ESCRIBO ESTE ARTÍCULO para tratar de explicarme ante aquellas personas que, en un número sorprendentemente elevado, se han sentido ofendidas por mi artículo Dibujos animados.
01/10/09La Firma de la polémica Dibujos animados
Tebeos excelentes, por Ignacio vidal FolchY escribo, por desgracia, para una minoría, pues, junto a la legítima argumentación razonada de una queja o un rechazo a mi texto, lo predominante en esas ofendidas reacciones ha sido la expresión de un grotesco fanatismo propio de secta de iluminados. Por fortuna sé de sobra que los amantes del cómic, la historieta y el cine de animación ni mucho menos son todos de esa baja calidad. Reitero aquí que no aprecio tales formas de expresión, pero me precio de tener entre mis mejores amigos a entusiastas del cómic, como
Fernando Savater, Ana Merino o Luis Alberto de Cuenca, sin olvidarme del inolvidable
Terenci Moix, autor de uno de los primeros ensayos serios sobre la materia, que leí en su día y conservo anotado.
No me gustan las películas de animación ni tengo feeling por la historieta, que conozco (sin seguirla religiosamente al día, eso no) más de lo que piensan algunos de mis indignados replicantes. Pero ¿por qué tanta saña sobre un artículo de 40 líneas? Cuando uno escribe en periódicos, como yo lo hago regularmente desde hace 40 años, la vehemencia puede a veces ser un instrumento para iniciar una polémica; haciendo un recuento rápido, recuerdo haber escrito, sin ser yo un columnista del género killer, textos más abrasivos que Dibujos animados contra, por ejemplo, el teatro del celebrado director
Pandur (al que prefiero llamar Pladur), el cine del iraní
Kiarostami y el flamenco, este último en estas mismas páginas. Eran artículos que reflejaban mis gustos y trataban de expresar una disidencia sin pretender –al contrario que muchos de los que ahora me han contestadoboicotear, prohibir ni atentar contra la existencia de ninguno de ellos. Mi único delito en todos estos casos está hoy por hoy amparado por la ley y es además incruento, pues no sale del campo del juicio estético;
Kiarostami sigue imparable su carrera de honores y el cómic goza de excelente salud, realizado, publicado, leído masivamente y premiado. De igual modo, cuando alguien desprecia, con el inevitable defecto de la generalización en que incurrí, “el cine francés”, “la ópera” o “el arte conceptual”, yo, deplorando esa actitud, no empuño las armas ni pido cabezas; algunas de ellas son cabezas queridas.
Está, por otro lado, la escala de valores artísticos, y en ese sentido creo sinceramente que
Ionesco o
Boris Vian se merecen más conmemoración que
Astérix, del mismo modo que pienso que la avalancha mediática a favor del mundo del cómic no tiene su correspondencia en el tratamiento de la videocreación o la música clásica contemporánea, terrenos que a mí me interesan muchísimo más. Cuando leí el viernes 18 mi artículo ya publicado en Tiempo, me pareció que había dos pasajes desproporcionados. Uno es la comparación filatélica, y por ella pido disculpa, pues es claramente injusta, aun como ironía. También iba a disculparme por la frase del “escaso aprovechamiento”, pero ahora, al leer los comentarios más cafres que me han llegado, lo reconsidero. En gente de mucha valía intelectual (el reciente y tristemente desaparecido
Juan Antonio Ramírez, cuyos estudios sobre el cómic y la arquitectura fílmica me apasionan, es uno de ellos) la frecuentación de la historieta no causa daños colaterales; en otros, por desgracia, parece fomentar la zafiedad y la tontuna.