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Nativel Preciado|Tal como somos
El otoño hostil

El otoño se ha convertido en una estación hostil y, sin embargo, recuerdo cierto entusiasmo infantil por esta época del año.


El regreso de las largas vacaciones veraniegas provocaba incertidumbre en los niños (me refiero a los de mi generación), pero también el reencuentro placentero con lo cotidiano: los amigos del barrio, los juguetes, los compañeros de pupitre, los estuches de pinturas, los nuevos cuadernos... Quizá no fuera tan idílico como lo cuento, pero no exagero cuando afirmo que el fin del verano, incluso para los adultos, era menos traumático que ahora. Se produce un clamor generalizado sobre lo duro que es volver a la cotidianidad. La mayoría de los retornados sienten nostalgia de su dichoso verano y la conversación más recurrente, en estos primeros días de septiembre, es que ya nada volverá a ser tan placentero hasta el próximo periodo de descanso.

Ni siquiera nos consuela saber que millones de seres humanos carecen del privilegio de descansar durante varias semanas seguidas. Unos disfrutan sólo de escasos días desperdigados, lo cual les impide concebir largos periodos de ocio contemplativo. Otros ni siquiera tienen derecho al descanso ni la posibilidad de disfrutarlo. Soy consciente de referirme, en este caso, a una privilegiada minoría a la que tengo la suerte de pertenecer. Así que puedo escribir con conocimiento de causa de ese desasosiego posvacacional que se ha convertido en una enfermedad contagiosa con una sintomatología ambigua: insomnio, agotamiento, falta de concentración, ansiedad... Todo parece indicar que no se sabe bien cómo definir el malestar que causa el uso irracional del tiempo, las compras, las prisas, los inclementes horarios laborales, los agotadores desplazamientos, los infernales atascos, en definitiva, lo que implica el trabajo en la gran ciudad. Y lo peor es que no tiene remedio, porque no depende sólo de uno mismo, sino de un sistema en el que todas las piezas están desajustadas. Leo algunos datos demasiado fatalistas: el 38% de los asalariados, es decir, más de siete millones y medio de españoles, sufre trastornos psicológicos (en otras latitudes lo llaman “burnout” o “mobbing”) provocados por el trabajo.

Se supone que volvemos de un tiempo sosegado, sin horarios para comer, despertar o dormir y sin citas previas; los encuentros con los amigos se improvisan en función de las apetencias; leemos libros con lentitud o, incluso, de manera indolente, el periódico que hemos ido a comprar en bicicleta; ni los desplazamientos ni el uso del coche son imprescindibles; paseamos o hacemos deporte por placer y no por prescripción médica; podemos quedarnos las horas muertas contemplando el cielo, el mar o la gente que nos rodea e incluso realizamos satisfactorios trabajos manuales de lo más creativos. Las vacaciones están hechas para recuperar energía y encontrar el equilibrio interior, por eso deben ser sabiamente utilizadas. Se preguntarán a estas alturas si no es utópico hacer compatibles estos apuntes que dan idea de una vida idílica con cualquier tipo de trabajo remunerado y, además, satisfactorio. Lo es, sin duda, pero, si queremos soportar dignamente el resto del año no podemos renunciar a las pequeñas utopías.
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