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Memoria en sepia
Caza muy mayor







El marqués de Gudamendi no quería recibir lecciones de nadie, y menos de un guarda al que consideraba obsoleto y antiguo.
Alfonso Ussía
30/07/10
LOS AMPLIOS Y PRECIOSOS PREDIOS DEL CONDE del Valle del Rudrón estaban confiados a la sabiduría y experiencia de su guarda mayor, Benigno. El propietario no gustaba de la montería y guardaba para sí, en el noble arte del rececho, sus mejores reses. Pero era generoso, e invitaba a sus amigos a cazar a mano perdices, liebres y conejos, cuando no faisanes, ya establecidos en la finca como si de una especie autóctona se tratara. Y cuando un amigo cazaba, el conde siempre lo hacía acompañar por Benigno, que sabía más del campo que los propios robles.

Se presentó una mañana de octubre, otoño caluroso, el quisquilloso y punzante marqués de Gudamendi, célebre en el reducido mundo de la cinegética por su buen tino en el disparo y su mal talante en los campos. Gudamendi no quería recibir lecciones de nadie, y menos de un guarda al que consideraba obsoleto y antiguo.

Ascendía el marqués de Gudamendi por un ligero altozano en compañía de Benigno cuando saltó una perdiz roja brava, rompiente y atronadora. El tiro de Gudamendi, rápido y certero, hizo caer al pájaro, como le dicen por los sures españoles. Benigno, raudo, acudió a cobrar la perdiz, y con sencillo magisterio, voceó su identidad: “¡Perdiz macho de siete meses!”. Gudamendi refunfuñó.

Una liebre abandonó su cobijo, y el disparo del marqués la descuadernó. Benigno examinó lo que de ella quedaba: “¡Liebre hembra de once meses y preñada!”. Gudamendi refunfuñó. Conejo imprevisto y tiro perfecto. Benigno, rápido se hizo con él. “¡Conejo macho, cuatro meses y medio!”. Y Gudamendi resopló de indignación.

El faisán era un macho. Eso lo sabe cualquiera por el brillante plumaje. Pero Benigno iba mucho más allá. “¡Faisán macho, nueve meses de edad y criado en cautividad hasta los cuatro!”. Gudamendi tomó una decisión después de resoplar como un rinoceronte.

Volvían hacia la casa cuando un disparo seco cortó el aire de un valle. Se oyó un “¡Ayyy!” lastimero y trágico. Benigno cayó como una pelota. El malvado y quisquilloso Gudamendi no pudo reprimir un alarido: “¡Guarda mayor, macho y de unos 63 años!”.

Benigno fue enterrado entre una impresionante manifestación de dolor. El marqués de Gudamendi se suicidó después de sopesar los años de cárcel que le iban a caer. El conde del Valle del Rudrón vendió su finca y no quiso saber nunca más de la caza y sus aconteceres.

La sapiencia excesiva causa estragos.
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