Los toros: ¿prohibir o permitir?
Aquello que no provoque daños a terceros no debe merecer la intervención de instituciones que vengan a regular lo que hacen los ciudadanos.
12/03/10
DESDE QUE LOS SERES HUMANOS viven agrupados en colectividad la necesidad de reglas o normas de convivencia es una característica aceptada por las diferentes sociedades que han existido en la Historia. Toda reglamentación establece expresa (y a veces tácitamente) qué puede hacerse y qué no. Y cuando esas reglas son violadas por algún componente de la colectividad, ésta se siente legitimada para sancionar al infractor. La dureza de la sanción ha venido evolucionando a través de los tiempos hasta llegar a la modernidad, en que se establece como ley el objetivo de la recuperación del infractor y su reinserción en la sociedad.
La introducción que antecede intenta situar lo que consideramos transgresión en algunas de las actividades que en el mundo contemporáneo se buscan hacer desaparecer, como fumar, tomar drogas, golpear a las mujeres y los niños en la vida familiar y otras.
Ahora parece que ha llegado el turno a las corridas de toros. No hay duda de que siempre ha habido partidarios, aficionados y amantes de la fiesta de los toros; y también personas que han considerado que es una fiesta fundada sobre el maltrato a los animales, en este caso el toro. Esta dialéctica histórica toros sí-toros no ha podido influir en la evolución de la afición, que se ha reducido en los últimos años y, sobre todo, que ha situado en los cohortes de edad más avanzada a sus aficionados.
Así las cosas, un Parlamento autonómico, el de Cataluña, ha planteado la cuestión en otros dominios, los de la identidad. De poco sirve que algunos políticos intenten explicar que no hay más argumento que el de evitar el sufrimiento al animal cuando otros enseñan el objetivo de distinguirse de los demás por ser aquella una “fiesta nacional”.
En medio del ruido taurino y antitaurino que llega de Cataluña, en Madrid la representante institucional de la región contesta con una declaración de interés cultural para la fiesta de los toros en claro contrapunto a lo proclamado por los políticos de Cataluña. De nuevo la identidad (debo confesar que cuando oigo esta palabra en boca de políticos o la leo en las páginas de un periódico me echo a temblar. Pocos son ya los que esgrimen el término identitario sin afán de encontronazo o desunión con otros conciudadanos).
La conclusión que puede obtenerse de los planteamientos presentados es que las dos iniciativas, la de los políticos de la Comunidad Autónoma de Cataluña y los de la Comunidad Autónoma de Madrid están viciadas por objetivos que tienen escasa relación con la fiesta de los toros, buscan notoriedad a través del enfrentamiento para obtener mejores resultados electorales.
Este es el drama de la política moderna: no existen otros objetivos que los de engordar la saca electoral, aunque pueda ser a costa de desunir, desgajar o desvertebrar.
Alguien podría pensar que estas reflexiones intentan eludir un posicionamiento claro sobre el tema concreto que unos y otros han utilizado para querellas que no tienen ninguna relación con la tauromaquia. Un poco de paciencia.
Los toros son un arte, dicen reiteradamente los partidarios de la fiesta. ¿Existe arte en el toreo? Sí, hay arte en los toros. Es el arte de evitar el empujón brutal de un animal con el estilo esquivo de un capote. Todo ello aderezado a través del tiempo con el color, la música, el aroma y la plasticidad del movimiento.
Los toros son un espectáculo sobre el sufrimiento de un animal, argumentan los contrarios. ¿Hay un tratamiento cruel con el toro de lidia? Sí, hay crueldad en las puyas y el estoque para el toro en la plaza, pues con anterioridad, en el campo, ha vivido en buenas condiciones.
A los que fundamentan la defensa de la fiesta de los toros en el arte, les contestan los contrarios que no cabe arte en un acto en el que los espectadores disfrutan con la sangre y con el sufrimiento de los toros. El arte, dicen, exige una comunicación espiritual con la obra artística que no se puede encontrar en la plaza de toros, donde se suscita la perversidad de las conciencias de los espectadores que se regodean con la sangre de un inocente y noble animal.
Los partidarios de los toros lanzan contra los contrarios la comparación con el trato que los seres humanos dispensan a otros muchos animales y se cita la tortura que representa la alimentación de las ocas, la dureza de los procedimientos de muerte en los mataderos de reses y hasta se refieren a moscas y mosquitos.
EL DILEMA DE PROHIBICIÓN O PERMISIÓN es tan viejo como la historia de la humanidad. El acto de mayor consecuencia para el ser humano, el suicidio, está prohibido en muchas sociedades, precisamente el acto de voluntad en el que la libertad personal se expresa con mayor nitidez. Hay en estos tiempos una nueva cultura que pretende que el suicidio pueda ser decidido voluntariamente y hasta se busca el eximente para quien pueda ayudar al suicida en algunos casos.
En el principio de las cosas prohibir es un camino difícil de aceptar, pero la armonía de millones de personas viviendo en comunidad exige algunas pautas que sin que se pueda evitar incluye imponer reglas que admitan o impidan algunas actividades y actitudes.
Lo sensato es pensar que aquello que no provoque daños a terceros no debe merecer la intervención de instituciones que vengan a regular lo que hacen los ciudadanos. Dos ejemplos pueden ayudar a comprender el aserto anterior: prohibir la ablación, sí; prohibir el uso del velo, no. Lo primero provoca daños a terceros, lo segundo no.
Pero volvamos a la actualidad y a la polémica levantada en el Parlamento catalán y su respuesta por la presidenta de la Comunidad de Madrid.
Mi petición es que dejen tranquilos a los ciudadanos con sus costumbres, tradiciones y libertad. No deberían utilizar de manera torticera algunas cuestiones que afectan a la conciencia de los ciudadanos para arrimar el ascua a sus intereses personales o grupales.
Si los toros existen y la afición en Cataluña no los quiere, dejen morir a la afición, y la fiesta caerá sola, pero no promuevan nacionalismos, catalán o español, que por ser excluyentes sólo generan división.