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Juan Bolea|Visiones
Historia del diablo

Al comienzo de la era cristiana, Satanás aparentó haber sido derrotado, pero pronto volvería a la carga.


23/04/10
SOLTANDO LASTRE, la Iglesia católica se ha desprendido de uno de sus grandes rivales: Lucifer. El Papa Benedicto XVI ha decretado la infalible inexistencia del diablo como ente espiritual y del infierno como sede de eternos castigos. Pero, aunque la curia haya enviado a Satán al museo de cera, encerrando a sus lugartenientes en las mazmorras vaticanas, el mal seguirá medrando. Nuestro diablo interior, más difícil de exorcizar, continuará haciendo de las suyas, intrigando para desequilibrar la balanza con el bien.

El demonio clásico era, pues, contingente y vulnerable. Arrojado, en primer lugar, a los abismos por el dedo de Dios y, ahora, en su segunda caída, al conocimiento y la crónica, al olvido y la sátira por el rayo de Ratzinger (poderoso como aquella lanza del arcángel Gabriel que desollaba a los malos espíritus), ha sido alcanzado, herido por el tiempo. Puede ya, por tanto, narrarse su rica, antigua e innoble historia. A la espera de una actualizada revisión, sugiero releer la que Daniel Defoe redactó en 1726, y que acaba de editar Capitán Swing Libros.

En su Historia del diablo, Defoe discrepaba de Milton respecto a la expulsión del cielo y confinamiento de los ángeles rebeldes en negras simas cuya llave guardó Yavéh. La imagen que Defoe tenía de Satán era la de un príncipe vagabundo. Para investirlo de esa corona citó el Libro de Job, cuando Dios preguntó a Asmodeo de dónde venía y el ángel oscuro repuso: “De rodear la tierra y andar por ella”. Y de atentar contra el hombre, podría haber añadido Belcebú, expresando su aversión a su temible rival, a cuyo universo y género hizo objeto de tentación y horror. Su odio a Dios y la divina predilección por la criatura humana inspirarán la primera ocupación del diablo: pervertir a los hombres para que lleguen a rebelarse contra el Supremo, como Luzbel se rebeló.

En su estrategia, Belial lo aprovechará todo. Si ya en el primer sueño del paraíso la mujer salió del hombre, en el segundo el diablo entrará en la mujer.

La seducción de Eva por la vanidad y el halago fue una obra maestra de la asechanza diabólica, el primer gran triunfo del mal, pero cuando El Perro consiguió hacer sospechar a Caín que su hermano Abel estaba vulnerando sus derechos de primogenitura, inundándole de furia y deseo de venganza, estaba colocando los cimientos del crimen. Tras verter esa sangre inocente, todo fue coser y cantar. El demonio confundió la lengua de Noé embriagándole con vino y confundió las lenguas de los hombres con una Torre de Babel que, al derrumbarse, sembraría de ruinas los imperios, y de serrallos, como el de Salomón, las cortes y los sentidos.

Al comienzo de la era cristiana, Satanás aparentó haber sido derrotado por Constantino y los suyos, pero pronto volvería a la carga, alentando herejías y corrompiendo papas. Según Defoe, el reino del mal se extendería rápidamente por el Asia oriental, el meridión africano, Europa septentrional, China, Persia y el Nuevo Mundo, donde Mefistófeles se hizo rendir pleitesía bajo monstruosos ídolos... ¿Sería posible que, en el fondo, Defoe hubiera escrito una historia del hombre?
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