PRESIDENTE DE LA COMISIÓN DE PRESUPUESTOS DEL CONGRESO.

Alfonso Guerra

02 / 01 / 2015 José María Vals / Fotos: David García-Amaya
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Con Guerra, que dejará su escaño este mes de enero, deja de estar representada en el Parlamento la generación de políticos que hizo la Transición y pactó la Constitución. Aunque no ve imprescindible hacerlo, se muestra partidario de reformar la Carta Magna.

 “El derecho a decidir no existe en ninguna parte del mundo”

Llegó a la política en un momento difícil y se va en otro convulso...

Yo llegué a la política en 1958. Hace ya muchísimo tiempo. Ahora tenía que tomar una decisión, porque en dos elecciones legislativas anteriores yo manifesté mi deseo de no repetir como diputado. Fue hace ocho años y hace cuatro años. En el partido al que pertenezco, y en Sevilla, soporté una presión muy fuerte de militantes y simpatizantes, porque allí sacamos siempre unos resultados buenísimos. Me dijeron que no podía hacer eso, apelaban a la responsabilidad, y en las dos ocasiones cedí. Entonces pensé con una claridad meridiana que si esperaba a la finalización de esta legislatura volvería a soportar la presión y no sé si sabría liberarme de ella. Tenía que irme antes.

Y ¿por qué precisamente ahora?

Podía haberme ido en el verano próximo, en el mes de junio de 2015, pero no estaba seguro de que pudieran adelantarse las elecciones generales. Y si se adelantan ya estaría otra vez sometido a presión. Tenía que hacerlo antes y este año [2014] me venía muy bien.

¿Precisamente en 2014?

Este es un año bastante bello para retirarme. Primero, porque cumplo cincuenta años de trabajo cotizado con nómina, comencé en 1964. Tras cincuenta años de cotización social parece una buena fecha para retirarse. Además, en 2014 yo he cumplido 74 años. Si divido mi vida en dos partes iguales, son 37 años cada una. Y exactamente los primeros 37 los viví bajo una dictadura y los segundos 37 en una democracia y como diputado. Este 2014 estaba pues como marcado. Venía perfecto.

¿Abandona la política del todo?

Voy a dejar de ser diputado, pero la política me seguirá interesando. El país está en una encrucijada. Este es un país al que parece que no le gusta pasar largas temporadas de progreso. Cada cierto tiempo se pone en causa a sí mismo. Otto Bismarck decía en el siglo XIX que el país más fuerte del mundo era España, porque llevaba siglos intentando autodestruirse y todavía no lo había conseguido. Y un hombre que vivió diecinueve siglos antes, en el siglo I, Pompeyo Trogo, decía que los hispanos eran muy aguerridos, que luchaban por todo, y que cuando no encontraban enemigo fuera lo buscaban dentro.

¿Seguimos igual?

Los españoles somos muy aficionados a la autodestrucción. Llevamos unos años que seguramente han sido los mejores de la historia, pero hay como una disconformidad para estar bien. Culturalmente somos antiluteranos. Hasta los jóvenes cuando van a un examen y se preguntan entre ellos cómo lo llevan de preparado todos suelen decir que fatal, que no saben nada. Nadie quiere reconocer que ha estudiado, que tiene conocimientos. Estamos como imposibilitados para reconocer nuestros propios valores.

Entonces, ¿es usted pesimista sobre el futuro de España?

Optimista no soy. Dicen que el pesimista es un optimista con información. Ahora mismo no estoy optimista.

¿Por qué?

Creo que actualmente estamos pasando una etapa en la que se han concitado muchos vectores. La globalización ha hecho una adaptación del capitalismo mundial muy importante. Ha desplazado el centro de gravedad del capitalismo, que antes era la producción, hacia las finanzas, y eso acarrea inexorablemente un ejército de desempleados.

¿Puede explicar las causas de esto?

