Trenes, ruidos, nudistas y las teorías de Coase

25 / 09 / 2013 11:55 Abel Fernández y Javier García
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Ronald Coase, premio Nobel de Economía en 1991, fallecía el pasado 2 de septiembre causando una profunda conmoción en la profesión, a pesar de tratarse de un economista relativamente desconocido para el gran público.

El economista estadounidense, profesor emérito de la Universidad de Chicago y pensador, revolucionó el análisis económico con lo que los economistas denominamos “las externalidades”. Reunía una serie de características bastante peculiares que merece la pena desgranar. En primer lugar, fue una persona muy longeva, falleció a los 102 años de edad; también extraordinariamente productiva, ya que se encontraba a su edad inmerso en la elaboración de una última monografía académica. Coase fue además famoso por tratarse de uno de los pocos economistas académicos de éxito que no utilizaba las matemáticas en sus trabajos. Si bien no se mostraba en absoluto contrario al uso del lenguaje matemático, Coase consideró siempre que su trabajo desarrollaba unas ideas sencillas que podían ser expresadas sin complicación mediante el lenguaje natural.

Negociación.

Los trabajos de Coase abarcaron un amplio abanico de asuntos económicos y empresariales. La forma de abordarlos y sus conclusiones son ya una referencia obligada para todo profesional de la economía, de la empresa y, también, del Derecho. En este sentido, se le ha considerado el padre fundador de la escuela de Derecho y Economía, una rama que aúna ambas disciplinas en un cuerpo de investigación común. Todos estos logros, además, se condensan en dos de los artículos más citados de la historia, El problema del coste social y La naturaleza de la empresa.

No obstante, lo que hace de Ronald Coase un autor tan especial es que su obra, lejos de generar bandos o guerras ideológicas, ha cosechado alabanzas desde todo el espectro de la profesión, a pesar de que la interpretación de su mensaje sí ha generado fuertes disputas. Los economistas no se han dividido entre partidarios o detractores de Coase, sino que la profesión, reconociendo la profundidad de sus sencillas aportaciones, ha debatido largo y tendido, a veces con fuertes divergencias, sobre el significado último de sus teorías.

¿Cuál es la esencia de sus teorías? En el corazón de sus grandes aportaciones late una misma idea, cuyo enfoque revolucionó la ciencia económica: las “externalidades”, a las cuales el autor se refería como un “coste social”. Hasta el enfoque de Coase, la visión de las externalidades era bastante simple. Existe una externalidad cuando uno o varios agentes, al actuar en libertad, generan un coste para un tercer agente que los primeros no tienen en cuenta a la hora de decidir su comportamiento. Un ejemplo clásico de externalidad es la contaminación. Cuando un pasajero solicita un taxi, el único coste que asume es el precio de la carrera. Pero existe otro coste que ambas partes están ignorando: la contaminación que genera el vehículo. La solución clásica al problema, desarrollada por el economista Arthur Cecil Pigou, consistía en una limitación legal del coste causado o en la imposición de un impuesto que incentivase a reducir la cantidad de contaminación.

Lo que Ronald Coase fue capaz de ver antes que nadie es que dicha solución puede distar de ser la óptima y puede dar lugar a resultados incluso contraproducentes. Consideremos el caso de una empresa de ferrocarriles que desea unir una serie de grandes núcleos y que durante su trayecto ha de salvar un fuerte escollo natural, problema para el cual tiene dos opciones. La primera es la perforación de un costosísimo túnel de varios kilómetros que haría el proyecto casi inasumible, mientras que la segunda opción consiste en construir la vía por un estrecho paso natural en el que existe una aldea que se vería seriamente perjudicada por los fuertes y continuos ruidos cuyos habitantes tendrían que soportar. Según la visión tradicional, la construcción de la vía causaría un fuerte perjuicio a la aldea. Sin embargo, en el problema existe una reciprocidad evidente, ya que si los habitantes se niegan a aceptar la construcción de la vía, el coste social para los hipotéticos pasajeros podría ser mucho mayor.

Intereses contrapuestos.

Lo que Coase observó es que, en una situación en la que dos partes tienen intereses contrapuestos, la clave del problema es la magnitud del coste social de cada una de las opciones, y que solo una negociación libre entre ambas partes, siempre y cuando los costes de la negociación sean asumibles, puede dar como resultado el óptimo social.

