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Sociedad
2012: sigue la vieja murga







El mundo se acaba dentro de tres años, dicen muchos. El último, Steve Alten, y ya da igual que sean los mayas o el clima o el petróleo. ¿Cuántos siglos llevamos con el mismo engañabobos milenarista?
POR IGNACIO MERINO
18/12/09
Aceptémoslo, las catástrofes nos encantan. Nos metieron el miedo en el cuerpo con el efecto 2000, que iba a desencadenar el caos y se quedó en nada, y ahora resulta que el mundo va a acabarse en diciembre de 2012. ¿Quién lo dice? Pues mucha gente que alude a un arcano presuntamente serio, un invitado de piedra –nunca mejor dicho- en el festín apocalíptico que los comerciales de Hollywood y los vendedores de humo con gorra de editor nos ofrecen entre sus dientes en envoltorios irresistibles: los mayas. Steve Alten ha vendido miles de ejemplares de El testamento maya y ahora vuelve a profetizar la debacle en 2012 con otro best-seller, Al borde del infierno (Editorial Vía Magna). Ahí no son los mayas, es el petróleo. Da igual, lo que importa es que haya apocalipsis. Y la fecha es más o menos la misma. Lo crudo vende. Y si viene adobado por el aroma de una creencia antigua, ligeramente ahumado en el altar de las profecías, mejor que mejor: que se lo pregunten a Iker Jiménez.


En 2012, la novela del encantador de serpientes Brian D’Amato, hemos topado nada menos que con la sabiduría maya. Ninguno de nosotros sabe una palabra de lo que en verdad dicen los mayas, aunque algunos esforzados recuerdan que eran excelentes astrónomos capaces de calcular los ciclos, predecir eclipses y corregir el relativismo cósmico para que el invierno no acabara empezando en verano; o sea, que bastantes años antes de Julio César ya habían inventado el año bisiesto.

Pero lo que anuncian las seis profecías mayas no es que el mundo vaya a destruirse el 21 de diciembre de 2012, sino que empieza un nuevo sol. Lo dicen porque supieron calcular los cambios solares a partir de observaciones. Según sus textos, cada 5.125 años el astro rey recibe un rayo cósmico desde el centro de la galaxia que le produce erupciones y cambios magnéticos que afectan a la polaridad de la Tierra. El último sucedió el 4 Ahau 8 Chukum, es decir, en el año 3113 antes de nuestra era, luego el siguiente ha de llegar en 2012. Pero como afirma Cirilo Pérez Oxlaj, sacerdote maya, embajador itinerante de los pueblos mayas y presidente del Consejo Nacional de Ancianos Mayas, Xincas y Garífunas, “están inventando palabras de los mayas y ni siquiera hablan ni entienden el idioma. Hablan de cosas que no son. Ahorita estamos terminando el quinto período del sol, no es la primera vez, eso ha pasado varias veces”.

De toda la vida.
Pero siempre ha habido adivinos. En las culturas primitivas, la figura del hechicero era fundamental. Hombre o mujer, tenía la habilidad de interpretar los signos ocultos y predecir más que nada calamidades e infortunios, que eso es mucho más entretenido que la tediosa realidad. Es de suponer que tales viajes por el inframundo los conseguían por el método de tragar hongos o aspirar humos que embriagaban los sentidos. Así lo hacía la sibila de Cuma, gran profetisa de los dorios en la magna Grecia, cuando al sentar sus sacras posaderas junto a la boca del infierno en la cueva se dejaba acariciar por los mefíticos vapores sulfurosos, hasta que se le volvían los ojos del revés y comenzaba a emitir predicciones con voz de varón.

Los griegos tuvieron adivinadoras; los romanos, auríspices; y los hebreos, maestros consumados en la materia, una larga tradición de profetas. Hoy, la sociedad de consumo ha asimilado tranquilamente esa práctica como una opción de mercado y así podemos ver echadores de cartas del tarot por vía telefónica o a través de la tele.

Por eso hay que recurrir a las antiguas profecías si se quiere conmover el endurecido corazón contemporáneo. Ya ni siquiera hacen mella las clásicas. Nostradamus, por ejemplo, parece hacer aguas últimamente. En realidad, su reputación como profeta ha sido construida por sus intérpretes, acérrimos defensores que encajan sin dificultad las famosas centurias en los acontecimientos que van sucediendo, con la inevitable coletilla “ya lo dijo Nostradamus”. Lo cierto es que ninguna cuarteta ha podido ser interpretada antes de que ocurriera o son tan genéricas que pueden aplicarse a cualquier situación.

Pero, en serio, ¿pudo tener Nostradamus el don de adivinar? ¿Y cómo? Este médico francés estudió la kábala, una disciplina mental para entrar en contacto con la divinidad a través del árbol de la vida y sus diez niveles de conocimiento. También se provocaba trances, como él mismo escribió a la reina Catalina de Médicis. El método consistía en contemplar una llama o el agua durante horas, e incluso uno más sofisticado: a imitación del profeta délfico Branchus, debía encajar el trasero sobre un trípode de bronce y contemplar el interior de una vasija del mismo metal que contuviera agua mezclada con aceites y especias. Así le salía... lo que le salía.

En el caso de las profecías de San Malaquías lo falsario rechina más, porque es de las muy pocas (con Fátima y alguna otra) que el Vaticano respeta. Malaquías era un monje benedictino del siglo XII gran amigo de San Bernardo, a quien ya en su época se atribuía el don de la clarividencia. Lo malo es que sus supuestas visiones fueron dadas a conocer varios siglos más tarde, cuando lo más acertado de sus predicciones ya había ocurrido: su historia fue escrita en el siglo XVII. Malaquías pone un lema a cada papa. Y lo más curioso es que el último lema –De Gloria olivæ- corresponde al papa actual. Tras él vendría “Pedro Romano”, que vería el fin de la Iglesia y, con ella, del mundo. Otra vez el apocalipsis.

De eso saben mucho los Testigos de Jehová, cuyo fervor se basa en el fin del mundo. Tantas veces lo anunciaron para el siglo XX, sobre todo en las décadas de los 20 y los 30, que han tenido que dejar de poner fecha fija al cataclismo final, porque a la gente le da la risa. La CIA tiene todo un serio informe, llamado Meggido, sobre los grupúsculos de chiflados del 2000: desde los cristianos que iban a inmolarse en el monte de los Olivos hasta los japoneses del gas sarín.

También hemos tenido dos adeptos al apocalipsis que, más que terror, inspiran ternura. Se trata del metálico diseñador Paco Rabanne, al que tanto futurismo debió trastornarle un poco la sinapsis cerebral, y la simpar Pitita Ridruejo, icono pop y señora adorable se la mire por donde se la mire. El uno creyó que tras el eclipse de agosto de 2005 caería la estación orbital MIR sobre París y se lanzó a la calle a anunciarlo. Hoy se lo recuerdan pandillas de jóvenes cachondos que acuden a la entrada de su tienda con pancartas jocosas. En el caso de Pitita, son las apariciones marianas con sus mensajes de catástrofes y exigencia de arrepentimiento. Y todo esto, sin tomar nada. Imagínense si además hubiera ingesta. Si Rabanne y Ridruejo avisan, será por algo. Compremos libros, pues, y vayamos a ver 2012 para saber todo lo que nos espera por ser unos condenados materialistas.
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