La producción ya no le interesa al capitalismo porque reporta menos beneficios que las finanzas. Y además, con problemas, con sindicatos, con huelgas. Como lo otro les da más beneficio, pues ha cambiado radicalmente la situación del trabajo y del reparto social. Después de un siglo XX en el que las desigualdades se iban corrigiendo, llegamos a una situación en la que se están agrandando otra vez.

Pero hablaba usted de varios vectores...

Las nuevas tecnologías de la comunicación, y no solo los medios de comunicación, sino todo lo que es información y comunicación, han traído otro cambio trascendental. Mientras todavía hay gente que viaja en pateras, el dinero y las finanzas viajan por Internet.

No describe un panorama muy halagüeño...

Todo esto ha generado una situación difícil que se suma a una ausencia de liderazgo político. En Europa hay una política más funcionarial, sin líderes carismáticos y fuertes, y además se ha entregado la llave de la economía a las agencias de calificación norteamericanas. Ha habido una gestión de la crisis que a mi juicio es equivocada. En el caso español hay que añadir, además, que a la situación social difícil provocada por la crisis económica se suma una situación también nueva en la representación política y la sempiterna situación complicada de organización territorial, puesta en causa ahora por los dirigentes nacionalistas catalanes, que no piensan ya en un reparto del poder político, económico y administrativo, sino en la independencia.

¿Hay alguna posibilidad de solución?

Todo esto junto no apunta bien. Pero también hay que decir que al terminar la dictadura tampoco había mucho optimismo sobre la posibilidad de que los políticos que habían sostenido la dictadura y los que lucharon contra ella pudieran ponerse de acuerdo. Si en enero de 1977 nos dicen que en 1978 íbamos a lograr una Constitución de amplio consenso no nos lo habríamos creído. Es decir, la voluntad humana también puede cambiar las cosas.

Hablaba antes del problema territorial de España. ¿Habrá acuerdo?

Es muy difícil llegar a un pacto porque la satisfacción que se pueda dar al nacionalismo nunca termina. Y ahora ya no está planteado como un paso, sino como la separación definitiva. ¿Se va a llegar a un acuerdo? No veo que sea fácil. ¿Se debe intentar ponerse a hablar en una mesa? Creo que siempre se debe intentar. Porque el solo hecho de sentarse a tomar un café juntos reduce a la mitad la agresividad de forma inmediata. Creo que hay que sentarse a hablar a ver qué se puede hacer.

Pero para hablar hace falta voluntad...

El Gobierno se niega. Yo entiendo muchas de las razones que esgrime el Gobierno. Pero no puedo entender la razón de no ponerse a hablar. Hay que hablar, formal o informalmente, dentro o fuera del Congreso, hay que intercambiarse documentos, hay que explorar vías para ver si sale algo positivo. Porque como no sale nada es no hablando. El secretario general del PSOE, Pedro Sánchez, ha propuesto una fórmula, crear una subcomisión. Puede ser esta u otra cualquiera, que hagan una prospección a ver si se puede llegar a algún tipo de acuerdo. Como seguro que no va a salir es no intentándolo.

¿Qué opina de los movimientos que están surgiendo en España?

La estructura política ha dado un vuelco importante, porque la crisis económica ha llevado a la desesperación a una parte de la clase media. La reducción del gasto ha afectado de lleno a la clase media y hay un sector que ve cómo su capacidad de compra y bienestar mínimo se ha reducido, mientras hay una élite pequeña, arriba, que está haciendo unas fortunas absolutamente obscenas. Y la combinación de ambas cosas hace que la desconfianza sobre la política general y sobre los partidos políticos tradicionales se agrande. Entonces aparecen operaciones como el del 15-M, ahora Podemos y aparecerán muchas más.

¿Cree que pueden tener algún porvenir?

