Terciopelo azul
La finura psicológica de Schnitzler admiró a uno de sus más ilustres paisanos, Freud.
Hacía mucho tiempo que no leía una novela donde las habitaciones estuvieran decoradas con pesados cortinajes, bustos de Schiller y sofás de terciopelo azul. Donde la tamizada luz, además del interior de los personajes, procediera de lámparas modernistas o de ventanas altas y estrechas frente a las cuales sobresalieran torres de iglesias. Cárceles, jaulas de oro, mullidas estancias con aroma a tabaco y a perfume francés, lejos y a salvo de la realidad, por las que sólo transcurrieran, como hermosos pájaros, personajes selectos: artistas, bohemios, aristócratas, la élite judía y creadora que, a principios del siglo XX, hizo de Viena un emporio cultural. Contra lo que esta breve introducción pudiera sugerir, esta mágica novela, empastada en satén y en hojas de hierba –Camino a campo abierto (El Olivo Azul)– no aparece firmada por Oscar Wilde ni por Marcel Proust, sino por un médico austriaco que dejaría su huella literaria como narrador y profeta: Arthur Schnitzler.
El protagonista de Camino a campo abierto es Georg von Wergenthin, un diletante de la belleza y de la música en búsqueda de su realización como artista. En cierta medida, un trasunto del autor, pues el propio Schnitzler se definiría en sus diarios de una manera que capítulo a capítulo nos irá recordando la caracterización de su héroe: “Revolucionario sin coraje, aventurero sin capacidad para soportar incomodidades, artista nada hacendoso, sin tendencia a mejorar...”. En la novela, entre paseos urbanos y campestres, los trabajos y los días de George no están ocupados por otras inquietudes que las derivadas del amor, las nuevas técnicas orquestales o los debates políticos surgidos en los cafés o en los salones de las aristocráticas familias vienesas, algunos de cuyos más relevantes miembros comienzan a soñar (estamos en 1908) en el Estado de Israel. Así, uno de los próceres, el viejo Ehremberg, apostrofará en su tertulia: “¿Quiénes crearon el movimiento liberal en Austria? ¡Los judíos! ¿Quiénes delataron y abandonaron a los judíos? ¡Los liberales! ¿Quiénes crearon el movimiento nacional alemán en Austria? ¡Los judíos! ¿Quiénes dejaron a los judíos en la estacada, quiénes les escupieron como a perros? ¡Los alemanes! E igualmente les ocurrirá a ustedes con el socialismo y con el comunismo. En cuanto la sopa esté servida, les echarán de la mesa”.
Entre los episodios que se van enhebrando en el tapiz de esta novela singular destaca la historia de aquella actriz que, habiendo nacido prácticamente sobre las tablas, disipada su juventud entre el elenco de una compañía itinerante, nunca llegaría a distinguir con claridad la ficción dramática de la prosaica realidad. Una suerte de Don Quijote con túnica de Juana de Arco y Julieta, de Ofelia y Desdémona, pero sin éxito, sostenida sólo por sueños dorados de remotas glorias. Hasta que, a las puertas de la muerte, la vida real se le apareciese como la desconocida revelación de una verdad inmutable... La finura psicológica de Schnitzler admiró a uno de sus más ilustres y contemporáneos paisanos, Sigmund Freud, quien le escribiría en carta personal: “Tengo la impresión de que usted ha aprendido mediante la intuición todo lo que yo he tenido que arrancar laboriosamente a muchas personas”.