Imanol Arias no piensa romper del todo con Pastora Vega
“El matrimonio se rompe pero no la empresa familiar”, ha dicho el actor, que derrochó elegancia y sentido del humor en la presentación de Freixenet.
Jesús Mariñas
27/11/09
Burbujean como pórtico y prólogo navideño. Será una forma de combatir y quitarse de encima la crisis. Lo de a mal tiempo buena cara. Pero lo cierto es que el famoseo se prodiga- y cómo, a veces los vemos hasta tres veces la misma semana. Todas concurren revestidas con arreos circunstanciales y para lucirlos una sola noche. Benavente los llaMaría “los andrajos de la púrpura”. Y lo mismo les da echarse encima la aparatosa -y económica- colección Mango que lo mejorcito de Dior. Su delegada española, Gael Mollet, me confesaba que tenía “los burros” vacíos a fuerza de requerimientos para estas cesiones momentáneas. Madrid aparece chispeante. Simple apariencia, un espejismo, nada que ver con las calles intransitables que maldicen los comerciantes semi arruinados por el empeño faraónico de Ruiz-Gallardón. “¡Y menos mal que no nos han dado los Juegos!”, suspiran mientras las grandes firmas siguen echando el cerrojo. Empezó Hugo Boss eliminando casi todas sus tiendas y a primeros de año será Armani quien baje la persiana de sus cinco establecimientos. ¿Hay o no crisis, señor ZP?
Pues no lo parece ante las convocatorias rutilantes que anuncian Navidad-Navidad. La de Marie Claire batió récords. Cantidad y calidad: desde el mínimo pero grandioso Tommy Hilfiger a una Helen Christensen, recuerdo del cañonazo que fue en los 80. Conserva piernas y perdió frescura.
Martina Klein acentuó el brillo festero recurriendo a un Valentino new age corto, de enormes volantes y tul bordado en oro que parecía salir de una copa champanera como Gema Mengual y las seis de su equipo que han relanzado el imprescindible spot Freixenet. El festejo bisador fue en San Sadurni con asistencia del clan Ferrer-Bonet. Martina parecía crecida en esta ampulosa mini como Antonia dell’Atte parada en el tiempo. Ganó como los buenos vinos y hasta se sube a la cabeza, remarcó el embajador francés, Bruno Delaye, que abre su residencia convertida ya en la mejor sede diplomática de Madrid, al menos en lo que a recepciones brillantes se refiere.
La vida sigue.
Todos lo subrayaban ante un Imanol Arias abatido: coincidió con su separación oficial, estaba en el ojo del huracán, pero no dejó de presentar la entrega como viene haciendo desde hace seis años. Discreto, me dijo: “Pastora y yo habíamos llegado al fin. Era absurdo continuar. El matrimonio se rompe pero no la empresa familiar, lucharé por ella. Aunque estoy mal, mi vida sigue”, y demostró esto último derrochando elegancia, sentido del humor y bastante ternura que nadie recogió en el desfile que unió a Jon Kortajarena, mejor maniquí, con los joyeros Suárez considerados mejor empresa del año. Su musa, ya ajada, especialmente de brazos, y recauchutada de cara, Isabel Preysler, les dio el pesado mármol certificador de trofeo.
Iba de corto en noche de tiros largos y grandes pajaritas masculinas como la del siempre llamativo Boris Izaguirre o Cayetano Carral, la China asombró con un descuido ostensible: su D&G de encaje con corpiño plisado no encajaba la espalda y tenía tres dedos abiertos porque la cremallera no daba más. Cary Lapique a subsanar la pifia mientras Carlos Martorell, qué no sabrá él, minimizaba el incidente o accidente: “El traje fue diseñado así”, comentó tranquilizador ante el ojo experto de Nuria, la impactante madre de Kortajarena. Hija de aragonés y cordobesa, sobresalió por su moño casi improvisado, porque es peluquera, empaque, simpatía y los mismos ojos de su ya internacional hijo a quien censuré alguno de sus últimos trabajos para Tom Ford: “Te referirás a ese en el que salgo enseñando el culo, tumbado, pero es que nosotros no podemos intervenir. Ellos difunden lo que encuentran más atractivo”, casi justificaba tras sus gafas de concha tan prodigadas en sus últimos anuncios. Sorprendió y se equiparaba a Luis Medina, también con los ojos velados por similar montura. “Es que de lejos no veo nada. Y eso resulta fatal en una fiesta donde te saludas a distancia”, descubrió mientras Preysler era desplazada a la mesa de galardonados y la presidencia compartió al embajador con Ana Botella y una baronesa Thyssen deslumbradora. A las penas, rubrillos, los adornos cual agarradero amortiguador de lo que está padeciendo nuevamente por su hijo Borja: “Prefiero no comentarlo. Marcho a San Feliu para alejarme del caso y no regreso hasta Navidad”, se desahogó.
