Adictos al cine español
La mejor forma de recuperar la memoria histórica es ver una buena película. He tenido la suerte de asistir recientemente a la proyección de tres magníficas producciones españolas y aún me quedan por ver muchas más.
La mejor forma de recuperar la memoria histórica es ver una buena película. He tenido la suerte de asistir recientemente a la proyección de tres magníficas producciones españolas y aún me quedan por ver muchas más. Una de ellas cuenta la historia de trece jóvenes, siete menores de edad, que fueron fusiladas por las tropas franquistas el 5 de agosto de 1939 en la tapia del madrileño cementerio de la Almudena. Se trata de Las 13 rosas, de Emilio Martínez Lázaro, basada en el libro de mi compañero en “Tiempo” Carlos Fonseca, que rehabilitó la memoria de las 13 heroínas a través de las cartas que dejaron antes de ser fusiladas, de los testimonios de sus familiares y de las compañeras que lograron sobrevivir a aquella tragedia que se ha mantenido oculta durante más de seis décadas. La realidad escrita por Fonseca es más dura que la narración cinematográfica de Martínez Lázaro. Supongo que el realizador (y autor del guión junto a Ignacio Martínez de Pisón y Pedro Costa) ha pretendido suavizar la crueldad de algunos personajes para no cargar las tintas a una tragedia casi inverosímil por su crudeza, en definitiva, para añadir matices a una historia de buenos y malos. Por poner un ejemplo, la directora de la cárcel, una mujer implacable en la realidad, se conmueve en la pantalla frente al sufrimiento de las niñas presas. Las imágenes comienzan con suavidad, mostrando la vida cotidiana de los personajes, para entrar en una progresión dramática que corta la respiración. Habrá que felicitar a los actores, que consiguen atrapar al espectador conozca o no previamente los hechos, pero, sobre todo, a las cinco protagonistas, algunas tan experimentadas como Pilar López de Ayala o Marta Etura, que ya bordó su papel en la espléndida Azuloscurocasinegro, ópera prima de Daniel Sánchez Arévalo. De todos los que nos encontrábamos en la sala de proyección ni uno solo pudo contener las lágrimas.
No quiero reducir mi entusiasmo a la hora de elogiar a José Luis Garci por Luz de domingo, basada en la novela de Ramón Pérez de Ayala y ambientada a principios del siglo XX. Una historia de amor y violencia en un tiempo de caciques y políticos tiranos, cuya injusticia y crueldad es comparable a la de los sanguinarios verdugos guerracivilistas, protagonizada por Paula Echevarría y Alfredo Landa, que ha prometido despedir su carrera cinematográfica con esta interpretación memorable, tanto como la de un insólito Carlos Larrañaga, en un papel muy similar al del gran Robert Mitchum en Con él llegó el escándalo. Como en todas las películas de Garci es esencial su maestría para recrearse lentamente en el paisaje, la fotografía, los decorados, el vestuario y la música, porque, como siempre, ha sabido rodearse de los mejores especialistas. Apenas me queda espacio para aplaudir a Gracia Querejeta por Siete mesas (de billar francés), pero ya lo ha hecho cumplidamente la crítica y el jurado del Festival de Cine de San Sebastián, que le otorgó el premio al mejor guión y la Concha de Plata a la mejor actriz a Blanca Portillo (faltaba otro premio para Maribel Verdú). Siete mesas no es histórica, sino didáctica, porque a través de los personajes meticulosamente definidos por Gracia Querejeta se aprende a recomponer la vida cuando el mundo se hunde bajo tus pies. Como en la inolvidable historia de Héctor, describe con un lenguaje cinematográfico lleno de sensibilidad, conflictos familiares, gestos de solidaridad y amistad entre unos seres solitarios, irónicos y tiernos. Da gusto exclamar: ¡Qué grande es el cine... español!