Primas de riesgo auténticas

04 / 09 / 2012 12:34 Borja Ventura
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Tres mujeres con un primo apellidado Riesgo sufren también en carne propia los rigores de la crisis y los vaivenes de la economía.

Si algo ha conseguido la situación económica, además de multiplicar el número de parados y arruinados, es deshumanizar la actualidad: índices, palabras técnicas, responsables sin cara... ¿Quiénes son “los mercados” que obligan a hacer tantos recortes? ¿Cómo es esa prima de riesgo que tan nerviosos pone a los gobernantes? ¿Qué cara tienen los bajistas? Pero tras la crisis, como detrás de todo, hay personas e historias. Esta es la historia de la prima de riesgo. La de Laura, Loreto y Teresa. Tres mujeres que cuentan su historia en mitad de la tormenta con un único rasgo en común: las tres son primas de alguien apellidado Riesgo, un vínculo tan arbitrario como la prima de riesgo de verdad.

Laura se levanta todos los días a la siete menos cuarto de la mañana. Antes de salir hacia el trabajo pasea a su perro. Luego se monta en un tren y de ahí, al autobús. En total, una hora de desplazamiento. Es prima de Javier S. Riesgo, un programador de 30 años. Es decir, es una prima de Riesgo, y eso le ha valido no pocas bromas desde que la crisis hizo que todos nos familiarizáramos con vocablos financieros avanzados. Pero la situación actual no entiende de bromas. “Nunca he tenido la oportunidad de quedarme en una empresa, de desarrollarme profesionalmente”, comenta. Siempre la han despedido, y siempre por culpa de la crisis. “Nunca he durado más de nueve meses en una empresa”.

En su entorno hay gente que se ha quedado en el paro. “En mi familia, muchísima gente, aunque algunos han conseguido encontrar otra cosa”. Pasa lo mismo con sus amigos: “De los treinta que son, unos veinte han pasado por el paro. Yo misma he pasado varias veces. Muchos siguen sin trabajo y se están yendo fuera. Los arquitectos o ingenieros, a Alemania o Sudamérica, y los que son de letras están que no saben qué hacer”.

Ella, a sus 28 años, tiene la suerte de tener trabajo, pero algo muy distinto a lo que hacía hace unos años. Ahora se dedica a la arquitectura y la usabilidad web, una competencia muy diferente a lo que hacía al terminar sus estudios de Publicidad. Empezó como ejecutiva de cuentas y poco a poco se fue especializando en lo digital. Al final vio que ahí tenía una oportunidad. “De esto que hago no hay formación, no se puede estudiar como tal. Yo trabajo con lo que he ido aprendiendo y practicando por mi cuenta”.

En otoño de 2007, cuando la crisis empezó, hacía prácticas. Desde entonces hasta ahora ha pasado por seis empresas más. Al final la situación la obligó a reconducir sus pasos: “Si no me hubiera metido en esto no tendría trabajo, seguro”. Pero si las cosas no hubieran sido así hubiera podido seguir en lo que más le gustaba. “Lo que hago me gusta, pero en la empresa en la que estaba hace un par de años hacía más labor de planificación estratégica, que era lo mío. Ahora eso es imposible”.

“Nos han quitado la inocencia”.

“Ni yo ni mis compañeros hemos conocido una época en la que la economía fuera bien. Sé que han existido esos momentos de bonanza, lo sé por cultura, y por los libros, pero yo no lo he vivido”. Cuando la crisis estalló, en otoño de 2007, Loreto Benito empezaba sus estudios. Entonces era menor de edad, tenía 17 años. Hoy, con 22 cumplidos, tiene terminada la carrera de Derecho y le queda un año para terminar la de Administración y Dirección de Empresas. Vive en Las Rozas, desde donde le cuesta casi una hora llegar en coche a Icade, donde estudia, en el centro de Madrid.

La conversación tiene lugar a las 20.30, justo cuando acaba de salir del despacho de abogados donde trabaja. Está en las Torres Kio, junto a la sede de Caja Madrid. Para más inri trabaja en el departamento bancario de su firma, como en sus anteriores prácticas. Es prima de Jaime Riesgo, tres años mayor que ella, responsable de una fábrica de cerveza. Es una prima de Riesgo que, además, sabe perfectamente qué es la prima de riesgo. La de verdad, la que nos trae de cabeza. A ella la crisis no le ha afectado laboralmente, pero sí ha condicionado su formación. “No hemos hecho otra cosa que estudiar casos de crisis: cada reforma legal, cada reforma económica, cada quiebra... cada curso en la universidad ha sido un estudio de la crisis”. En su familia cercana dos personas se han quedado sin trabajo. A ella eso no le ha pasado todavía, pero sí le ha sacudido el ánimo: “Nos han quitado la inocencia, la ilusión de tener trabajo, de cobrar lo que se debe por lo que haces –dice–. Tengo amigos con dos carreras y un máster que no encuentran trabajo. Sí de un nivel inferior, aunque quede mal decirlo, pero no acorde a su nivel de preparación. Encontrarían trabajo, pero solo si se rebajaran. Y tarde o temprano...”.

