20/03/09 La crisis económica ha cambiado la agenda de la Casa Real, y tanto los monarcas como los Príncipes de Asturias han bajado de las musas al teatro, y del protocolo institucional a los centros de poder de la situación financiera o a las anchas barriadas en las que anida el desaliento. La buena percepción del entorno y el instinto para la oportunidad son virtudes innegables del juancarlismo: un sentido de Estado con una lúcida dependencia del olfato innato del Rey para situarse en cada momento en el sitio más oportuno.
Cuando casi cuatro millones de españoles están en el paro, y otros muchos viven la amenaza inminente del desempleo y de la pobreza, no se pueden cerrar las ventanas de palacio e ignorar el sufrimiento de la ciudadanía. Los Reyes no tienen una vara mágica para resolver o aliviar la situación, pero disponen de una innegable fuerza moral -a la que no es ajena la ejemplaridad-, y su concurso puede ser eficaz en el mundo globalizado, en los altos foros en que la Corona de España goza de un gran prestigio. Que el Rey se reúna con trabajadores autónomos o que don Felipe acuda a Estados Unidos al frente de una misión comercial son actitudes que transmiten confianza y cercanía.
Si es opinión generalizada que el Rey se ganó su legitimidad moral en la tarde-noche en que vistió el uniforme sobre el pijama para grabar su mensaje televisivo que desarticulaba la intentona golpista del 23-F, hoy puede dar pasos adelante en esa misma dirección bajando a los talleres o subiendo a los despachos en los que se sufre y se cuece la crisis. La actual situación puede ser, de algún modo, el 23-F del príncipe don Felipe, el heredero.