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Ricardo Menéndez Salmón|Visiones
Anselm Kiefer

La primera vez que escuché el nombre de Anselm Kiefer fue a propósito de una obra suya titulada `Leviatán´, una caja de ascensor construida en acero y plomo que el artista había rellenado con tantos guisantes como personas había censadas en la República Democrática Alemana antes de la caída del Muro.


La primera vez que escuché el nombre de Anselm Kiefer (Donaueschingen, Alemania, 1945) fue a propósito de una obra suya titulada Leviatán, una caja de ascensor construida en acero y plomo que el artista había rellenado con tantos guisantes como personas había censadas en la República Democrática Alemana antes de la caída del Muro. No por obvia, la metáfora resultaba menos impactante. La obra abrumaba por su monumentalidad y –valga la paradoja– por la elocuencia de su silencio.

Poco después, recuerdo haber leído una entrevista concedida por Kiefer a un diario de tirada nacional en la que reflexionaba acerca de sus intereses fuera del mundo del arte. Kiefer mencionaba dos escuelas de humildad a las que le gustaba acudir: la astronomía, que enseña al hombre sus límites como cuerpo dentro de un universo inconmensurable, y la filosofía, que informa al hombre de sus límites como inteligencia.

Transcurrió luego una década antes de que pudiera admirar el trabajo de Kiefer en vivo. Fue en el Museo Guggenheim de Bilbao, cuando esta institución adquirió para su colección permanente una pintura del artista titulada Las célebres órdenes de la noche. La impresión que aquella gigantesca pintura produjo en mí resulta todavía hoy imborrable. La sencillez de la obra es engañosa: un hombre vestido sólo con unos pantalones yace tendido en una tierra ocre, áspera, en apariencia yerma; sobre él, sobre su indefensión, sobre su casi completa desnudez, el espacio estelar. Contado así, el asunto parece poco prometedor, pero ante esa pintura uno experimenta un estremecimiento difícil de satisfacer con palabras. Es como si alguien hubiera abierto una puerta en una pared, pero una puerta que conduce muy lejos. Hasta el próximo día 3 de septiembre, dentro de los actos que conmemoran su décimo aniversario, aún se puede visitar la muestra que el Guggenheim bilbaíno ha dedicado a Anselm Kiefer, y en la que se recoge una selección de su obra desde principios de los años 90, con piezas como Mujeres de la Revolución, colección de camas de plomo de las heroínas de la Revolución Francesa, hasta el pasado año 2006, con piezas como Para Paul Celan, homenaje al poeta rumano, cantor de Auschwitz y suicida en el Sena, en forma de libros también construidos con plomo, el material predilecto de Kiefer.

La antología incluye obras tan asombrosas como La vida secreta de las plantas, un fresco compuesto por 28 pinturas basadas en la teoría de un botánico llamado Robert Fludd, según la cual cada cuerpo vegetal tenía su correlato en la bóveda celeste, y otras tan monumentales como Chevirat Ha-Kelim, un fascinante conjunto de arcos que Kiefer concibió para la capilla del hospital psiquiátrico de la Salpêtrière de París, y en los cuales el artista reflexiona acerca de la Cábala, el misticismo hebraico y las jerarquías angélicas. De esta mezcla de desmesura, simbolismo y peso del contexto surge un espectáculo difícil de olvidar. Porque hay muchos artistas, pero sólo uno llamado Anselm Kiefer.
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