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Juan Bolea|Visiones
El lenguaje de las momias

Si Peter Pan creía en las hadas, ¿por qué no vamos a creer nosotros en la durmiente actividad de las momias?


08/04/09
El museo egipcio de El Cairo es uno de los más singulares del mundo y el único en el que me gustaría quedarme a dormir. Especialmente en la Sala de las Momias.

Por las noches, el viejo Seti sacude con ruido de tabas sus momificados huesos, despierta a Tutmosis y a Ramsés y discute con ellos sobre las campañas contra los hicsos o contra los guerreros negros que habitaban más allá de la última catarata. ¿Alguien puede probar que eso no ocurre? Si Peter Pan y Arthur Conan Doyle creían en las hadas, ¿por qué no vamos a creer nosotros en el lenguaje telepático, en la durmiente actividad de las momias?

Al fin y al cabo, los faraones inventaron la inmortalidad. Dedicaron su existencia al sagrado misterio del viaje eterno, y ni el tiempo ni la historia tienen derecho a defraudarles. Como nunca lo hicieron sus hábiles embalsamadores. Gracias a sus artes mortuorias, ninguno de esos legendarios y momificados reyes parece haber muerto de la misma manera en que lo han hecho o lo harán el resto de los humanos.

Conforme a su condición de inmortales, los faraones conservados en el Museo Egipcio aparentan dormir. Simplemente hay que aislarse entre el bullicio, inclinarse sobre sus urnas de cristal y observarles hasta sorprender un pálpito en un párpado, un temblor en la nuez o cómo los arácnidos dedos que sostuvieron sellos de oro, cubiertos ahora de un pellejo oscuro, imperceptiblemente se encogen y estiran arañando el sudario con uñas que no han dejado de crecer desde que comenzaron a decrecer las pirámides, erosionadas por el viento del desierto. Hay vida, inteligencia en sus ojos, y cuando el último turista ha salido a la plaza Tharir y los vigilantes han apagado los neones que hacen brillar las placas de oro de los siete sarcófagos de Tutankamón, los faraones regresan al festín de la vida y llaman al más joven de ellos, un poco celosos de su fama, esperando que su momia, atrapada en el Valle de los Reyes, escape y haga sobrevolar su espíritu y su maldición, Nilo arriba, hasta los puentes de El Cairo.

También volverá a la vida el desdichado Sekenenre (1570 a.C), muerto de cien heridas. Su cráneo roto denuncia un golpe de hacha alrededor del cual se ensangrentó y enmarañó su pelo; una espada penetró en su mejilla y un bastonazo le hundió el parietal. Mejor aspecto tiene la momia de Ahmuse, su sucesor, con un cierto aire romano debido a un paño de lino que le envuelve el torso como una toga, aunque el resto de su cuerpo desnudo se tenga sobre el puro esqueleto.

En ese aquelarre de faraones se nos hablará del poder, cuya naturaleza dominan, y de los dioses, por cuyas supersticiones velaron. En sus épocas de esplendor, la religión no se había separado del trono; no era aún palabra, metáfora, y con el cetro de serpientes y lotos infundía tanta veneración y temor como más adelante el carro de Elías o la zarza ardiente del Sinaí.

¿De verdad están muertos los faraones? Escóndanse una noche en la Sala de las Momias del Museo Egipcio y verán.
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