La fábrica de las grandes marcas

18 / 03 / 2011 0:00 Elisa Reche
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Las principales empresas del sector textil confeccionan sus prendas en países del sudeste asiático, donde se pagan sueldos de 50 euros al mes y en los que los trabajadores empiezan a exigir mejoras laborales.

La joven Kong Somean apoya las manos en el regazo y dirige una tímida sonrisa hacia la ventana en una sala de la Confederación de Trabajadores de Camboya (C.CAWDU, en sus siglas en inglés), en la capital del país asiático, Phnom Penh. De los 25 años que apenas aparenta, Somean lleva siete cosiendo pantalones vaqueros para clientes occidentales. “Lo peor de todo es que no me gustan nada los jeans”, apunta la joven, aunque sí viste una chaqueta abotonada de ese material.

A pesar de su expresión apacible, Somean fue una líder de equipo en la factoría de Ton Yon en Phnom Penh durante seis años, y debido a la resistencia que mostró frente a la presión de sus empleadores y a su exigencia de mejoras laborales, la despidieron de su puesto de trabajo. Desde hace un año trabaja en otra fábrica.

A raíz de unas masivas protestas organizadas desde el 13 al 16 de septiembre de 2010, el sueldo de los trabajadores ascendió de 50 a 61 dólares al mes –de 36 a 51 euros–. En aquel mes de septiembre ni el Gobierno ni las empresas fabricantes esperaban que más de 210.000 trabajadores de 95 fábricas, según C.CAWDU, se echaran a la calle durante tres días seguidos hasta obtener alguna mejora laboral.

“Aquel fue un momento histórico para Camboya en todos los sentidos. Fue la primera vez en 30 años que se produjo una protesta de este calibre. Reinó una enorme incertidumbre. Se pasó mucho miedo ante la posibilidad de que la Policía disparara contra los manifestantes o cerrara los sindicatos”, señala el joven académico Dennis Arnold, de la Universidad de Carolina del Norte, quien presenció los tres días de protestas. “El Estado camboyano todavía es autoritario, y aunque tienden a hacer un menor uso de la violencia, utilizan en su lugar los juzgados para silenciar la disidencia de un modo parecido a lo que sucedía cinco o diez años atrás”, añade Arnold.

Empresas textiles occidentales como Zara, H&M y Gap producen muchas de sus prendas en Camboya. Las exportaciones de la industria del textil en Camboya suponen el 70% del total. Miles de jóvenes como Somean han dejado atrás sus pueblos y a sus familias para trabajar en las decenas de factorías donde aplican sus pequeñas manos a coser y ensamblar.

“Casi todos los trabajadores en los talleres somos mujeres. Nos contratan entre los 18 y 25 años y a partir de los 35 te vas de la empresa porque eres menos productiva y probablemente dejas de ser soltera. No quieren pagar bajas por maternidad”, añade Somean, que procede de una provincia vecina del sur del país, Prey Veng, donde el acceso al agua y la electricidad no se dan por supuestos.

Con su madre fallecida y un padre sastre a quien le falla la vista, Somean apoya económicamente a su familia y vive con uno de sus cuatro hermanos en una casucha de una sola habitación donde duermen su cuñada, sus tres hijos y ella, mientras que el hermano pernocta fuera de la casa. Cuando sale de trabajar ayuda a hacer la cena y a acostar a sus sobrinos, y durante su único día libre de la semana, el domingo, acompaña a su cuñada en un tenderete en la calle para vender boles de arroz.

Somean habla una vez al mes por teléfono con su novio, quien trabaja en la construcción en Corea del Sur, donde los sueldos son mejores. Pero tampoco parece muy entusiasmada por su retorno al país en el plazo de un año, ya que fue su padre quien concertó el matrimonio. Aunque no exactamente en su caso, las trabajadoras del textil -un 85% de la mano de obra- están cambiando a marchas forzadas la configuración de una sociedad profundamente patriarcal.

 Negociación laboral.

Keo Boeun, padre de familia que acoge a 11 miembros en su casa de una sola habitación, por la que paga un alquiler de 20 dólares -14,5 euros-, ha estado durante cinco meses sin poder cobrar su sueldo. Acaba de ser readmitido para seguir contando prendas en la empresa Goldfame Enterprises, que entre otras provee a Zara. Inditex ha formado parte del equipo negociador con todas las partes implicadas en la resolución del conflicto para que los empleados de esta factoría resultaran finalmente readmitidos. Otros 157 trabajadores de otras fábricas continúan a la espera.

