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La crisis resta glamour a la alta costura







Aunque las grandes firmas van tirando, la austeridad se cebó en las recientes pasarelas. Nada de montarlas en lugares espectaculares como el Grand Palais, esta vez todo fue más limitado y céntrico.
Jesús Mariñas
05/02/10
Rebajas en el lujo, el signo de este tiempo. Por falta de medios Joseph Font no ha podido desfilar por tercera temporada en la alta costura parisiense. Sin subvenciones, apoyos ni estímulos oficiales, el barcelonés ve cortada su carrera internacional siguiendo el triste camino del hasta hoy acaso más grande creador galo, ese Lacroix en la misma peripecia. Sin sus históricas creaciones llenas de maestría, buen gusto, fantasía y confección perfecta, la moda no será la misma. Las pasarelas han desaparecido físicamente y las modelos evolucionan sin esas plataformas realzadoras y distantes, óptimas para recrear y hacer inalcanzables los costosos trajes que oscilan entre los 48.000 y 60.000 euros o 100.000 antiguos francos. Porque, en plena decadencia del euro, los vecinos venden sus artículos con facturas donde, con los precios en la moneda única, incluyen también su equivalencia en lo que fuera moneda francesa. Chocante, ilustrativo y casi nostálgico, Francia siempre mima el ayer lo mismo auspiciando el cancán que algo tan cotidiano como el dinero.

Ya con un elenco donde únicamente brillan Dior, Chanel y el turbulento Gaultier se abren nuevos horizontes no optimistas en lo que fue la industria más representativa y exportable de la dulce Francia. Pero ya no existen las 3.000 millonarias mundiales – Nan Kempner, la baronesa Rothschild, Marella Agnelli- que cada temporada al menos compraban una veintena de trajes. Lo recordaba el otro día Sonsoles Díez de Rivera evocando cómo su madre, la marquesa de Llanzol, encargaba a Balenciaga al menos veinte cada temporada. Lo hacía en una biografía televisiva sobre el español inmortal en la alta costura, España le dedica este recuerdo visual cuando aún no se ve fecha inaugural para el maltratado museo vasco que lentamente construyen en Guetaria, patria chica de quien hizo época superando al Dior ajustador de figuras. Incierto todavía el futuro del madrileño museo del traje que quieren trasladar a Teruel (¡!), el próximo Cibeles se presenta con gran parte de sus participantes en la situación de haber cerrado parte de sus tiendas, desde Torreta a Larrainzar. Incierto es el porvenir de la moda (¿?) española.

Desfiles céntricos.
Un eco o reflejo de lo que sucede en Francia, aunque las grandes firmas van tirando, aguantando y sosteniéndose con sus complementos. Pero la austeridad que ZP quiere, impone o legisla también se cebó en las recientes pasarelas con antaño veinte nombres señeros: Saint Laurent, Givenchy, Rabanne, Ferré, Courreges, Valentino, Versace -sólo ofreció una mini muestra no programada en un hotel de lujo-, Chanel, Balmain pour Oscar de la Renta, propiedad de los perfumeros Puig, Ungaro y tantos otros. Fueron cayendo víctimas de la impotencia económica. Nadie los ha reemplazado. Pero lo más evidente, aparte de esas bajas parcialmente cubiertas por diseñadores árabes como Elie Saab, ha sido el recorte al organizar los desfiles. Nada de montarlos en lugares espectaculares y especialmente preparados como el Grand Palais habitual en Lagerfeld o las carpas campestres que solía instalar Galliano en el lejano Golf parisiense. Esta vez todo fue más limitado y céntrico; Dior repitió la experiencia de organizarlo en su sede madre de la cara avenue Montaigne. Se apretujaba un público ávido, curioso y seguidor que lo mismo sentaba codo con codo a Dita Von Teese con Paz Vega en rojo, que reunía al octogenario Pierre Cardin con una Nati Abascal bajo chinchillas firmadas por Nelsy Chelala, donde la peletera combinó el mullido pelaje con mangas acharoladas, y con Delphine Arnault, heredera del imperio Vuitton donde no saben qué hacer con Loewe, que ahora se limitará a mantener diez piezas tipo, desde una falda encuerada y recta a una cazadora- ¡por fin dejan de intentar trajes en tela, donde tampoco tiene mucho que decir su casi competidor Prada!- que pretenden ofrecer como fondo de armario al lado de los inimitables bolsos, santo y seña de la casa.

