo que le tienes que dar a la gente que no ha trabajado nunca es muchísima confianza, paciencia, cariño, para que hagan su trabajo sin avergonzarse. Yo gastaba mi paciencia y energía con todos ellos. Y con Verónica era: “¡Venga, Vero! Que tú eres profesional y a ti no tengo que decirte nada”. Y no, señores, ¡también hay que decirle [ríe]! La pobre. Pero yo también lo sé.

Por último, usted ha sido vicepresidenta de la Academia de Cine. ¿Ha hecho ya las paces con Álex de la Iglesia?

¡Ya las hice entonces!, antes de mandar nada [ríe]... Esa historia fue toda un poco de locos.

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