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Vicente Molina Fox|Visiones
Los dos Pedros

La nueva película de Almodóvar se sitúa entre las mejores de este cineasta, con una trama basada en unos personajes masculinos de peso.


13/03/09
El estreno del nuevo filme de Pedro Almodóvar, Los abrazos rotos, apenas un mes después de la difusión por Canal+ de su corto La concejala antropófaga, permite conocer, de una vez y en todo su esplendor, las dos almas almodovarianas. La película se sitúa entre las mejores del cineasta manchego, además de constituir el cumplimiento de la promesa que muchos de sus fans esperaban desde hace años de él; por fin, el Pedro a quien algunos críticos habían acusado de menospreciar a los hombres, dándoles en la mayoría de títulos el papel de reinonas o de zánganos de las grandes abejas reinas protagonistas, ha basado la parte esencial de su trama en unos personajes masculinos de peso y de original desarrollo, oscilando entre el thriller psicológico y la tragedia clásica, pues yo veo en Los abrazos rotos ecos de El rey Lear de Shakespeare, una obra sobre padres ciegos, tanto ficticios como brutalmente reales.

Migraña y ceguera
Es interesante saber, por lo demás, que el tema de la ceguera, también presente en A ciegas, la película de Fernando Meirelles realizada a partir de la novela de José Saramago Ensayo sobre la ceguera (y que se estrena en estos mismos días), tiene en el caso de Los abrazos rotos un componente autobiográfico que el propio Pedro Almodóvar ha contado de modo muy revelador en una conversación con el periodista (y viejo amigo suyo) Ángel S. Harguindey. El director describe las migrañas que sufre casi crónicamente y que se hicieron especialmente graves a mitad de 2007, cuando esos dolores que se le extendían desde los occipitales por toda la cabeza le obligaban a recluirse en una habitación a oscuras y en completo silencio, sin posibilidad de leer, ver televisión y mucho menos escribir. Así empezó Almodóvar a imaginar a su personaje protagonista, el director de cine Mateo Blanco, una especie de álter ego suyo que, privado de la visión a resultas de un accidente, ha de vivir, amar y trabajar en la oscuridad. Los desarrollos dramáticos y metafóricos que Los abrazos rotos extrae de esa situación son enormemente sugestivos y están muy alejados de la parábola a mi juicio tan pretenciosa como ramplona en la que Meirelles convierte su adaptación de la novela de Saramago. A ciegas acaba siendo un remedo de cienciaficción metafísica, y Los abrazos rotos, una hermosa película negra en la que la negrura del thriller tiene una elocuente correspondencia con la ausencia de luz. Historia no sólo de cegueras amorosas, el último Almodóvar entra de lleno en un tejido de familias descoyuntadas y monoparentales cuyos desorientados vástagos conducen sin embargo la acción y guían hasta el fin los pasos de sus mayores. Sin embargo, la masculinidad dominante en Los abrazos rotos no significa que el lado femenino haya sido descuidado; Penélope Cruz encabeza con encanto un brillante reparto de grandes damas jóvenes en el que destacan especialmente Lola Dueñas (en el personaje de una lectora de labios) y, pese a su brevedad, la madame de Kiti Manver y la vecina criminoide de Rossy de Palma. Entre los actores, y junto a la solvencia, tal vez no mucho más en este caso, de Lluís Homar, cobran especial relevancia José Luis Gómez en el desaforado personaje de Ernesto Martel, y su propio hijo, de cambiante registro, Ray X, que encarna de manera muy inspirada Rubén Ochandiano. No se debe contar el final de la película de Almodóvar (como de ningún relato fílmico o literario; los críticos incumplen a menudo esta sagrada norma no escrita del arte), pero sí decir que, tras la algo apresurada explicación con la que Judit (Blanca Portillo) ata los hilos de la compleja trama, Los abrazos rotos tiene un epílogo sorprendente, aunque no tan sorprendente como el corto citado, con el que comparte espíritu, tema, locura y actrices.

El lado trash
La concejala antropófaga recupera en gran medida el Almodóvar trash de sus comienzos en Súper 8, aunque con el acabado exquisito que el gran cineasta ahora sabe dar a sus productos. En este corto, que nos tememos que nunca premiaría la Academia de Hollywood, Carmen Machi es Choncita, la lujuriosa y cocainómana concejala de Asuntos Sociales del PAP, un partido que, según ella misma reconoce en su disparatado soliloquio, “trasmite una imagen desfasada” a los votantes. Recién abandonada por su marido, insaciable en sus apetitos venéreos y en sus fantasías de promiscuidad, Choncita monologa en una cocina entre tres símbolos o motivos que la acompañan y tal vez inspiran: un gazpacho, un flan y una montaña de cocaína que va poco a poco excavando. Lo más divertido es que, siendo una mujer con poder político y potencia económica, Choncita se inscribe a sí misma en la galería de las descarriadas almodovarianas. Con una peculiaridad: ella empezó a sentirse marginada cuando, a los 3 añitos, se le manifestó la ninfomanía, alzando la niñita espontáneamente su mano a los paquetes de los hombres adultos, que trataba de agarrar como si fueran un fruto a sus ojos infantiles no prohibido. Los hombres la esquivaban, diciéndole, antes de escapar horrorizados: “Eso no se toca, niña, eso no se come”. El apetito sexual de la dirigente municipal del PAP es quizá una metáfora del deseo irrefrenable de trincar los bienes ajenos que hoy, casualmente, tanto se da en el estamento de las concejalías.
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