Siguiendo con el ejemplo, si el perjuicio para los habitantes de la aldea es valorado por estos en 10 millones de euros y la compañía valora dicha línea en 20 millones, existe un claro espacio para la negociación: la empresa compraría el derecho a contaminar acústicamente, en el caso de que dicho derecho perteneciese con claridad a los habitantes de la aldea, y la línea se construiría finalmente. Si, por el contrario, el derecho a contaminar perteneciese previamente a la compañía, la línea de tren se construiría de todas formas. Así, la clave del llamado Teorema de Coase es que, en ausencia de costes de negociación o transacción, es irrelevante quién posea los derechos iniciales, ya que la parte que más valore el derecho a contaminar se hará con dichos derechos.

Consideremos el caso contrario. ¿Qué sucedería si los habitantes de la aldea valorasen su preciado silencio en 30 millones de euros? Como el valor del silencio es mayor ahora para la aldea que para la compañía de trenes, cualquier solución eficiente habrá de tener como resultado la no construcción de la línea, y esto es precisamente lo que ocurre. Si los derechos iniciales corresponden a la aldea, la empresa no podrá pagar lo suficiente como para compensar a la aldea y la línea no se construirá.

Derecho a desnudarse.

El Teorema de Coase va contra nuestra intuición porque explica cómo el resultado eficiente se puede alcanzar independientemente de quién posea los derechos iniciales, pero su relevancia pivota sobre un supuesto crucial: los mencionados costes de negociación o transacción. ¿Qué sucede si la negociación es casi imposible por sus elevados costes? Imaginemos que dentro de la aldea existen fuertes disparidades en la valoración del silencio. ¿Cómo podrá la compañía negociar la compra de todos los derechos individuales? Si los costes de negociación exceden la ganancia posible de una transacción, esta no se producirá. Y, en este caso, sí que es sumamente importante quién posee el derecho inicial: si los derechos están en manos de quienes menos los valoran, el resultado será una fuerte ineficiencia social contra la que poco se puede hacer.

Las aplicaciones del Teorema de Coase surgen día a día en los más variopintos escenarios. Por ejemplo, la ciudad de Barcelona ha prohibido a sus viandantes caminar en bañador fuera de playas y piscinas. El motivo es que se considera de mal gusto caminar en bañador y que el resto de viandantes no tienen por qué observar torsos desnudos al salir a la calle. La negociación en este contexto es seguramente imposible; ¿se imaginan a unos transeúntes pagando a alguien para que se ponga una camiseta, o a un nudista pagando a los transeúntes para que le permitan andar sin ropa? Es difícil saber quién valora más cada opción, por lo que la solución se impone otorgando los derechos de propiedad a los transeúntes.

Los economistas más liberales sostienen que deberían facilitarse todo tipo de mercados de intercambio de derechos, de forma que la negociación libre entre agentes consiga acertar con el óptimo social en multitud de problemas. Por el contrario, los economistas más partidarios de la intervención estatal argumentan que el Teorema de Coase muestra la importancia de una buena regulación para todos aquellos casos en los que la negociación es imposible o incluso poco ética, y que la abundancia de instituciones existentes es un indicador de los múltiples sitios a los que el mercado no puede llegar.

La naturaleza de las empresas.

El segundo artículo de Coase, dedicado a la naturaleza de la empresa, ahonda en la mayor paradoja del sistema de libre mercado. ¿Por qué la institución esencial del mercado, la empresa privada, constituye una isla de jerarquía y socialismo y no está regida por leyes internas de mercado? De acuerdo con la perspectiva de los mercados eficientes, podría parecer lógico que el director pagase por separado a quien hace actividades de secretaría por cada fotocopia realizada, que el limpiacristales cobrase a los empleados de cada despacho por la limpieza, despachos que estos deberían pagar individualmente al arrendatario para después cobrar a su jefe por cada informe realizado.

¿Por qué las empresas privadas, estandartes del capitalismo, funcionan como gigantescas burocracias en lugar de regirse por contratos y precios internos? Ronald Coase encontró que la razón era la misma que en el anterior problema: los costes de transacción harían tan difícil la producción de bienes que los individuos acuerdan organizarse en instituciones vendiendo el derecho sobre su trabajo durante varias horas al día. Cada empleado no negocia por separado cada tarea a realizar: asume que dicha negociación sería demasiado costosa y acepta obedecer y realizar, dentro de lo razonable, las tareas que su responsable le encomiende.

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