Cuca Solana se ennobleció en brocado blanquinegro, su típico moño engrandecido para la gala mientras pasmaron ante el anticuado posado de Judith Mascó: “Fíjate, hace los mismos gestos que Challo Mohedano, qué antigüedad”, observaron. Fue una pasable modelo y no triunfó como maniquí. De ahí los gestos con naftalina que prodigó. Veían y no creían como el tipo casi hombruno de Laura Sánchez bajo túnica atigrada, los brazos en jarras cual desafío. Minimizó la quintaesenciada presencia de nuestras presentadoras más conocidas, churras con merinas: Susanna Griso deslumbró con su alborotado moño alto sobre túnica de raso.
Gana mucho cuando ríe, y lo hace bastante, igual que la imponente Mariló Montero con escote vertiginoso. Ana García Siñeriz se enseñoreó con abrigo-traje negro, Concha García Campoy iba casi hippy y no dejó de bromear con un Gonzalo Miró ya realmente desinhibido. Hasta correspondió a alguna codiciosa mirada masculina, ojo con el detalle. Aceptaba tal agasajo y bromeaba con posibilidades sexuales, una manera de alertar esperanzas vanas. Estricto bajo traje y corbata negra, soportó el calor como no lo hicieron el duque de Feria, Luis Medina, que se despojó de la chaqueta o Fernando Gómez Acebo inseparable de Mónica Martín Luque.
Una esencia perdida.
Cuca Solana descubría a Marisa Jara que anda a la caza y captura de Magie Noire, una esencia clásica que apenas se encuentra, ante Mario Testino, que se erguía sobre los únicos zapatos acharolados de la fiesta. “Fui el último que retrató a Lady Di, era mi amiga”, evocó cerca de Juan Carlos Abeniacar, una José Toledo siempre sola y Antonio Fournier, que acudió precavido con un abanico sobresaliéndole del bolsillo, algo acaso envidiado con el bronceado Isaac Andic. St Laurent revistió de rojo a Bibiana Fernández, delgadísima y montada en dos enormes brazaletes buen contrapeso a lo último de Asdrúbal: “No coment, qué voy a decirte que tú ya no sepas”, eludió. Nieves Álvarez recalcó su aire cursilón bajo volantes grises y Bimba Bosé alardeó de modernidad con botines de un azul rabioso firmados por Roger Vivier, apenas se sostenía por los afilados stilettos. De ahí que se cogiera de su hermano Olfo que destacó por altura y apostura sin dejar de observar los mocasines de potro negro calzados por Oriol, otro de nuestros maniquíes en la órbita mundial.
Marisa Jara andaba alborozada, pero sola sin poder celebrar el segundo mes de casorio. Largó por su bocaza: “Chente anda por Jaén en el concierto que Valderrama ofrece en el Parador. Pero acaba de darme una gratísima sorpresa: han venido a decirme que tengo una cesta con 24 rosas en la portería de la embajada. ¿A qué es un cielo?”, clamó ante una Cayetana Guillén sorprendida por semejante entusiasmo marital. Ella va de fría, las apariencias engañan, aire acentuado por la cola de caballo que le hizo Mary Ángeles Cáceres, que también peina la siempre impoluta mElena de la ministra Elena Salgado. Son fieles a Cerdán como Carmen Lomana, en túnica casi clámide de raso verde esmeralda, a hablar sin mover los labios. De ahí su acento gutural a veces incomprensible.