Altísima y muy delgada, Delphine, recién separada tras brevísimo matrimonio, lucía espectacular collarón blanco. Fue en tiempos una presunta candidata a princesa de España, se lo recordaban al Jaime de Marichalar que ya pasea sin guardaespaldas desde que, cesando como duque de Lugo, le quitaron la protección oficial y él no está para pagarlo de su bolsillo. De ahí que llegase caminando y solo a Dior en un luminoso mediodía, haciendo parada y fonda en el inmediato y tan de moda L’avenue, donde algún anticipado utilizó su terraza como solárium aprovechando el infrecuente rayo de sol. Toledano, director general de la firma, minimizaba el traslado que rebaja costes aunque la colección quede mermada en su espectacularidad.

Renovación.
Galliano se inspira en la equitación, las amazonas y el habit rouge como antaño en Egipto, China o el mundo incaico. Chisteras de ocho reflejos, ampulosas faldas al trote prolongando una evocación de los 50 y su new look estrechador de figuras contrastando verdes y violetas, blanco y negro, marrón y teja, gris y azul cielo. En vez de la grandiosidad escenográfica habitual, el marco impuso –por eso lo retomaron- un simple plafón de fondo con cuatro flores, un aterciopelado colgajo y buen drapeado realmente efectista. Las maniquíes tenían que esforzarse por no darse golpes, toparse entre sí o que las imponibles faldas acabaran enredadas, cosas de la crisis o mucho mirar al presupuesto.

De ahí el trajecito Gales lucido por Kylie Minogue, que aunque anunció hacer su presentación oficial emparejada a su novio el catalán Andrés Velencoso, desencantó presentándose en solitario mientras él desfilaba en Barcelona. Nos había parecido un absurdo alarde de generosidad exaltadora del amor y no lo cumplieron. Y es que todos pasan por taquilla. El dinero como premisa sin dejar de estar presente en esa obligación más comercial que moral de presentar colección, Chanel improvisó enfrente de su tienda de rue Cambon, antigua residencia de mademoiselle Coco compartida con el Ritz.

A cuatro pasos, en el llamado Pavillon, mostró su nuevo malabarismo pródigo en reinventar lo que fue emblemático tweed ribeteado tan usado por Bernadette Chirac y Claude Pompidou, mientras Armani dio un giro evolucionador a sus siempre recargados trajes de fiesta casi siempre con bordados made in India. Mientras, en España se debate el futuro de sus tiendas. Parece que hubo rifirrafe o incomprensión con la Zunzunegui propietaria de la franquicia, en tiempos compartida con Ramón Mendoza cuando presidía el Real Madrid, de ahí que el equipo se uniformara con el italiano. Una pasarela vips superadora del cambio casi etéreo en la moda Armani, unas adictas encabezadas por Claudia Cardinale fiel al negro de la firma lo mismo que Elsa Pataky, achaparrada bajo la altísima Roberta, sobrina a quien quisieron emparejar con Cayetano Rivera Ordóñez. Fue un ardid publicitario ligado a los desfiles que el pequeño de Carmen hizo para un Armani que se había prendado de sus hechuras aunque deteste los toros. Tiene ojos verdes-verdes, suspiraban nostálgicos ante el ímpetu arrollador de Tina Turner, otra incondicional revestida de oscuro con pantalones pirata por la rodilla realzadores de sus siempre magníficas piernas.

Anne Hathaway era femenina y cálida encarnación plateada con túnica corta de cómo la enfermedad marcó evolución en las líneas de este superhombre de la moda que este año prevé abrir 25 nuevas boutiques por el mundo. La hepatitis de Armani –así vendida según versión oficial- le ha tenido un año casi en baja, aunque su llamativo bronceado parecía ideado o maquillado para superar ese decaimiento parece que provocado por haber comido pescado crudo en un restaurante oriental. Ojo con los exotismos, no caben en Armani.

