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La saga de los Dezcallar







Los hermanos Jorge, Rafael y Alonso entran en la historia de la diplomacia española al ser los tres primeros que coinciden como embajadores en destinos diferentes.
ANTONIO RODRÍGUEZ arodriguez.tiempo@grupozeta.es
25/09/09
El apellido Dezcallar ha pasado a engrosar la lista de ilustres familias diplomáticas que ha tenido España en los últimos siglos. Jorge (1945), Rafael (1955) y Alonso (1958) son desde mediados de agosto los tres primeros hermanos en la historia de la diplomacia española que coinciden como embajadores en diferentes destinos: el primero está en Washington, el segundo en Berlín y el tercero en Nuakchot, capital de Mauritania.

Lo curioso es que los miembros de esta saga mallorquina de embajadores no provienen de las típicas familias endogámicas que han copado la diplomacia de nuestro país en los últimos siglos. El primer antecedente lejano se remonta a un Dezcallar de principios del siglo XVI que fue embajador de Fernando el Católico en el reino de Nápoles, pero la clave de esta historia está en Guillermo Nadal, un tío de los actuales Dezcallar que hablaba ocho idiomas y llegó a traducir obras de Alexander Puskin y Rainer Maria Rilke al mallorquín. Durante varios años de principios del siglo XX fue embajador español en la India: “Sus historias de ir a cazar tigres a lomos de elefantes y de cenas de marajás, en las que se ponía una esmeralda en la servilleta de cada invitado, me cautivaron”, recordaba Jorge Dezcallar a Tiempo en una entrevista reciente.

Luego fueron Rafael y Alonso quienes siguieron los pasos, quedando un cuarto hermano como único vástago que renunció a la carrera diplomática por los estudios de ingeniería. “Fue el más inteligente”, reconocía entre risas Jorge, que es el más conocido de la familia y el que cuenta con la mejor hoja de servicios de los tres hermanos. En la actualidad desempeña el cargo de embajador en Washington, el sueño de todo diplomático, tras una larga trayectoria profesional: fue el encargado de organizar la conferencia de paz de Madrid en 1991 entre israelíes y árabes desde su puesto de director general para el Magreb y Oriente Próximo; y posteriormente le tocó redactar en 1996 la posición común de la UE con Cuba, en la que se precisó sin ambigüedades que los europeos apuestan por la llegada de la democracia a la isla.

Unos meses después fue elegido por el presidente José María Aznar para dirigir la delicada embajada en Marruecos y en 2001 sus conocimientos del norte de África y su trayectoria apartidista al servicio del Estado le catapultaron a la sede del antiguo Cesid, donde se convirtió en el primer civil en dirigir los servicios secretos españoles. Bajo sus órdenes se modificó la estructura y el funcionamiento del centro, que pasó a denominarse Centro Nacional de Inteligencia (CNI), pero la actuación de los servicios secretos en las horas y días posteriores a los atentados del 11-M le colocó en una difícil posición, después de que el Gobierno del PP airease que los primeros indicios sobre la supuesta responsabilidad de ETA provinieron del CNI.

Tras la victoria de los socialistas, el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero envió a Jorge Dezcallar como embajador al Vaticano, un destino prestigioso y tranquilo en el que sin embargo lo pasó muy mal. Primero porque las relaciones entre España y la Santa Sede se deterioraron mucho por iniciativas legislativas como el matrimonio gay, el divorcio Express o la asignatura de Educación para la Ciudadanía, pero lo peor para él fue la enfermedad y posterior fallecimiento de su mujer.

La bella embajada en Roma, junto a la escalinata de la plaza de España, fue para él un lugar de dolorosos recuerdos que le llevaron a pedir el relevo al ministro de Exteriores, Miguel Ángel Moratinos. Tras una breve etapa como analista de política internacional para Repsol-YPF, Zapatero le eligió a mediados de 2008 para recomponer las relaciones hispanoestadounidenses en Washington, donde está preparando para el 13 de octubre la que será la primera visita oficial del jefe del Ejecutivo a Estados Unidos.

Ensayo y novela
Su hermano Rafael es el intelectual de la familia, en opinión de varios diplomáticos consultados por esta revista. Cuenta en su haber con varios ensayos –La Europa dependiente, Entre el desierto y el mar o Tierra de Israel, tierra palestina– y se acaba de estrenar en el género novelístico con La seda negra, ambientada en el turbulento Cáucaso.

En la primera legislatura de Zapatero, se convirtió en uno de los estrechos colaboradores de Moratinos desde su cargo de director general de Política Exterior, un puesto clave en la gestión diaria del Ministerio de Asuntos Exteriores. Su trabajo le llevó a enmendar, en parte, el trabajo de Jorge diez años antes, ya que le tocó diseñar la estrategia española para que la Unión Europea retirase las sanciones diplomáticas que en 2003 había impuesto al régimen castrista tras una oleada represiva contra los disidentes.

El menos conocido de la saga Dezcallar es Alonso por su carácter reservado. Estuvo destinado en las embajadas de Marruecos, Uruguay, Perú e Italia, y entre 2004 y 2008 fue el subdirector del Gabinete del ministro. Hace un año fue nombrado embajador en misión especial para la coordinación de asuntos iberoamericanos y en julio alcanzó finalmente la jefatura de la embajada en Mauritania. Allí tendrá que lidiar con el problema de la inmigración ilegal.
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