La clave está en los guionistas
Las nuevas series de televisión aúnan el lenguaje cinematográfico con el literario para servir obras de culto en dosis semanales.
29/08/07
Groucho Marx solía decir que la televisión había hecho maravillas con su intelecto: cada vez que alguien la encendía, él se retiraba a leer un buen libro. ¿Habría cambiado de opinión el más carismático de los hermanos Marx de haber tenido la oportunidad de engancharse a Los Soprano? Las diatribas de la mafiosa familia de Nueva Jersey son el paradigma de la nueva ficción televisiva norteamericana: las series, que han encandilado a crítica y público de medio mundo y se erigen como nuevo referente de la moderna cultura de masas. Nadie parece dudarlo, la tele ya no es la caja tonta.
Concepción Cascajosa, profesora de Comunicación Audiovisual en la universidad Carlos III de Madrid, es la autora de La caja lista, un libro que aborda y analiza las obras de culto salidas de la televisión americana en las últimas dos décadas. Perdidos, Friends, House, Hermanos de sangre, Los Soprano, The Wire, Roma... La lista es interminable, pero todas tienen un común denominador: “La figura creativa central de una serie es siempre un guionista. La televisión, al contrario que el cine, es el medio del escritor y, en los últimos años, los grandes guionistas han ganado una visibilidad de la que antes carecían”, dice la profesora Cascajosa a ‘Tiempo’.
Son autores que conocen la tradición televisiva de su país, dominan el lenguaje cinematográfico y, además, cuentan con un demostrado bagaje literario. La visibilidad de la que gozan es la señal de su éxito, el triunfo en el pulso de la huelga que protagonizaron hasta hace unos pocos meses y que estuvo a punto de ensombrecer la gala de los Oscar. El anonimato ya no es una condición sine qua non de sus contratos y los productores se han visto obligados a reconocer la influencia mediática que han alcanzado sus obras. Ahora, muchos de estos guionistas estrella compaginan sus labores en la televisión con nuevos proyectos que intentan revitalizar una industria cinematográfica poco imaginativa.
El fracaso del cine
“El nivel de la televisión norteamericana está por encima del cine –asevera Cascajosa– y muchos profesionales conocidos de Hollywood están realizando la transición a la televisión como James Woods, Lawrence Fishburne o Glenn Close. Lo que parece fallar hoy en el cine norteamericano son las tradicionales producciones de los grandes estudios, incapaces de producir películas comerciales con estrellas que sean capaces de sorprender al público y tratar los grandes temas del mundo contemporáneo”.
El poder, la tragedia, el drama, la traición, la venganza y la pasión. Con soberbio buen gusto y asombroso saber hacer, las ficciones seriadas han llegado técnica y temáticamente allí donde las grandes producciones de Hollywood no se atreven a entrar. Nadie, sino los escritores de la televisión, se había atrevido antes a desvelar las interioridades de la presidencia de Estados Unidos como lo hizo El ala oeste de la Casa Blanca. Una ficción tan sorprendentemente realista que apostó hace tres años por una campaña electoral disputada entre un republicano moderado y un demócrata perteneciente a una minoría étnica.
Nadie se esperaba que una serie pudiese tratar con dignidad el western al mismo tiempo que despertase el interés de la audiencia hasta que apareció David Milch con un proyecto debajo del brazo: Deadwood. Y el cine del oeste se hizo serie.
Generation Kill es el penúltimo ejemplo de la arriesgada e incisiva creatividad de los guionistas de televisión. En este caso, de los mismos creadores de The Wire, David Simon y Ed Burns, un ex periodista y un ex policía respectivamente, que se han lanzado a describir con pelos y señales la invasión de Iraq en el año 2003 en esta miniserie. Cascajosa destaca, en este sentido, el atrevimiento de los planteamientos de Perdidos o 24, “puzles narrativos para un público fiel y atento o la extraordinaria habilidad de los guionistas de Dexter para convertir a un asesino en serie en una figura fascinante con la que casi se puede llegar a empatizar”.
Los guionistas creen en Dickens A diferencia del cine, la capacidad de extenderse en capítulos a lo largo del tiempo, más allá de las dos horas de media que dura una película, permite en el formato de las series ahondar en la complejidad de los personajes y elaborar unas tramas que configuran un rico universo propio cargado de matices que se convierten en verdaderos retos para un espectador cada vez más exigente.
El crítico de cine Carlos Boyero llegó a equiparar en su columna de El País la relevancia de las cinco temporadas de The Wire con la de la saga de El Padrino de Francis Ford Coppola. Pero no se quedó ahí, su admiración por estas joyas de la pequeña pantalla es tal que afirmó: “Los anhelos de la cinefilia más exigente tienen formato de series de televisión”.
A ningún fiel seguidor de Perdidos se le escapan las veladas alusiones a la Odisea, de Homero o a El señor de las moscas, de William Golding, por poner algún ejemplo de los múltiples guiños literarios que copan esta saga. La literatura es una referencia constante en la producción de una serie. Desde la década de los noventa, en la que aparecieron fenómenos revolucionarios como Twin Peaks o Policías de Nueva Cork, se han venido utilizando expresiones como “novelas audiovisuales” para hablar de las series de televisión. Una denominación nada superflua, si se tiene en cuenta la influencia que parecen reconocer los guionistas televisivos de la novela victoriana. “Concretamente –apostilla la profesora Cascajosa– de la obra de Charles Dickens, que escribió muchas de sus novelas por entregas para la prensa, de manera que la recepción del público le permitiera una valoración inmediata. Como ocurre hoy con las series de televisión”. Esta valoración no es cuantificable en porcentajes de audiencia, sino en términos de influencia y relevancia en los foros de Internet. No es ningún secreto que los fanáticos de las series de todo el mundo no esperan a que las cadenas compren los derechos de estas producciones norteamericanas y que justo después de su emisión en Estados Unidos, comiencen a circular por la Red subtituladas por los propios usuarios.
El caso español
A los espectadores españoles les encantan las series estadounidenses, y las comparaciones con las ficciones propias son inevitables. Aunque las series españolas logran el respaldo de la audiencia, como ha demostrado la larga permanencia en pantalla de Hospital Central, El comisario, Policías o Médico de familia, en la mayor parte de los casos no parece posible parangonar unas con otras, por aspiraciones estéticas ni temáticas.
El guionista español Natxo López cita en su blog El guionista hastiado algunos de los factores que producen este desequilibrio. “El modelo español no cuenta con los presupuestos de los que dispone una superproducción de Estados Unidos, ni la experiencia de sesenta años de televisión comercial competitiva y los guionistas españoles estamos huérfanos de maestros”, dice. Por su parte, Concepción Cascajosa habla de que el problema básico en España “es que se ha desarrollado un modelo híbrido que busca la comercialidad extrema, como en Estados Unidos, pero sin sus medios económicos ni su sentido de la tradición. Aquí varias generaciones de guionistas han partido de la nada, sin haberse formado en programas de periodos anteriores ni siquiera conocer demasiado de la historia de la televisión de nuestro país, dos elementos impensables en EE UU.
En Gran Bretaña, se apuesta por las series de autor y es habitual que los grandes dramaturgos y novelistas combinen la literatura con la televisión. “En España se practicó el estilo de series de autor entre los años sesenta y los ochenta. Antonio Gala, Jaime de Armiñán y Adolfo Marsillach, entre otros, escribieron para la televisión. Sin embargo, esa práctica ha desaparecido completamente. “Aún así –concluye Cascajosa– hay que destacar el trabajo que han realizado los guionistas de series como Desaparecida o Cuenta atrás”.