“Inditex ha estado en contacto permanente con todas las partes implicadas –los propietarios de las fábricas, la asociación de fabricantes textiles, los sindicatos locales e internacionales, la Organización Internacional del Trabajo (OIT), las diversas ONG así como otras empresas de nuestro sector- con el objetivo de alcanzar unas relaciones industriales maduras”, asegura Pablo Sexto, de la Dirección General de Comunicación y Relaciones Institucionales de Inditex.

La empresa textil catalana Mango, por su parte, continuará con su imparable expansión mundial y dentro de poco abrirá una franquicia en Phnom Penh. Scarlett Johansson se recuesta con un sugerente vestido azulado sobre una cama anunciando la próxima colección de primavera en la fachada donde se situará la tienda, en el barrio más internacional de la capital del país del sureste asiático.

“En China es donde, históricamente, hemos fabricado casi todo nuestro volumen de producción. No obstante, se van realizando, a veces, pedidos puntuales para ir conociendo otras fábricas en otras zonas o países. Esto es lo que se hizo en Camboya, pero no descartamos trabajar allí de nuevo en el futuro”, explica Beatriz Bayo, del Departamento de Responsabilidad Social de Mango.

 Diversos turnos.

Pero Kong Athit, de la C.CAWDU, no se queda satisfecho con las recientes mejoras laborales. Despedido en 2001 de un taller tras dos años trabajando en diferentes turnos diurnos y nocturnos cada semana, Athit decidió no quedarse callado al ver a sus compañeras desmayarse habitualmente en las fábricas, donde se producían con frecuencia accidentes y las despedían ante el primer síntoma de enfermedad.

“En aquellos momentos ni siquiera existía el concepto de un sueldo mínimo y tenías que hacer horas extras para llegar a ganar 30 o 40 dólares -22 o 30 euros- al mes. Trabajaba un turno tras otro durante 24 horas seguidas para poder ahorrar algo de dinero y así aprender inglés”, explica el sindicalista, quien desde entonces no ha parado un solo instante de luchar para conseguir una vida mejor para sus antiguos compañeros.

Athit todavía pelea junto a otros sindicatos para obtener de la industria un sueldo mínimo de 91 dólares (65 euros), y una bonificación por antigüedad, asistencia y horas extras. El sindicalista ha visto cómo la mayoría de sus compañeros que se han quejado de las condiciones laborales han sido comprados fácilmente por los fabricantes, y él mismo temió una vez por su vida cuando le tendieron una emboscada nocturna y le amenazaron seriamente por sus actividades sindicales.

“Es preciso cambiar hábitos de consumo, exigir más a las empresas y a los gobiernos. No mirar hacia otro lado. No permitir que lo que está prohibido hacer aquí, en los países ricos, se haga en los países con bajos ingresos”, advierte Eva Kreisler, coordinadora de la campaña Ropa Limpia de España.

“Esas inversiones de las empresas no generan desarrollo en esos países si no se pagan unos salarios dignos que permitan a la gente cubrir sus necesidades básicas y tener un ingreso discrecional o si no se respetan sus derechos básicos, como es el derecho a afiliarse a un sindicato para lograr mejoras en las condiciones de trabajo”, añade Eva Kreisler.

Las empleadas camboyanas se han dado cuenta de que son muchas, cosen mucho, por pocos dólares, y que se merecen algunos más. “En los últimos meses ha habido huelgas en Bangladesh, China, Vietnam, Birmania... Lo que hace más apremiante la necesidad de que empresas fabricantes, empresas clientes y gobiernos comiencen a trabajar para mejorar las condiciones de trabajo y principalmente salariales”, añade la coordinadora de Ropa Limpia de España.

Cae la noche y se reduce el tráfico de las motocicletas que atraviesan Phnom Penh como hormigas en procesión. Mientras se lleva un pincho de ternera a la boca en un típico asador chino-camboyano de la capital, Kong Athit escucha el último ránkin sobre los hombres más ricos del planeta elaborado por la revista estadounidense Forbes y se sorprende de que algunos de ellos estén relacionados con la industria textil.

Escríbanos: tiempo@grupozeta.es

COMENTARIOS

  • Por: leli karina quispe altamirano 02/08/2012 20:42

    la informacion no es tan espesifica ni detallada para una informasion completa ni monogrofia por eso eso es que recurimos al aseso de siverneticos

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