Muchos de sus amigos todavía no trabajan, así que el paro no es el problema. “Muchos se están yendo fuera”, comenta. “Siento que no hay esperanza aquí, por eso la gente se va”. Las prácticas se le acaban a final de mes ¿Y luego? “No lo sé, me iré unos días supongo. Pero tengo la intención de irme fuera, a Europa, a buscar trabajo. Hablo bastante bien inglés y he perdido un poco la ilusión en España”, dice.

“La gente no habla de otra cosa”.

“A veces cobras, a veces no. Cobras si puedes porque tú eres el último. Y de las extras, olvídate”. Quien habla es Teresa Martín, empresaria barcelonesa de 48 años. Es prima de Juan José Amores Riesgo, que lleva una pequeña imprenta en las afueras de Madrid. Teresa tiene, junto a su hermana, una compañía de envoltorios decorativos. “Cintas, sobres, bolsas, cualquier cosa”, cuenta. Antes de montarla, allá por 2004, también era empresaria. “Tenía otra, más grande, de lo mismo, más volcada a mayoristas y vendiendo en toda España, con mi hermano”. La familia lleva la sangre emprendedora en las venas.

“Las cosas con la crisis van fatal”, se lamenta. “Los dos primeros años fueron muy bien, pero con Zapatero empezamos a notar el declive, hace cuatro años y pico”. En la empresa anterior tenían oficinas, representantes y empleados en las tiendas. En total, entre diez y catorce personas, según recuerda. “Ahora somos dos, mi hermana y yo, y hay muchísimos gastos y obligaciones: no es solo atender la tienda, sino reunirte con representantes, llevar la contabilidad, el trato con el cliente...”.

Lo que peor lleva es el clima de pesimismo. “La gente tiene miedo –cuenta–. No todos están en paro, no todos lo están pasando mal, pero la gente tiene miedo. Y no hablan de otra cosa, es todo el día lo mismo”. Teresa habla rápido, no le cuesta pensar las respuestas. “Es muy cansado hacer de psicólogo, porque va mermando tus facultades. No quiero hablar todo el día de lo mismo, solo quiero trabajar”. Es el efecto contagio del miedo, en el que la crisis monopoliza cada conversación.

Entre ella y su hermana se reparten el trabajo seis días a la semana entre las diez de la mañana y las ocho de la tarde. “Las cosas personales las hago antes, levantándome a las siete de la mañana. Si quieres arreglar la casa, ir al gimnasio, hacer papeles o comprar comida, tienes que hacerlo antes de abrir la tienda, porque después es imposible. Cerramos a las ocho, pero luego siempre hay que hacer presupuestos, cuentas...”, comenta. “Por suerte no tenemos hijos, pero sí tenemos la costumbre de ir con los sobrinos una tarde a la semana, o de ir a ver a mi madre, que tiene 84 años. Mi vida es estar siempre en movimiento, de aquí para allá”. Y lleva el negocio con ella: “Siempre esa presión de pensar qué hacer, qué productos probar y qué productos dejar, reinventarse para intentar que el negocio salga adelante”.

Los problemas a los que se enfrenta Teresa son diferentes a los que tienen quienes trabajan por cuenta ajena. Ni ella ni su hermana saben lo que son las vacaciones. “En Navidad olvídate, porque es la época fuerte, y puentes, no sabemos lo que son. Semana Santa es lo único que cogemos, y algo en verano, dos semanas o así. Hay meses en los que no se llega y tienes que poner el dinero tú. O no cobrar, y si eres autónomo tienes que pagar igualmente”, se lamenta.

A su alrededor, la secuencia se repite. Amigos en paro, gente con empresas que tienen que cerrar, jubilaciones anticipadas.

“Tengo un amigo que tenía una empresa de puertas y parquets, tuvo que cerrar hace dos años y aún no ha encontrado nada –cuenta–. Otra amiga tiene un bar con su padre y este año no van a cerrar en verano porque les va fatal. Al menos el alquiler es barato. De momento, han tenido que quedarse sin vacaciones y ampliar horarios. Luego ya veremos. No tendría que ser así, no hemos hecho nada para que esto vaya así”.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

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