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Ignacio Vidal-Folch|Visiones
Tebeos excelentes

DIBUJOS ANIMADOS, la última columna de Vicente Molina Foix en esta sección, criticando los cómics o la consideración de los cómics como una de las bellas artes, y censurando la institución de un premio nacional del cómic que concede el Ministerio de Cultura, ha levantado ampollas entre numerosos lectores aficionados a las historietas, que han escrito cientos de cartas al director.


01/10/09
Como yo me empleé durante muchos años en la industria de los cómics, fui guionista y encima escribí, a modo de despedida, un libro titulado precisamente El canon de los cómics, en homenaje a las mejores realizaciones de sus cien años de historia, y como se me presentan muy pocas ocasiones de hablar de esta pasión mía casi extinta, me voy a tomar la libertad de glosar aquí el artículo de mi admirado colega y explicar en qué le respaldo y en qué discrepo.

En primer lugar, acordemos que, en efecto, el Ministerio de Cultura incurrió en inepcia instituyendo ese premio. Una distinción así tendría sentido en nuestro país vecino del norte, Francia, donde todavía existen docenas de editoriales, centenares de novedades y publicaciones cada año, y miles de profesionales que se ganan la vida y complacen a su clientela, que se cuenta por millones de lectores. En España, por el contrario, la industria es precaria, la mayoría de los escasos profesionales trabaja para editoriales extranjeras y la oferta al público consiste básicamente en productos japoneses, americanos y, en mucha menor medida, franceses.

El tebeo autóctono, el tebeo nacional, que tuvo una historia interesante, prácticamente se ha extinguido, y a estas alturas del partido convocar un premio ministerial es como convocarlo para el mejor romance de ciego. Más hubiera valido crear un museo de los tebeos. Recurro adrede a términos como “industria”, “oferta”, “productos” y “clientes” porque, efectivamente, en lo esencial el cómic es una industria volcada a la comunicación narrativa, o, si se prefiere, un medio de comunicación de masas, que, como en su momento el cine (“el cine de los pobres” es como definió el gran Hugo Pratt a los tebeos), que se autobautizó como “séptimo arte”, inventó su propio y específico lenguaje, en el que participan la palabra y el dibujo y no debe ser despreciado como bárbaro o simplón.

Todo lo contrario: es una maravilla, aunque sea sólo por las posibilidades de la secuencialización y las elipsis que permite. Que merezca ser considerado arte o no dependerá, seguramente, de la excelencia y virtuosismo que pueda desarrollar tal o cual artista y obra concreta, igual que una corrida de toros puede ser algo sublime o pura charcutería. El lenguaje del cómic resulta decepcionante en algunos registros temáticos, pero muy válido e incluso idóneo para otros. Se maneja mal con la penetración psicológica y con el drama, pero en cambio es un formidable vehículo para otros géneros: el humor, la fantasía futurista o la confesión autobiográfica, como demuestran las espléndidas realizaciones de las últimas generaciones de profesionales norteamericanos y franceses.
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