Eran excesivamente largos los pendientes chandelier en diamantes con remate de esmeraldas aporreadas, casi le rozaban el hombro y hubieran resultado más adecuados en una Vicky Martín Berrocal reconvertida en alarde de paillettes negros bien protegida por Bea Santamarina al tiempo que la princesa de Orléans, de negro, se hizo acompañar por Santiago Bandrés. Él casi creó un conflicto diplomático colando a un ser que está vetado en la embajada, las hay con morro y mirada caída. El caso iba de mesa en mesa mientras Lola Alcaraz, jefa de protocolo, fingía no haberse enterado de nada.
Y cuidado que le preguntaron. Los Alianto mostraron estilo rasando sus esmóquines en seda marrón, Amaia Salamanca remarcando pechuga y Marta Robles con una cinta casi imperio acentuándole talle mientras Teresa Viejo se diferenció en su esmoquin negro. “Sigo enmarcada”, reconoció risueña y feliz asegurando la estabilizada relación con Marco de Quinto, presidente de Coca Cola España. Van a más, menudo estilazo, nada que ver con la ampulosidad de Antonia dell ‘Atte con un enorme anillo en forma de rana aligerando sus enormes manazas. Noche de mucho mon Dieu! Rematada por un Álvaro de Marichalar con rubia extranjera –“es la mujer de mi vida”– y no coment acerca de cómo se encuentra su hermano Jaime ante el no concretado divorcio de la infanta Elena.
Sorpresa y conmoción.
Belén Ordóñez está nuevamente en el candelero. Le atribuyen internamiento en centro psiquiátrico -nada menos que el López Ibor- no se sabe si por angustia existencial o desequilibrios emocionales compartidos con su veinteañera hija Belencita. Sorpresa ante el primer caso y conmoción por el presunto mal de la ya nada niña, hasta ahora firme sostén de los decaimientos maternos. DEC ofreció la primicia y una hora después, sin reseñar la fuente generadora, Sálvame deluxe lo recogió como exclusiva propia ignorando, más bien silenciando, la autoría del caso. Doce horas después me llamó Belén. Aclaró lo anticipado de manera alarmista: “Estoy ingresada, que no recluida. Entré por propia voluntad para curarme la depre que tengo desde que Carmen murió. Mi hija no tiene ningún mal, sólo me acompaña. No permaneceré aquí meses como difundieron sino otra semana. Engordé un montón, hago las comidas con regularidad, me he puesto como una foca y mi sobrino Francisco anticipa los gastos que luego le devolveré. Dilo así: que estoy limpia de cuanto me atribuyen”.
Su alegato clarificador resonó ante Kitín Muñoz y su esposa Kalina, un sexy que pocos comprenden: estilizada, modernísima y con traje negro reajustado, parecía un busto clásico con el pelo rapado conformando algo como un campo arado.
Irene de Grecia, revestida en chaqueta de brocado verdoso, amadrinó el libro-documento de cinco años de Tan Tam, una cita folclórica rescatada por Muñoz que agrupaba en el desierto marroquí a cien tribus de diferentes otras etnias. Reunión considerada como Patrimonio de la Humanidad y siempre respaldada por el rey Mohamed VI. Su hermano Muley Rachi solía realzar el acontecimiento, ver el concurso de dromedarios a la carrera u ovacionar a los jinetes disparando al trote. Ante un César Pérez de Tudela como salido del túnel del tiempo igual que Ricky Trujillo, antaño amenaza de los matrimonios -hizo mucho por cargarse el de Marta Chávarri con el de turno–, pasmaron con esta recreación de Las mil y una noches con ese Bernardino Lombao de 72 años que parecen 50, así mantiene y conserva a José María Aznar. No acabaron de creerlo Teñu de Hohenlohe y Beatriz de Orléans ante una Teresa Bueyas con el sexy acaparando miradas. Es como una hurí. Prodigaba encantos como Coto Matamoros, ya excarcelado después de tres meses preso en Aranjuez. Apenas se inmutó cuando su hija María le anunció vía tele que iba a ser abuelo: “Me alegro por tí, pero me jode convertirme en yayo a los 53 años”.
Genio y figura. Él no burbujeó. Pero echó chispas.