Estu ye un artículu sobre El Prencipicu
La obra maestra de Saint-Exupéry se ha traducido a un idioma que nadie habla, pero que se enseña en las escuelas municipales de León.
Incitatus
22/05/09
Mi padre, que a veces tiene un sentido del humor que para sí hubiese querido Miguel Gila , me envía por correo un regalo de cumpleaños que logra su perverso objetivo: dejarme clavado en la silla y sin resuello. Es un libro. Se titula exactamente así: El Prencipicu. En llionés. Con estampas del autor. El autor, estoy seguro de que ya lo van adivinando ustedes, es Antoine de Saint-Exupéry , y el libro, que publica la editorial El Búho viajero, no es (al menos en esta edición) uno de los cuentos más famosos de la historia de la literatura universal, sino” “unu de los cuentos más famosos de la hestoria de la lliteratura universal , como dice en la página 5; parece lo mismo pero no lo es.
La gracia del asunto consiste en que la hermosa historia de Saint-Exupéry ha sido traducida al llionés por una serie de personas dirigidas por alguien que se llama Xosepe Vega. Ustedes se preguntarán, con toda la razón del mundo, qué es el llionés (otros escriben llïonés , con esa diéresis elegantísima; hay diferencias entre los exégetas). Yo debo admitir que no tengo ni la más remota idea. Lo único que me consuela es que, en realidad, no creo que nadie la tenga.
Esta es una historia de corte local. En las últimas elecciones al Ayuntamiento de Llión o Llïón (hermosa ciudad a la que nosotros, de pequeños, llamábamos León; qué ignorantes éramos), el PSOE desplazó al PP de la Alcaldía gracias al apoyo de un pequeño grupo nacionalista, la UPL, que vendió caros sus votos. Una de las innovaciones del nuevo Consistorio fue la creación de la Concejalía de Educación, Nuevas Tecnologías y Cultura Leonesa, que se llevó uno de los dos concejales nacionalistas. Y ahí empezó todo. Es sabido que un nacionalismo, para existir, necesita inexcusablemente de tres cosas: una bandera, un idioma y un enemigo, a quien toca siempre el papel de invasor, opresor y abusón. La bandera ya existía.
El enemigo se decidió hace unos treinta años: Castilla, con la cual los leoneses nos habíamos llevado estupendamente desde cuando Fernando III el Santo , pero a quién le importaba eso. Hace décadas que los indicadores de tráfico de toda la provincia en los que aparece el nombre o el emblema de Castilla son minuciosamente saboteados, para justificadísima ira de los conductores.
Pero el idioma... ¡Caramba! ¿Qué pasaba con el idioma? Pues el idioma no existía, como es natural. Así que no quedaba más remedio que inventarlo. Hubo varios intentos, tan chuscos como largos de contar, y no tardaron en aparecer referencias históricas y documentales traídas más bien por los pelos, como suele suceder en estos casos. El resultado de todo este trajín es que pronto se descubrió la lengua nacional de Lleoun, Llión o Llïón , como se prefiera. Y hoy ese idioma protagoniza Días de la Llingua Llïonesa (van tres, creo); en ella se redactan discursos y soflamas y, lo que es peor, se enseña como asignatura optativa en las escuelas municipales. ¿Cuál es el problema? Pues que ese idioma no existe.
No ha existido nunca. Y no existe porque no lo habla absolutamente nadie. Ni una sola persona, en toda la provincia de León, ha nacido y crecido expresándose en esa lengua inventada por razones estrictamente políticas y cuya última víctima, a fecha de hoy, ha sido Antoine de Saint-Exupéry, que no tenía, el pobre, la culpa de nada. Los nacionalistas lleuneses o llïoneses podían haber comenzado por traducir la guía de teléfonos, que es literatura de mucho uso, o los rótulos con los precios del Carrefour, que es algo que ve un montón de gente todos los días. Ignoro por qué la han tomado con el buen aviador francés. Parece que, como le hacen decir a él mismo los traductores, me hace “falta un gran esfuerzu d’intelixencia pa cumprendé por mi mesmu l’enrebuyu” .
¿Está mal inventar idiomas? No veo por qué. La gente tiene derecho a entretenerse en lo que le dé la gana, no faltaba más que eso, a condición de que no haga daño a nadie.
Ahí está el esperanto, que sobrevive animosamente a la universalización del inglés. Tolkien, que era un consumado lingüista, se inventó de la cruz a la fecha (partiendo, eso sí, de las lenguas gaélicas) el idioma de los elfos en El señor de los anillos, y basta darse una vuelta por Internet para comprobar que una nutrida hermandad de lectores de medio mundo se escriben unos a otros en ese idioma de sintaxis prodigiosa, de bellísima sonoridad... y que no sirve para nada (nadie lo habla) pero que, al parecer, distrae mucho. Hay un juego de ordenador, Los Sims, que usan millones de personas en todo el mundo y que también ha creado su propia jerga. Ya circula algún libro escrito en ese galimatías indescifrable pero muy divertido.
Entonces, ¿por qué esta inquietud sobre el llïonés? Pues porque ni a los creadores del esperanto, ni a Tolkien, ni a los chiflados del idioma de los Sims, se les habría pasado nunca por la cabeza tratar de convencer a los naturales de un lugar de que esas creaciones idiomáticas son su propia lengua , la que ellos deberían saber pero no saben, la que hablaban sus antepasados (lo cual es completamente falso). Y menos enseñar eso a los niños en las escuelas.
Las lenguas, idiomas, dialectos, fablas, jergas y argots nacen por la necesidad que tienen las gentes de comunicarse entre sí. Millones de personas (el inglés, el español) o unos pocos miles, como los quinquis. Aquí iba a añadir “y los abogados”, que tampoco hay cristiano que les descifre cuando se ponen a hablar entre ellos, pero mejor no.
El castúo extremeño, el aranés y el pachuezo (dialecto de las comarcas de Luna y Laciana, también en León), por poner sólo tres ejemplos de entre cientos, existen porque la gente los usa, se comunica gracias a ellos. Pero es muy peligroso, además de completamente inútil, jugar al doctor Frankenstein lingüístico y tratar de dar vida a algo que no la tiene. Y algo que, insisto, unos cuantos se han inventado por motivos políticos o ideológicos que son tan dignos de respeto como cualesquiera otros, pero que nada tienen que ver con la vida de las lenguas. Guardaré como oro en paño esta alucinante traducción al llïonés del “guapísimu cuentu” (sic) de Saint-Exupéry, más que nada porque mucho me temo que la idea será de vuelo corto. Si en las próximas elecciones municipales se da el caso de que ninguno de los dos grandes partidos necesite a la UPL para formar Gobierno, es muy posible que a la Concejalía de Cultura Leonesa (que muchos vecinos llaman allí “Formación del Espíritu Nacional”) se la lleve el mismo viento que la trajo, y los niños de las escuelas municipales dejen de padecer la enseñanza de un idioma en el que no pueden hablar con nadie; y este tosco Prencipicu vuelva a ser el Principit o, caramba, que así estaba muy bien.