A corto plazo puede ser que algo, a largo plazo, no. Estamos ante operaciones que no tienen argamasa. ¿Por qué fracasó, por ejemplo, UCD, cuando hizo una labor tan extraordinaria para poner de acuerdo a los españoles en torno a una Constitución? Porque no tenían argamasa interna. Se llamó a mucha gente para que ayudaran a devolver la democracia, pero no tenían unión entre ellos, no había una estructura partidaria con ideología y con historia. En cuanto acabaron el encargo se deshicieron.

Pero, como miembro del PSOE, ¿teme a Podemos?

Yo no temo a nada ni a nadie. Lo único que puede asustarme es precisamente temer a algo. Mi miedo es tener miedo, y no lo tengo. Ahora mismo hay una especie de avalancha informativa sobre ese grupo. Pero luego llegará un punto de sentido común. Aquí se publican muchos sondeos y no seré yo quien critique cómo los hacen. Yo hago uno anual para la revista Temas para el Debate, que no digo que sea mejor, pero lo que sí aseguro es que no tiene maquillaje.

¿Qué resultados le da?

Este año lo hemos hecho en noviembre y da un resultado interesante. Hemos contabilizado el voto directo y el voto más simpatía. No nos hemos atrevido a hacer una proyección definitiva, porque eso se hace en base al recuerdo de voto. Podemos no lo tiene porque no existía el año pasado y el PP tiene un recuerdo de voto escandalosamente bajo. Eso quiere decir a mi juicio dos cosas: una, que hay personas que tienen pudor o vergüenza para declarar que votaron al PP, y otra, que hay voto oculto, porque no todos los que no dicen que lo votaron van a dejar de votarlo en las siguientes elecciones.

Y eso, en cifras, ¿cómo queda?

En voto directo nos sale que el PSOE tendría un 31%, Podemos un 24% y el PP un 21%. En votos más simpatía al PSOE le da un 33,8%; a Podemos, un 22,5%; y al PP, un 21,9%. Pero yo no me creo lo del PP. Ahí hay voto oculto. Lo normal es que el orden fuera PSOE, PP, Podemos.

O sea, que no ve a Podemos gobernando...

Ni yo ni nadie. Nosotros hemos preguntado quién creen los encuestados que va a ganar y a continuación quién quieren que gane. El 39% piensan que ganará el PP y sin embargo el PSOE obtiene el 39% cuando se pregunta quién quieren que gane. Es decir, que la gente piensa todavía que va a ganar el PP, porque está en el Gobierno y eso da mucha fuerza, pero quieren que gane el PSOE. Por cierto, solo el 5% cree que va a ganar Podemos.

Pero de todas formas hay un antes y un después...

Lo que sí va a pasar es que el Parlamento que salga no va a ser como el de ahora. El PP va a bajar sensiblemente, el PSOE se va a mantener o va a subir ligeramente y va a aparecer Podemos, no con la fuerza que dicen, pero va a aparecer. Con ello, el Parlamento va a ser muchísimo más ingobernable que en este momento. Y la solución va a ser complicada.

Esto, lógicamente, va a dificultar todo tipo de acuerdos...

Sí. Va a ser muy difícil, pero hay que hacer de la necesidad virtud. Alguien tendrá que gobernar, porque si no a los dos meses habrá elecciones otra vez. Las alternativas van a ser muy difíciles. Depende del apoyo electoral de cada uno. Si en lugar de sacar un 34% sacas un 40% de votos, entonces se puede gobernar en solitario.

¿No ve, entonces, un hipotético pacto del PSOE con Podemos?

No. Vamos a ver. Yo llevo muchísimo tiempo dedicado a esto y durante muchos años he sido el coordinador electoral. Siempre, en la primera rueda de prensa que daba para explicar la campaña me preguntaban por las posibles alianzas poselectorales. Y yo siempre respondía lo mismo: antes de conocer los datos no se puede hablar de alianzas. Es imposible. Ahora mismo yo no veo pactos con nadie. La pregunta es, si triunfa mi partido, ¿están dispuestos los demás a apoyarme?