En noche madrileña reconocedora de méritos, el Club de Medios entregó sus ya habituales premios a Enrique Ponce -la hermosa Paloma en túnica de paillet contrastando con plata, sorprendió verla con falda corta muy favorecedora-,
Vicente del Bosque con la tierna Mari Trini o la negrura de Amaia Salamanca contrastando con la trenza de Manuela Velasco, el conjunto de pantalón negro de la simpar Lina Morgan o el más grotesco que gracioso sombrero de Laura Valenzuela, que esa noche desechó recurrir a sus habituales pelucones.

Nueva imagen.
Ante José Bono y sus hijas, que reían los despistes de Carmen Sevilla, Pilar Rubio impactó bajo traje sirena a punto de iniciar sus presentaciones en Mira quién baila, su bautismo en Telecinco olvidando al Sé lo que hicisteis, donde Patricia Conde y Ángel Martín reprueban su ironía de manera más tronante que sutil. Pilar ofreció nueva imagen facial menos espontánea que en su trabajo precedente, la revelación. Ángela Carrasco vistió como para culebrón, genio y figura, algo imposible en la proclamación de Telvas a la cosmética: allí no falló Antonio Cano, revestido en terciopelo marrón, superada su casi adicción a la alpaca o seda natural azulona. Anne Igartiburu enseñaba ufana fotos de su hija hindú, ya una muchachita, y Carmen Lomana ponía gesto hosco a la polémica producida por su reportaje hindú, inducida por Carlos Mundi. Se sobreponía estirando sus rojos guantes por encima del codo, buen contraste al trajecito negro, mientras Agatha Ruiz de la Prada sobresalía en colorido y Carmen Iglesias por su petrificada pero cálida sonrisa. Marta Robles mostraba delgadez remarcada por cinturón plateado y Juncal Ribero melena corta sobre botas con aire D’Artagnan, como las usadas por Nati Abascal a lo largo de los días parisienses, sólo las trocó la noche Armani por unos zapatos de salón bajo la aparatosa falda evasé y brocada firmada por De la Renta. Impacta en cada salida. Sobresalió en el desfile Chanel, matinal y gélido, bajo un sombrero en rizada cabra tibetana color jade amarronado. Casi fue más retratada que Claudia Schiffer en su embarazo de cinco meses avivado por traje de punto color huevo cocido, un desafío al desapacible y polar ambiente. Carla Royo sigue con sus rosas búlgaras y la alta María León mostrando lo último de Pedro del Hierro, como esa voluminosa falda con bordados eslavos, a punto de arrancarse por czardas.

Beatriz de Orléans lució el mismo abrigo gris con cuello de zorro al tono repetido en la puesta de largo del nuevo embajador de EEUU, mister Solomont, donde la crisis se dejó sentir: lo que era lista de quinientos fue reducida a sólo doscientos invitados, sobresaliendo Isabel Preysler con sencillo abrigo de napa negra como en las distinciones a los productos más interesantes para mejorar aspecto como la Essence de Narciso Rodríguez o el CH para hombre. Olivia de Borbón llevó deportiva camisola y formó entrañable pareja con Marina Danko, su casi mamá política. Más que futura suegra y nuera, parecen hermanas, tanto se estilizó la colombiana, que sigue afanada en crear joyerío con un toque étnico y mucho tratamiento del coral, algo que pareció encandilar a una Arancha del Sol restallando en raso azul mientras Genoveva Casanova -que ha sido pillada en reportaje con su ex– lo hacía bajo una túnica plateada impropia de media tarde. A Olivia todos le demandaban la fecha de su boda con Palomo Linares Jr: “Ni idea, no pensamos casarnos aunque ya convivimos”, era su respuesta tajante, acaso cómica y posiblemente despistadora. Marina desorbitaba ojazos ante tal seguridad, igualito que Nati Abascal en París al enterarse por la prensa (¡!) del próximo enlace otoñal de su primogénito Rafael con Laura Vecino . Tampoco tenía idea, o eso vendía y difundía. Pero sí quedó claro que la exclusiva ya está pactada. La crisis no respeta ni a los Grandes de España.

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