De cualquier manera, el fin del sistema bipartidista tal y como se entiende ahora no es una buena noticia.

Veamos. En España no ha habido nunca bipartidismo. A un Parlamento con quince partidos no puede acusársele de bipartidismo. Ahora bien, si de lo que hablamos es de lo que la sociedad ha entendido últimamente como bipartidismo, yo no acabo de entender por qué hay que negarle a nadie el derecho a votar a quien quiera. Esto es increíble. Hay muchos enfadados porque la gente vota a tal o cual partido. Oiga, votan a quien quieren y punto. La historia dirá después que quienes votaron a unos u otros pudieron equivocarse, pero votaron a quien quisieron. Si los españoles han querido votar mayoritariamente a dos partidos no han hecho otra cosa que ejercer su libertad.

Sí pero eso se traduce después en la vida diaria de un Parlamento.

Efectivamente, cuanto más diseminado esté el Parlamento, peor para la gobernabilidad. El caso extremo podemos verlo, por ejemplo, en Israel, donde hay tantos grupos que el sistema es muy inestable.

En estas circunstancias, ¿es posible un cambio de la Constitución en el futuro?

Si ahora es difícil, en la próxima legislatura va a ser mucho más complicado. Y de hecho, en esta ya no hay tiempo para hacerlo.

Usted, personalmente, ¿es partidario de una reforma de la Constitución?

Si a mí me encargan cambiar la Constitución la tengo estudiada. Tengo apuntados 79 artículos que yo cambiaría. Pero no se trata de que yo la cambie. Sé que muchas de las cosas que yo cambiaría el resto de fuerzas políticas me dirían que no las quieren. Seamos claros. El consenso no es más que una relación de renuncias. Si todos renuncian a una parte, hay acuerdo. Pero si nadie quiere renunciar, no hay pacto posible.

Pero, ¿cree necesario un cambio constitucional?

Imprescindible no me parece. Necesario, sí. Yo no acepto algunos argumentos que se dan para cambiar la Constitución. Algunos dicen, por ejemplo, que el 60% de los españoles no la votaron. En la americana, el cien por cien no la votó, porque es mucho más antigua. Hay también quienes dicen que cada generación debe tener su Constitución. No. Tendrán sus leyes, pero justamente en la Constitución lo que hay que acordar son estructuras permanentes.

¿Qué le preocupa de la actual?

Que de los llamados derechos sociales, el único incluido como derecho fundamental es la educación. El resto están incluidos en el denominado capítulo de principios, pero no como derechos fundamentales. Y a mí me gustaría preservarlos de que los Gobiernos puedan quitarlos o ponerlos cuando llegan. Que la vivienda o la sanidad y la dependencia estuvieran en los capítulos de derechos fundamentales. ¿le gustaría esto al PP? No lo sé. Pero de eso se trata, de que cada uno ceda un poco y hagamos una Constitución con la que puedan gobernar unos u otros.

Lo que ocurre es que ahora en el cambio sobrevuela el tema territorial.

Sí, y suscitado por los nacionalistas catalanes. Ahora hablan de derecho a decidir, que es un derecho que no existe en ninguna parte del mundo. Se lo han inventado, no hay tratado alguno que lo incluya. Todo el mundo decide todos los días. Lo que quieren decir es independencia. La pregunta es ¿se puede cambiar la Constitución para dar satisfacción al nacionalismo catalán y evitar la independencia? no parece. Si toda la justificación para la reforma constitucional es el nacionalismo catalán, no parece un buen viaje.

¿Qué opina del auto de apertura de juicio contra la Infanta?

Es importante que las instituciones consideren a todos los ciudadanos iguales ante la ley, ocupen el lugar que ocupen en la sociedad. Es curioso que la conocida como doctrina Botín valga para el mundo del dinero y no valga en este caso. Lo importante será lo que acaben diciendo los jueces, aunque antes deberían resolver lo de los derechos de sucesión.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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